Esta pequeña selección que proponemos garantiza, al menos, unos minutos de esa clase de emoción que solamente la mejor música pop es capaz de proporcionar. Naturalmente, podrían haber sido otras quince (u otras 1.500), pero estas mismas poseen, seguro, propiedades sanatorias.

The Boo Radleys. Wake Up Boo!

No fue el más popular de los grupos del Britpop (movimiento surgido en los primeros años noventa en el Reino Unido que reivindicaba y recuperaba las esencias del pop local clásico y que encabezaron bandas como Oasis o Blur) pero sí, ciertamente uno de los mejores. Wake up!, su cuarto disco, editado  en 1995, está cuajado de auténticas joyas entre las que destaca esta maravilla capaz de arreglar la mañana más gris y deprimente.

Todd Rundgren. I Saw The Light

Multiinstrumentista, productor, vocalista  y compositor de reconocido prestigio, Todd Rundgren nunca gozó, sin embargo, de gran popularidad. A finales de los sesenta hizo excelente pop garajero con The Nazz y, a partir del 73, rock progresivo y psicodélico con Utopia, pero entre ambos proyectos hizo discos como Something/Anything?, un ambicioso y ecléctico doble álbum que se abría con I Saw The Light, probablemente su canción más accesible y potencialmente comercial. Pero ni siquiera este precioso y delicado medio tiempo encontró un hueco en las listas de éxitos.

The Who. The Kids Are All Right

El gran himno del movimiento mod es esa fabulosa canción rebosante de rabia, energía y arrogancia juvenil que es My Generation…  en dura lid con The Kids Are Alright, más animosa y soleada que, igualmente, se encuentra entre lo mejor del repertorio de esta banda fundamental.

Kimberly Rew. Simple pleasures

Empezó tocando la guitarra para una de las bandas más singulares e interesantes de la nueva ola británica, los Softboys (exquisita formación de pop psicodélico liderada por Robyn Hitchcock), pero triunfó, sobre todo, escribiendo y grabando los éxitos de Katrina And The Waves, incluyendo, naturalmente, Walking On Sunshine. A uno de sus muy recomendables discos en solitario (Tunnel Into Summer, de 2000) pertenece esta ortodoxa y luminosa canción pop que nos recuerda que muy a menudo “los placeres sencillos son los mejores”.

World Party. Put The Message In A Box

Con un estribillo brillante y enormemente pegadizo, Put The Message In A Box es la mejor canción de World Party, la banda que el multiinstrumentista y cálido vocalista Kart Wallinger montó después de haber militado durante algunos años en los Waterboys de Mike Scott. Pertenece a su muy apreciable segundo álbum, Goodbye Jumbo, y es una verdadera delicia de pop animoso y cristalino apoyado en preciosas guitarras y piano.

The Undertones. Teenage Kicks

John Peel, el legendario e influyente locutor de la BBC, siempre dijo que se trataba de su canción favorita de todos los tiempos. ¡Y cómo quitarle la razón! Sencilla, directa, potente, desaliñada, absolutamente encantadora, Teenage Kicks es la primera y mejor de las muchas canciones que, entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta, hicieron los Undertones, banda prototípica del punk británico.

The Kingsmen. Louie Louie

Tan sencillo como eficaz. Gloria bendita.  Los tres acordes básicos del rock and roll, un elemental pero contagioso riff de teclado y un estribillo imbatible para corear a voz en grito dan como resultado la canción perfecta para un guateque de altura. Fue el primer y mayor éxito de los Kingsmen, sobresaliente formación del rock de garaje americano de los sesenta. Veintitantos años después de su edición, por cierto, se convirtió en una especie de símbolo en el “revival” garajero de los ochenta.

Lucinda Williams. Passionate Kisses

La interesante cantautora Mary Chapin Carpenter logró un notable éxito con su correcta y reconfortante versión, pero la original, de la indómita y formidable Lucinda Williams, es muchísimo mejor. Está en su tercer disco, el primero que logró un reconocimiento minoritario en la escena del country alternativo de la época. Más tarde, Williams se haría mucho más importante y conocida, pero ya en estos primeros tiempos era capaz de piezas tan bonitas y emocionantes como esta.

