En 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera, un grupo de mujeres decidió sacudir los cimientos de una sociedad que las quería relegadas al hogar. Desafiando la tradición, fundaron en Madrid el Lyceum Club Femenino: un espacio propio donde casi quinientas socias trabajaron por la igualdad y el acceso a la cultura hasta que la guerra civil truncó su empeño.
Considerada la primera asociación feminista de España, en sus salones, se discutió el sufragio femenino, se impulsaron iniciativas como la Casa de los Niños o el Comité del Libro para el Ciego y se tendieron puentes entre mujeres de distintas ideologías.
El club de las modernas reconstruye con rigor y pulso narrativo este fascinante fresco de una década convulsa -atravesada por una dictadura, una república y la guerra- y la red de complicidad que crearon sus protagonistas, una constelación de voces indispensables en la Generación del 27 y en la España de la Edad de Plata, entre las que estaban María de Maeztu, María Lejárraga, Clara Campoamor, Victoria Kent, Elena Fortún y Zenobia Camprubí.
¿Cómo definiría su libro?
El libro está etiquetado como ensayo, pero yo quería huir del ensayo más académico, ese que busca el dato exacto. Me interesaba más y he pretendido, por cuanto estoy hablando de una época y unas mujeres muy rompedoras que hicieron cosas muy importantes, hacer algo que las conectara con la vida, con la vida que ellas tenían alrededor y con su contexto y conectarlo con el hoy; con el ahora. Cómo algunas de las cosas que ellas hicieron ahora ya las damos por hechas o cómo algunas otras están como en aquella época. Creo que el libro es un ensayo literario, narrativo, en el que más allá de la información sobre quienes eran estas mujeres y lo que hicieron, se cuentan historias.
En este juego híbrido entre ensayo y narrativa, ¿hay mucha ficción a lo largo de El Club de las modernas?
No hay nada de ficción. Todo lo que cuento sucedió y en un par de escenas de las que no estoy segura porque no hay información lo explico y señalo que aquello pudo ser así. Cuando hay algo que aventuro como pudo ser lo indico. Todo lo demás es pura realidad contada con técnicas literarias.
¿Qué le hizo acercarse al Lyceum Club? y cuales fueron sus fuentes?
Cuando oí hablar por primera vez de esta institución me extrañó muchísimo que hubiera habido una asociación así, tan rompedora y que realizo cosas tan fuera de lo común como ya desde su génesis suponía la presencia de un grupo de mujeres que quería tener su espacio propio como el de los hombres en una época en el que “oficialmente” la mujer tenía que estar en casa cuidando a la familia, y no supiéramos nada de su existencia. Incluso me enfadó ese silencio. Conocemos la Generación del 27, la Residencia de estudiantes, las tertulias literarias en los cafés… y sin embargo nunca había oído hablar del Lyceum. Cuando me puse a buscar datos constaté que no era una cuestión mía, sino que realmente había muy poca información. Había algún libro, ya descatalogado, que le dedicaba muy pocas páginas, y algún artículo académico. Pero nada más. Esa realidad me empujó no tanto a escribir un libro, pues comencé a reunir información sin pensar nunca en acabar escribiéndolo, pero me impulsó el afán de saber y de conocer y de alguna forma reivindicar a aquellas mujeres y la importancia de lo que crearon.
¿Cuales fueron sus fuentes?
No existe un archivo sobre el Lyceum, por lo que tuve que buscar en las memorias de sus fundadoras, en obras biográficas, en tratados sobre la época y a partir de que la biblioteca digital de la Biblioteca Nacional aumentó sus cabeceras, también me fue de mucha ayuda la prensa de la época. Todo ello me permitió ver no solamente lo que hicieron, sino también como la sociedad del momento recibió esa iniciativa. También busqué en archivos públicos y privados con lo que fui recomponiendo el puzle de piezas que estaban desperdigadas sobre una institución ubicada en Madrid, ciudad en la que tuvo dos sedes, la primera en la Casa de las Siete Chimeneas, en la calle Infantas esquina a la Plaza del Rey, y después en la calle San Marcos. Unos años más tarde se abrió una sede en Barcelona con la misma filosofía, fomentando también las actividades deportivas y las excursiones a la naturaleza.

