De todo ello, y de su amor a la familia y su adicción al trabajo y al vodka habla nuestro protagonista a la cámara en el documental Quincy dirigido por su hija Rashida. Recién estrenado en Netflix, el retrato resultante ofrece, claro está, más luces que sombras de una de las grandes leyendas vivas de la música negra.

Nacido y criado en un barrio pobre y conflictivo en el Chicago de los años treinta, la de gánster fue su primera vocación y lo habría sido (“llevaba siempre navaja y hacía lo que hiciera falta por sobrevivir”) de no haber descubierto un día que había negros envidiables llenos de dignidad como Count Basie, Duke Ellington o Clark Terry.

Enamorado del jazz, con 14 años ya tocaba la trompeta en una banda y con 18 le había reclutado Lionel Hampton para su orquesta. Pronto se dio cuenta de que su instrumento, en realidad, iba a ser una big band. Tras debutar como arreglista para Dinah Washington, era cuestión de tiempo que Sinatra se fijara en él y reclamara sus servicios.

Firmó a finales de los sesenta numerosas bandas sonoras, algunas tan memorables como las que entregó para A sangre fría, La huida, El prestamista o En el calor de la noche. Fue el productor más solicitado en los setenta y los ochenta, contribuyendo al éxito galáctico de Michael Jackson.

Es posible que el documental se preocupe demasiado por mostrar a un triunfador hecho a sí mismo, por reflejar su generosidad con los músicos jóvenes y el fervor que despierta a su paso entre las viejas glorias (Paul McCartney, Lionel Richie, Steve Wonder) y las estrellas actuales (Kendrick Lamar, Beyonce) pero también revela a un tipo marcado por la enfermedad de su madre (“un día se la llevaron con una camisa de fuerza”), bastante egocéntrico (aunque él mismo diga que “el ego es inseguridad disfrazada”) y poco maduro para mantener una relación adulta con sus parejas. Evidencia su bien ganada fama de músico indestructible (aneurismas, ictus) e infatigable dispuesto a aprender y a explorar nuevas vías desde su temprana marcha a París para formarse como director de orquesta hasta su entusiasta relación con el hip hop.

No lo manifiesta de forma expresa pero viendo la película es fácil intuir sus pocas ganas de hablar de Michael Jackson y en cambio es transparente la predilección por su etapa sesentera con Sinatra. Cuenta Jones que el cantante le llamó emocionado como un chiquillo cuando se enteró de que la versión que ambos habían grabado del Fly me to the moon en 1964 fue la primera música en sonar en la Luna gracias a un casete del tema que se llevaron en un reproductor portátil los integrantes de la misión Apolo 11. Swing estelar.