Ian Gomm. Hold On

El éxito más importante de Ian Gomm (y eso tampoco es decir tanto: número diez en las listas británicas) es una canción preciosa, delicada y evocadora que transmite paz y buenas vibraciones a medio tiempo. Gomm empezó (con quince añitos) en 1963, aunque fue con Brisley Scwartz, a partir de 1970, cuando empezó a brillar como guitarrista y compositor. Merece mucho la pena seguirle el rastro a sus discos en solitario, como el que contiene esta auténtica maravilla, Summer Holliday (reeditado posteriormente con el ingenioso título de Gomm With The Wind).

The Jam. Town Called Malice

Desde su primer disco hasta el último, los Jam llevaron a cabo una carrera verdaderamente ejemplar. Sus álbumes eran soberbios, pero donde acertaban en el mismo centro de la diana (blanquizaul, claro) era en los singles. Inspirada en la novela A Town Called Alice (un clásico literario británico de los cincuenta), A Town Called Malice es la canción más típicamente Motown de los Jam, y uno de sus mayores éxitos. Rítmica, vibrante, enérgica y poderosa, constituye una inyección de moral en cualquier circunstancia (impecable, por cierto, su uso como banda sonora en una de las escenas más emotivas de la película Billy Elliot).

Dexys Midnight Runners. Come On Eileen (553)

Pura alegría y vitalidad. Los formidables Dexys Midnight Runners tuvieron algunos éxitos importantes entre el final de la década de los setenta y el comienzo de la de los ochenta, pero ninguno fue tan rotundo –y merecido– como Come On Eileen, maravillosa canción en la que todo es perfecto, desde los arreglos de violín, banjo y sección de viento hasta la voz torrencial de Kevin Rowland, pasando por un estribillo memorable para cantar a coro con una pinta de Guinness en la mano.

Nick Lowe. Cruel to be Kind

Miembro de formaciones relativamente desconocidas pero absolutamente esenciales de los setenta como Brinsley Schwartz o Rockpile y responsable de una solidísima carrera en solitario que dura hasta nuestros días (sigue sacando discos y actuando en directo con cierta regularidad), Nick Lowe es uno de los grandes tesoros del pop británico. Aunque sus discos más recientes constituyen un modelo de cómo mantenerse en activo haciendo música pop superada la edad de la jubilación, su época de oro está en el cruce de las décadas de los setenta y ochenta, cuando graba un montón de joyas memorables, como esta dinámica y efectiva canción de incontestable estribillo (tanto es así que fue víctima de una versión de un tal Naim Thomas, pupilo de una de las primeras ediciones de esa maldición que es “Operación Triunfo”. Háganse un favor y ni se molesten en buscarla).

Thin Lizzy. The Boys Are Back In Town (477)

Formados en 1969, Thin Lizzy se mantuvieron en activo hasta el prematuro fallecimiento de su carismático líder, el bajista y fabuloso cantante Phil Lynott, en 1986. En su abundante discografía abunda un hard-rock peleón materializado en canciones de desigual fortuna, pero entre las que se colaban de cuando en cuando pequeñas joyas como The Boys Are Back In Town, una canción sobrada de arrogancia y chulería pero también de clase y talento. Dotada de un estribillo sencillo pero de enorme pagada, la canción se sustenta, además, en un formidable duelo de guitarras entre Scott Gorham y Brian Robertson.

Van Morrison. Domino

El añorado Gonzalo Garrido (locutor de la emisora madrileña Onda 2 en sus años de esplendor) bautizó a su programa con el nombre de esta canción, que, naturalmente, usó como sintonía hasta que el espacio dejó de emitirse. Por mucho que uno la escuchara (entonces sonaba a diario de lunes a viernes), Domino no perdía un ápice de su fuerza. Otra canción perfecta interpretada por un vocalista único e irrepetible en el mejor momento de su larga y brillante carrera.

The Easybeats. Good Times

La gran gloria del pop australiano de los años sesenta logró un éxito arrollador en todo el mundo con la espléndida Friday On My Mind, pero su discografía está llena de piezas igualmente mayúsculas. Good times, que abría su álbum de 1968, Vigil, es otra obra maestra. Empieza contenida y sugerente, combinando un rotundo riff de guitarra con la poderosa voz de Steve Wright para desmelenarse de la mejor manera con un estribillo acelerado y descontrolado. De esas canciones que le dejan a uno maravillosamente exhausto.