Noventa años ya en las que la talla de aquel poeta y dramaturgo, con toda justicia, se ha ido engrandeciendo. Nueve décadas en las que también al aire de unos y otros su figura ha sido utilizada incluso por quienes no movieron un dedo por evitar aquella salvajada, pero según el momento y las conveniencias instrumentalizaron su vida y obra.

Al margen de que su teatro y su escritura, que armoniza lo popular y lo culto, encandile más o menos, fascina la arrolladora personalidad, irrepetible en unánime opinión de los que le conocieron y trataron, de quien además de dramaturgo y poeta, era un hombre con magia, buen pianista y dibujante, consolidado director de escena y divulgador cultural y magnifico conferenciante.

“Federico nos ponía en contacto con la creación” dejo escrito el poeta y compañero de la Generación del 27 Jorge Guillen.

La sensualidad repleta de imágenes simbólicas de su Romancero gitano, publicado en 1928, lo ubicó en el corazón de muchos. Un año después viajaría a Estados Unidos, experiencia que refleja en su poemario próximo a la estética surrealista Poeta en Nueva York. Ya en España y encabezando la compañía La Barraca emprendería una gran labor de difusión acercando el teatro clásico a rincones del país alejados de las rutas culturales convencionales desde la idea, repetida por el propio Lorca, de que “el teatro para volver a adquirir fuerza, debe volver al pueblo, del que se ha apartado”.

Entretanto y como creador incesante daría a la luz poemarios como Diván de Tamarit, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías o Poema del cante jondo y obras teatrales como Yerma, La casa de Bernarda Alba y Bodas de sangre, trilogía de tragedias rurales que lo encumbraron como dramaturgo universal.

La historia constata los trágicos detalles de aquellas horas en las que en compañía del maestro Dióscoro Galindo lo esposaron. Ricardo Rodríguez, amigo de la familia, asistía a la escena intentando evitar el desaguisado al tiempo que le ponían un fusil en el pecho. No pudo hacer nada. Sólo gritar: ‘¡Criminales. Vais a matar a un genio!’. Lo hicieron. Esposado se lo llevaron hacia la noche para asesinarlo al pie de un olivo.

Noventa años desde aquel 18 de agosto en el que unos fanáticos decidieron privarnos de quien – sólo acababa de cumplir 38 años – estaba destinado a darnos mucho más. Nos arrebataron todo lo que llevaba dentro. Con sus disparos nos volvieron más pobres.