Capítulo 1. 26 de julio de 2010.

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo».

(Cien años de soledad, Gabriel García Márquez)

 

Muchos años después, sentado en la terraza de un bar de la madrileña Plaza de la Paja, Juan Pablo de las Heras habría de recordar aquella noche remota en que Izaskun le regaló su primer beso. Urbanova era entonces una urbanización joven de la costa mediterránea que vivía de los bulliciosos e insomnes turistas madrileños y hervía cada verano con la burbujeante actividad de sus visitantes y de todos aquellos que llegaban desde la ciudad para trabajar durante dos o tres meses en el bar, la heladería, los dos chiringuitos de playa, el quiosco y la tienda. Después, a partir de octubre, la zona se convertía en una villa fantasma con la única banda sonora de las suaves olas acariciando la orilla y la remota vida que daban, esporádicamente, aficionados al footing o coches de enamorados que buscaban una intimidad cómplice.

Era un verano de calor bochornoso y de nervios adolescentes. Fueron quince días de vacaciones en la urbanización mediterránea de todos los años, pero en aquellas dos semanas sintió que dejaba de ser un niño y algunos de los acontecimientos de aquellos días se quedaron grabados en su memoria para siempre. Sus padres alquilaban cada verano aquel apartamento y cada primero de agosto se repetía el mismo patrón: los recién llegados se buscaban en la piscina o en la playa o en el chiringuito de Marcos; cuando se veían, se saludaban con cierta frialdad y apreciaban enseguida los cambios que los últimos once meses habían producido en aquellos cuerpos versátiles. A veces, se estrenaban peinados, se presumía de ropa de marca o se trataba de ocultar el trabajo inexorable y acomplejante del tiempo: unos intentaban que no llamara la atención la incipiente pelusilla del bigote, otras trataban de ocultar con ropas de amplio vuelo unas curvas nuevas, muchos luchaban contra el acné. Y al final de las vacaciones, las despedidas eran dramas y promesas de cartas que pocas veces se escribían, apretones de manos, besos de cortesía… hasta que Izaskun le dio a Juan Pablo su primer beso en el callejón de detrás del Campo de las brujas.  Aquel verano fue diferente, especial, inolvidable.

Veinticinco años después, a pesar de ser miércoles, todas las mesas de los bares de la plaza de la Paja estaban llenas. Algunos grupos esperaban de pie, acechantes, a que alguien decidiera levantarse e irse. Todo el mundo hablaba, pero el ambiente no era estrepitoso; las cervezas viajaban constantemente de las barras a las mesas a bordo de bandejas abarrotadas de vasos y botellas; los camareros sudaban con disimulo; las raciones de jamón desaparecían con rapidez. El recuerdo de Izaskun había llegado súbitamente, tras escuchar a alguien hablar sobre la arquitectura de la ciudad flamenca de Brujas. Mientras la conversación se dirigía a la exposición de pintores flamencos que estaba a punto de presentarse en el Museo Thyssen, Juan Pablo pensó en meigas, en brujas, en aquelarres, en las diversas teorías que se contaron sobre el origen del nombre del chiringuito de playa llamado El campo de las brujas; eran esos tiempos de hormonas adolescentes, risa tonta y poca personalidad, fue aquel verano en el que Izaskun le regaló el primer roce de unos labios, fue la primera vez en que acariciar un cuello le provocó un escalofrío, fue la primera sensación de desconcierto, de deseo; fue su primera época de duermevelas, de acostarse y levantarse pensando en la misma persona, de perder el apetito, de amar.

Juan Pablo recordó que en los últimos días de aquel verano de 1985 hubo dos noches en las que apenas pudo dormir: cuando recibió ese primer beso de su primera chica y cuando murió ahogado aquel pobre chaval cuyo nombre no terminaba de recordar. Por aquel entonces, la noticia sacudió la urbanización con violencia; un chico de 15 años que había salido a nadar al mar de madrugada, quizás con alguna cerveza de más, había vuelto a la orilla al amanecer arrastrado por las olas. La desgracia multiplicó las chácharas y habladurías y fue entonces cuando el viejo jardinero, un tal Petronio, les contó que aquella zona antiguamente se conocía como el campo de las brujas, porque según la leyenda era lugar habitual de celebración de aquelarres, orgías de brujas y demonios y sacrificios humanos y que allí habían sido enterrados descendientes de la mismísima Medea, sacerdotisa y hechicera de la mitología griega. Y decía que la propia Medea, bruja inmortal, volvía cada 25 años para llevarse el alma de alguien que hubiera hecho sufrir mucho e injustamente a una mujer. Antes de que acabara la historia, el grupo de adolescentes empezó a burlarse del sexagenario Petronio; todos los chavales bromearon sobre las brujas y los demonios, sobre escobas voladoras y vampiros, sobre diablos y pociones mágicas… todos, excepto Izaskun, que les miró con ira y, enfocando sus ojos hacia Juan Pablo pero dirigiéndose al grupo dijo:

–Lo  que ha dicho Petronio es cierto. Raúl maltrataba a una mujer y Medea le ha matado –y a continuación se alejó del grupo enfadada.

Mientras el camarero dejaba la cuenta sobre la mesa y todos comenzaban a sacar sus carteras para pagar a escote las cervezas y las raciones de jamón, Juan Pablo visionó aquella escena de Izaskun alejándose para siempre. Nunca volvió a verla. Al día siguiente, como estaba previsto, su familia partió hacia Bilbao. Juan Pablo no había podido despedirse de ella y como no tenía su teléfono ni su dirección de Bilbao y en aquel entonces no existían ni remotamente las redes sociales o siquiera el correo electrónico o los móviles, no pudo contactar con ella para mantener la neonata relación de pareja. Tardó tres veranos en volver a Urbanova, porque sus padres decidieron enviarle a Inglaterra a estudiar inglés. y cuando volvió en 1988, la casa de Izaskun y su familia estaba ocupada por unos belgas que venían desde Lovaina buscando el sol español.

Dejaron la plaza de la Paja y el grupo se disolvió; era tarde y había que trabajar al día siguiente. Al llegar a casa, apenas a unos días de que se cumplieran los 25 años de su primer beso, Juan Pablo se durmió con aquel instante del pasado en la cabeza, con la imagen de una Izaskun de 14 años, con el rostro de aquel ángel que no había podido olvidar. Y en ese momento se decidió a buscarla. Usaría Facebook, Google, las páginas amarillas, una agencia de detectives, lo que fuera.

Sin ser consciente de que acababa de tomar la decisión que cambiaría radicalmente su vida, Juan Pablo de las Heras se durmió ese 25 de julio de 2010 con la sensación de que aquellos inolvidables labios volvían a besarle.

 

El segundo capítulo será publicado el próximo miércoles, 28 de julio de 2010.

 

Opción A.

«Pasó un día y otro día,

un mes y otro mes pasó,

y un año pasado había

mas de Flandes no volvía

Diego, que a Flandes partió.

Lloraba la bella Inés

su vuelta aguardando en vano;

oraba un mes y otro mes

del crucifijo a los pies

do puso el galán su mano.

Todas las tardes venía

después de traspuesto el sol,

y a Dios llorando pedía

la vuelta del español,

y el español no volvía.»

(A buen juez mejor testigo, José Zorrilla)

 

Opción B.

«Por una mirada, un mundo,

por una sonrisa, un cielo,

por un beso… ¡yo no sé

que te diera por un beso!»

(Rimas, Gustavo Adolfo Bécquer)

 

Opción C.

«Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. 

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, 

mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, 

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.»

(Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda)

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