Hace unos días, diversos medios de comunicación se hicieron eco de la recreación virtual de la ciudad fenicia de Baria llevada a cabo por la asociación Unidos por Baria (Laura Rodríguez, Martín Grima y colaboradores), con la ayuda de la IA y a partir de los datos recopilados en artículos científicos, los trabajos existentes acerca de su antigua configuración urbana y los hallazgos de las distintas excavaciones realizadas desde finales del siglo XIX (Luis Siret), entre los que se encuentran los trabajos de la segunda mitad del siglo XX y las revelaciones de las actuaciones del presente siglo. Paradójicamente, hoy, más que nunca, se corre el peligro de que una buena parte del patrimonio cultural de Baria —y, con él, el legado milenario de los fenicios a la historia del Mediterráneo— quede sepultado para siempre bajo el hormigón de un edificio de apartamentos, tras una cadena de despropósitos de las distintas administraciones (general, autonómica, provincial y local), regidas a lo largo de este primer cuarto del siglo XXI por diferentes colores políticos.
Durante mucho tiempo hemos pensado que tanto las contestaciones disparatadas como las respuestas inverosímiles de los alumnos de bachillerato, recogidas por Luis Díez Jiménez en la famosa Antología del disparate, eran una caricatura de aquel mundo de los amenes del régimen franquista, que, sin duda, conocíamos bien. Sin embargo, estábamos equivocados: los errores también forman parte de un ahora que empezamos a desconocer. Parece que hay un empeño en desprenderse de una parte de la historia, en amputarle parte de su identidad, como si se pretendiera escribirla como «istoria» (sin hache) o como «histo», a la manera de los mensajes de wasap de los jóvenes. Pero, a diferencia de aquellos disparates «espontáneos», que tan solo eran una prueba de cómo la ignorancia, disfrazada de saber, se convierte en un chiste que puede hacer reír, los dislates más bien «premeditados» de ahora, llevados a cabo por personas más talludas y supuestamente más responsables que los adolescentes de entonces, no tienen maldita la gracia.

Baria, actual Villaricos, recreada con inteligencia artificial. / Laura Rodríguez.
No la tendrían ni siquiera en el supuesto de que, si no se pone remedio de forma rápida y definitiva, dentro de pocos años nuestros bachilleres volvieran a contestar del siguiente modo a un examen de selectividad o prueba de acceso a la universidad: «Los fenicios eran grandes navegantes, oriundos de la región donde había nacido el Ave Fénix, por lo que se creía que habían sido creados de la ceniza y no del barro, como los demás mortales. Como sus ciudades estaban expuestas a la destrucción por pueblos enemigos o por fenómenos naturales, sus gentes se lanzaron al mar y llegaron muy lejos. A España lo hicieron antes de la Edad Media y pronto los ibéricos nos dimos cuenta de que eran muy negociantes, pero no ladrones: solo robaban para vivir. Después de las guerras púnicas, que, como su propio nombre indica, fueron puntuales e irrepetibles, ya no volvieron. Se les tiene por los inventores del comercio, el dinero y el bocavulario, origen de la escritura moderna. Inventaron el garum para aliñar comidas, como una salsa, pero también como ungüento para embalsamar cadáveres con fines curativos. Hoy viven en el fondo del mar».
Este disparate, que seguramente habría tenido cabida en la antología del profesor Díez o, incluso, en algún volumen de El Despiste Nacional, la enciclopédica recopilación de gazapos, erratas, disparates y errores de los medios de comunicación llevada a cabo hace más de medio siglo por el periodista Evaristo Acevedo (colaborador durante años de La Codorniz), con el único objetivo de provocar una fina sonrisa o una estruendosa carcajada en el lector, tampoco tendría la más mínima graciosidad; al contrario, nos haría llorar antes que reír, porque sería el resultado de una memoria enterrada no en el fondo del mar, sino en el fondo de un pozo de cemento.
El mito español por excelencia es el de la vida como sueño. Pero, tal y como aseguraban los clásicos, los sueños, falsos o auténticos, creíbles o engañosos, pueden ser de dos tipos: los sueños enigmáticos o fantásticos y las pesadillas. Lo que hemos vivido recientemente (la pandemia) o lo que estamos viviendo políticamente ahora mismo a nivel mundial responden perfectamente al segundo tipo. Sin embargo, hay situaciones que se dan en un ámbito más doméstico y cercano que también responden a la descripción de pesadilla o insomnium. El Levante almeriense ya lo sufrió en el pasado con el accidente nuclear de Palomares, todavía no resuelto después de sesenta años, y lo que está sucediendo ahora con Baria provoca igualmente —aunque por razones bien distintas, claro está— insomnio y desasosiego. Aunque la realidad no necesita ser verosímil, si el asunto del ser o no ser del patrimonio bariense se incluyera en una novela, cualquier lector avezado podría preguntarse: ¿pero qué está diciendo o qué quiere decir el autor?, ¿está tratando de decir que las instituciones responsables de velar por la recuperación, la conservación y la puesta en valor del patrimonio histórico están dejando que se entierre el pasado y que, con él, pueda sepultarse el futuro?