¿Qué representó en su momento el Lyceum? y cuales fueron sus logros esenciales en los diez años de existencia?
Me parece que ya de por sí la propia concepción del Club es muy meritoria. Un grupo de mujeres convencidas de que ellas también merecen y tienen derecho a ocupar el espacio público. Ese paso adelante ya es un gran logro. Después la propia composición de una asociación en la que había mujeres de muy distintos signos ideológicos. Mujeres que defendían opciones políticas diferentes, monárquicas y republicanas, ateas y laicas, mujeres que no profesaban ningún tipo de religión… Personas que pensaban de formas muy distintas que fueron capaces de dejar a un lado sus diferencias para trabajar por un bien común como era mejorar la condición de la mujer. Eso es ejemplar si lo comparamos incluso con el mundo de hoy en el que hay tanto ruido y que si no estás completamente de acuerdo con lo que yo digo estás contra mí. En esta sociedad tan crispada es conmovedor el ejemplo de estas mujeres que hace cien años dejaron atrás diferencias para empujar juntas. Sabían y asumieron que tenían más puntos en común que diferencias y se pusieron a trabajar con esa idea. Convendría que reflexionásemos hoy sobre ese ejemplo y sobre la red de apoyo que crearon. Cuando le preguntaban a ellas y a María de Maeztu, que fue su presidenta, hablaban de la fraternidad femenina que suponía que las mujeres más formadas, con mayor experiencia profesional y mayores influencias, ayudasen a las jóvenes al tiempo que ellas, las nuevas, incorporasen iniciativas nuevas formas de ver la vida.
¿Cuales sus logros esenciales en los diez años de existencia?
En cuanto a los proyectos que pusieron en marcha hay dos especialmente destacables. Uno fue la Casa de los niños, en cierto modo precursora de lo que hoy llamamos guarderías. Era una casa donde las madres obreras que tenían que ir a trabajar podían dejar a sus hijos desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde. Niños desde los dos a los cinco años, pues no había escolarización para esas edades. Después también acogieron a bebés de menos de dos años. Allí les daban tres comidas, los vacunaban, formaban a las madres en hábitos de higiene y contaban con un servicio médico muy necesario en una España entonces con una alta mortalidad infantil. Esta es una iniciativa emocionante. Otro proyecto extraordinario fue el Comité del libro para el ciego que contaba con una biblioteca de libros en braille. Tanto obras maestras de la literatura como libros técnicos para que las personas ciegas pudieran estudiar. Muchas de las socias del Lyceum aprendieron ese sistema y se llevaban a sus casas el papel y los artilugios necesarios para perforar e iban haciendo libros para los invidentes. Desde la asociación pidieron a la Biblioteca Nacional una sala para albergar libros para invidentes, algo que consiguieron.
¿Integraban el Lyceum sólo mujeres?
Esa fue una de las cuestiones que provocó polémica cuando se creó, pues había fundadoras, como Victoria Kent que proponían que estuviera abierta a los hombres y otras, como Carmen Baroja, que fuera solo para mujeres. Al final llegaron a una solución intermedia como fue que solo pudieran ser socias las mujeres, pero a las actividades que organizaban y al salón de té de la institución podían acudir hombres, siempre que fueran acompañados de una socia. Al Lyceum acudieron, entre otros muchos, Lorca, Dalí o Salinas.
¿Que personalidades ilustres formaron parte de la asociación?
Ya he citado a María de Maeztu, Victoria Kent y Carmen Baroja, pero hubo otras destacadas como Clara Campoamor. Es decir que las dos primeras diputadas de las cortes constituyentes de la República salieron de los salones del Lyceum. También estaban Elena Fortún y María Lejárraga, Pilar de Zubiaurren, Zenobia Camprubí o Isabel Oyarzábal, que fue la primera mujer embajadora de España con el gobierno de la República. Hubo un montón de mujeres con carreras profesionales importantes y con cargos políticos destacados que participaron en el nacimiento y desarrollo de la institución.