No es cuestión aquí de hacer un análisis pormenorizado de los más de veinte años que la asociación Unidos por Baria —un grupo de personas movidas nada más (¡y nada menos!) que por el interés cultural de todos— lleva clamando en el desierto por la conservación de este singular enclave arqueológico y tratando de poner sentido común en el asunto: evitar un expolio de esta dimensión no tiene que conllevar el perjuicio de nadie. ¿No hay más solares en la costa del Levante almeriense para construir apartamentos que el que guarda en sus entrañas una parte de nuestra historia? ¿No ha podido o no puede la Administración compensar debidamente, según la ley, a los promotores y adquirir definitivamente la parcela en cuestión para su puesta en valor, que —estamos convencidos— redundaría a medio plazo no solo en beneficios socioculturales, sino también económicos, al potenciar un turismo de mayor calidad? ¿Por qué no se han dado a conocer públicamente los resultados de las últimas excavaciones que tanto podrían clarificar lo que todavía se esconde bajo el suelo de Baria?
Para no fatigar al lector, nos limitaremos a destacar algunos de los principales elementos que constituyen la riqueza cultural de Baria (actual Villaricos, en el término municipal de Cuevas del Almanzora) y, para conocer un poco más a fondo su historia y lo que está pasando con su patrimonio, remitimos al lector a otro artículo publicado en estas mismas páginas (Baria, enterrar el pasado es sepultar el futuro). Asimismo, es una excelente guía para ahondar en el conocimiento de Baria el catálogo de la exposición Dioses, tumbas y gentes. Baria, ciudad fenicia y romana (Manuel Ramos Linaza), realizada en el Museo Arqueológico de Almería hace unos años y en la que se expusieron más de cuatrocientas piezas arqueológicas provenientes mayoritariamente de los fondos del Museo Arqueológico Nacional.
Simplemente, conviene recordar que, en su día, la Junta de Andalucía no presentó los informes históricos ni los documentos técnicos pertinentes para salvaguardar el yacimiento, lo que permitió que el solar en donde se sitúa pudiese adquirir la condición de suelo urbano en medio de un entorno que sí estaba convenientemente protegido; por otra parte, da la impresión de que, en la actualidad, la Delegación de Cultura parece tener más prisa en urgir la concesión definitiva de la licencia de obras que en hacer público el informe de las últimas excavaciones llevadas a cabo por requerimiento del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía.
Será la Sala de lo Contencioso-Administrativo de dicho tribunal quien diga la última palabra. No obstante, hay que señalar que, sea cual sea el desenlace, no todo lo legal es necesariamente justo ni éticamente moral. La legalidad se refiere al cumplimiento de las normas y leyes vigentes, mientras que la justicia va más allá: se trata de un valor ético superior basado en la equidad y en principios morales universales, como la dignidad. Privar a los habitantes y a los miles de visitantes anuales de la provincia de Almería de una parte de su legado histórico en favor de veintitantos propietarios de una vivienda turística puede ser legal, pero, sinceramente, no creemos que sea justo.

Baria, actual Villaricos, recreada con inteligencia artificial. / Laura Rodríguez.
Hacia principios del tercer milenio antes de Cristo, grupos de origen semita y herederos de la cultura cananea se asentaron en la franja costera del Mediterráneo oriental, en el espacio que se corresponde fundamentalmente con el actual territorio del Líbano. Poco después comenzaron a organizarse como un entramado de ciudades-estado, de las que Tiro, Sidón y Biblos fueron, con el tiempo, las más representativas de su prosperidad, motivada sobre todo por su pericia en la construcción de barcos, la fabricación de vidrio, la producción de tintes, el trabajo en bronce y plata y la fabricación en grandes cantidades de bienes comunes (vajilla cerámica, ánforas y otros recipientes para el transporte de productos) y de lujo (joyas, objetos preciosos, símbolos mágicos o protectores, etc.).
En el período de mayor apogeo (ss. XV-VIII a. C.), Tiro fue la que tuvo mayor pujanza y sus navegantes dominaron el comercio mediterráneo gracias a sus técnicas innovadoras en el arte de navegar. Los «príncipes del mar», como eran conocidos por otros pueblos de la Antigüedad, llegaron por su extremo occidental hasta más allá del estrecho de Gibraltar y dieron lugar a la fundación de Gadir (s. XI a. C.). Tras el sometimiento de la región de Fenicia por los asirios, un grupo de pobladores procedentes de Tiro creó Cartago (Qarthadash) en la costa del actual Túnez (finales del s. IX a. C.), que se convirtió en protectora de las restantes ciudades-estado fenicias tanto del Mediterráneo africano como del europeo hasta su caída en manos de los romanos (finales del s. III a. C.) y desarrolló la llamada cultura púnica o cartaginesa. Heródoto cita a Fenicia como la cuna del alfabeto y dice que fueron sus habitantes quienes lo llevaron hasta Grecia.