La mujer le debe mucho al Lyceum…
Sin duda. El Lyceum nace en el año 1926 en plena dictadura de Primo de Rivera, en una sociedad muy cerrada con respecto a las mujeres. Una sociedad en la que no se atisbaba apertura en relación con ellas. Hasta que estalla la Primera Guerra Mundial la concepción de la mujer es terrible, algo que poco a poco va cambiando a partir de entonces. En el libro cuento como Gregorio Marañón y Ortega y Gasset, dos hombres adelantados a su época, en muchos aspectos progresistas, también tenían una concepción muy cerrada de la mujer y en gran medida consideraban que no tenía capacidad creadora para nada intelectual. En definitiva, consideraban que la mujer iba al son que tocaban los hombres. Era una sociedad tremendamente discriminatoria. En ese sentido una de las primeras cosas que hizo el Lyceum fue elevar una petición para que algunos artículos discriminatorios del código civil y penal se modificaran, como el artículo 438 que decía que si un hombre descubría que su mujer era adúltera podía hacer, salvo matarlos, lo que quisiera con ella y con su amante sin pena alguna. Y si los mataba no iba a la cárcel y solo tenía una sanción muy leve de destierro. Sin embargo, si era al revés y la mujer descubría el adulterio del marido y hacía cualquier cosa, iba a la cárcel. Desde el Lyceum piden que la pena sea igual para ambos y lo logran al modificarse el artículo en 1928. El Código Civil también decía que la mujer debe obediencia al hombre y el hombre debe proteger a la mujer, que el salario de la mujer lo administraba el hombre, que si ella heredaba ese producto lo administraba y lo gestionaba el hombre o que cuando una mujer tenía hijos la tutela era del hombre incluso aunque ella hubiera enviudado y esos hijos fueran de un matrimonio anterior. Las mujeres del Lyceum fueron muy combativas en todos esos temas.
¿Qué mensaje le gustaría que quedase en el lector tras la lectura de El Club de las modernas?
La historia del Lyceum merece ser descubierta porque hay que reivindicar a esas mujeres. Pero, cómo vamos a reivindicar algo que no conocemos. Si no sabemos quienes eran ni lo que hicieron no podemos valorarlas ni agradecer lo que hicieron. Por mencionar a dos de sus personalidades, María de Maeztu fue una enorme pedagoga a nivel internacional e hizo muchísimo para que las mujeres pudiéramos estudiar, entre otras cosas creando la Residencia de señoritas, lo mismo sucede con Clara Campoamor que se dejó la vida luchando por la igualdad y por los derechos de la mujer, algo que no se le reconoció en absoluto, hasta el punto de que no pudo volver nunca del exilio pues pesaba sobre ella una orden de detención. Lo que hicieron aquellas mujeres fue tan trascendente que muchas de sus iniciativas las heredamos y forman hoy parte de nuestras vidas.
Periodista, traductora y escritora, Eva Cosculluela confiesa sentirse cómoda en las tres actividades y tener un perfil complejo pues “he sido librera durante quince años – dirigió la librería Los Portadores de Sueños en Zaragoza, distinguida con el Premio Librería Cultural en 2012- y mi reto fue quedarme en el sector del libro comenzando a ejercer el periodismo cultural”, que ejerce en distintos medios como ABC Cultural, Artes y Letras, Cadena SER, Cuadernos Hispanoamericanos, Turia o Aragón Televisión y la traducción, “que es con lo que en realidad me gano la vida”.
Como gestora cultural desde 2019 dirige Sin género de dudas, un club de lectura de la Universidad de Zaragoza. Esa condición lleva a cerrar la conversación recabando su opinión sobre la lectura en España, a lo que responde: “Leemos mucho menos que en otros países pero quien lee, lee mucho. Pero hay una franja muy grande de gente que apenas lee. Las estadísticas sobre el tema hablan de un sector que lee ‘ocasionalmente’ lo que supone leer un libro cada tres meses, lo que pudiera considerarse que eso es casi no leer. La realidad indica que hay un salto muy grande entre quien no lee nada y quien lo hace de manera habitual. Dicho esto, la buena noticia es que muchas de las personas jóvenes, chavales, acaso como herencia de los comics, del Manga y demás se convierten posteriormente en grandes lectores. En suma, no leemos tanto como deberíamos, pero hay esperanza”.