Los fenicios nunca se denominaron a sí mismos como tales, sino que el término surgió entre los griegos y apareció por primera vez en los textos homéricos (phoinikè), escritos hacia los ss. VIII-VII a. C., más o menos por la época en que se estima tuvo lugar la fundación de Baria, que gozó de una ubicación geográfica privilegiada en una pequeña bahía junto a la desembocadura del río Almanzora (entonces navegable en un buen tramo) y, aparte de sus posibilidades pesqueras, disponía de recursos mineros (minas de hierro, plomo argentífero y cobre de Sierra Almagrera) y agrícolas, producidos por las fértiles vegas de la llamada «Tierra de Vera», atravesada por los cauces de los ríos Almanzora, Antas y Aguas. Pronto, Baria se consolidó como una importante ciudad portuaria en el comercio marítimo del Mediterráneo y como centro de distribución de productos foráneos y de objetos artesanales propios en la Bastetania peninsular, manteniendo su importancia hasta la etapa de dominación romana como enclave primero fenicio, luego púnico y, en medio, como colonia griega.

Baria, actual Villaricos, recreada con inteligencia artificial. / Laura Rodríguez.
En el siglo VI a. C., Baria se constituyó como ciudad-estado, lo que llevó a un considerable aumento de población y a un importante desarrollo urbanístico, fruto de una intensa actividad comercial. Las tumbas más antiguas de su extensa necrópolis datan de dicha centuria, siendo muchas de ellas de tipo hipogeo y conteniendo, entre otros objetos, cascarones de huevos de avestruz exquisitamente dibujados y decorados con pinturas rojas o azules. Hacia el siglo IV a. C., los habitantes de Baria acometieron una importante ampliación y reconstrucción urbanística de la ciudad, como confirman los restos de muros de envergadura, los numerosos hallazgos de cerámica —tanto propia como proveniente del exterior (griega, etrusca, cartaginesa)— y los nuevos espacios de culto a la diosa Astarté encontrados en lugares distintos al primitivo templo descubierto por Luis Siret. Todo ello habría sido consecuencia de la intensificación de la producción agrícola y minera, así como de una mayor diversificación de los recursos marinos (se ha podido identificar un área industrial dedicada a la producción de salazones entre el área urbana y el mar). Ya en el siglo III a. C. se inició una nueva fase constructiva bajo la influencia cartaginesa y con un marcado criterio defensivo. Antes de su toma por Publio Cornelio Escipión (finales del año 209 a. C.), Baria vivió una de sus etapas más esplendorosas. Bajo el dominio de Roma, el área urbana anterior fue parcialmente abandonada y el hábitat se trasladó a otras zonas próximas, al tiempo que las actividades metalúrgicas invadieron espacios anteriormente destinados a viviendas. Sin embargo, numerosos rasgos fenicios pervivieron en la ciudad hasta el cambio de era.
Actualmente, los restos de la antigua ciudad y su necrópolis, así como los que constatan las diferentes fases de su evolución, constituyen una referencia arqueológica fundamental no solo en el sureste de la Península Ibérica, sino también a nivel mundial, al mostrar la cultura fenicio-púnica y su transición a la romana. A pesar de las pérdidas ocurridas a lo largo del tiempo, Baria (Villaricos) constituye, sin duda, un marco incomparable para el estudio de las colonizaciones en el Mediterráneo. Los numerosos materiales proporcionados por las diferentes actuaciones arqueológicas desde las primitivas excavaciones de Luis Siret (1890) se conservan mayoritariamente en las dependencias del Museo Arqueológico Nacional y en el Museo Arqueológico de Almería.
Al parecer —solo se puede hablar de indicios mientras no sea pública la memoria final del equipo de arqueología—, en la zona excavada más recientemente, dentro del solar que se pretende edificar, se han hecho importantes descubrimientos. Existen fuertes rumores de que se han sacado a la luz numerosas piezas cerámicas, algunas de tipo griego ático; se han descubierto cuatro balsas de salazones (una púnica y tres romanas), así como dos muros de cierto grosor, uno perpendicular y otro paralelo a la línea de costa, que, por sus características y materiales, permiten deducir que se trata de una dársena fenicia con funciones de atarazana. De ser así, ello supondría disponer de la única estructura de este tipo existente en nuestro país, equiparable a las otras dos conocidas, situadas en Chipre y en Marsella. Además, permitiría completar la visión histórica de Baria. Para el ciudadano corriente, no deja de resultar extraño el considerable retraso en dar a conocer el informe. La historia no debería ser como el cuento: un suceso real que puede ser ficticio.

Recreación de la dársena de Baria / Martín Grima.















