Gracias a De todo tiene, el director de Volveréis (su última película) y el autor de Me piden que regrese (su última novela) también se reencuentran como amigos para charlar una mañana y este es el resultado.
—Andrés, lo primero que llama la atención es el título, De todo tiene. Sueles anticipar los títulos que vendrán y el que, según el plan, tocaba era Nada y menos que sugiere todo lo contrario. ¿Qué ha pasado?
Los títulos del diario son un poco aleatorios. Eso quiere decir que valen para todos. El de Nada y menos tiene algo de broma, pero De todo tiene también es una broma. Es la misma broma mirada desde dos puntos de vista. Un libro debe tener de todo, pero al final todo resulta bastante insuficiente; es decir, que no se acaba nunca de redondear. De hecho, en este tomo también he corregido el orden de los títulos. Algunos se acaban cayendo. Estoy encariñado con el que aparecerá dentro de dos entregas: El mal camino. Está cogido de un refrán clásico español que dice que “el mal camino andarlo pronto”. Como diciendo, esto cuanto antes se resuelva, mejor. Me hace gracia porque los títulos tienen, en general, un pequeño tono humorístico y eso desde el primero, El gato encerrado. Incluso cuando son serios como La cosa en sí, que es muy kantiano, de mucho peso, siempre ocultan una ironía. Deben tener un título atractivo, un prólogo más o menos explicativo, conciso e inspirado. Las quince o veinte primeras páginas que sean interesantes y las quince o veinte últimas, también. Si esto se cumple, lo demás va todo un poco por sí mismo.
—En un proyecto como éste al que llamas Una novela en marcha, con cada tomo que publicas nos vas avanzando o dando pistas de lo que llegará, 15 títulos más hasta el 2025. ¿Hasta qué punto es importante tener ya el título incluso aunque luego lo cambies?
Desde el primer momento, la idea de poner esa lista de títulos era una manera de comprometerme yo con el proyecto. Si tengo un título, estoy comprometido a sacarlo, aunque lo cambie. Tiene también que ver con un cierto temor que todos tenemos a la vida. La vida no es eterna. Nadie puede asegurarnos que por el hecho de anunciar los quince primeros tomos siga uno vivo dentro de quince o veinte años. Pasa más bien lo contrario a medida que vas cumpliendo años. Cuando veo esa lista pienso que no sé si llegaré o me quedaré mucho antes por el camino. Lo que sí tuvo el proyecto desde el inicio fue una especie de visión sobre lo que era la vida y que la vida no se podía contemplar únicamente en dos o tres entregas. Igual que no haces un mosaico con dos o tres teselas, porque necesitas muchas más para componer un pequeño dibujo. Aquí pasa lo mismo. Yo entendía que la única manera de advertir lo que quería dar era ofreciendo la secuencia completa. Por eso cuando a veces me piden que escoja un fragmento representativo, no sé cómo hacer. Es como una novela de la que no puedes seleccionar unas páginas antológicas. Puedes recordar un episodio mejor que otros, pero esos episodios los recuerdas en función del todo. Este proyecto es, por un lado, el compromiso con la realidad que viene determinado por los títulos y por la secuencia temporal. Por otro, está el compromiso con el desarrollo completo de una vida. Al final, son los libros de una vida, pero no de la mía. Al contrario, muchas veces no me encuentro en ellos. En cambio, hay mucha gente que sí se siente representada en esa vida, que tampoco es la suya.

—Me ha pasado que, siendo de otra generación o no dedicándome a la escritura, he sentido esa identificación hasta el punto de encontrar en tus diarios una especie de familiaridad, de casa, de lugar que conoces bien y al que poder volver con cada nuevo tomo…
Estamos hechos de ceremonias, de costumbres y tradiciones, decía un poeta irlandés. Nos pasa como a los niños, que necesitan que se les cuenten todos los días el mismo cuento y no soportan la mínima variación. Si en este tipo de libros yo empezara a contar de otra manera, probablemente la gente diría: esto no es así. También es verdad que en el libro hay muchos resquicios desde los que atisbas otras realidades. Es importante que haya un cierto orden. No puedes desordenar demasiado un libro, una película, porque entonces la gente se volvería loca. Los relatos necesitan siempre algunas pautas.
—En todo caso, lo que siempre ha habido es la enorme convicción, desde el momento que decides hacer esta novela en marcha, de convertirlo en un proyecto de vida, en un compromiso con la realidad, como has dicho antes. Ahora bien, ¿tenías tan claro que tantos años después ibas a seguir haciéndolo?
Quizás sí. Recuerdo que un crítico, que había sido favorable a la aparición de El gato encerrado, el primer tomo de la serie, escribió algo muy negativo sobre el siguiente, Locuras sin fundamento, preguntando que para qué volver a escribir una cosa que ya estaba bien. Hice entonces lo que no se debe hacer: responder al crítico. Cometiendo error impetuoso de juventud, le contesté que esto es igual que si me dices que, como tengo dos ojos iguales, me voy a sacar uno. Por esa misma época, cuando salieron el segundo y tercer tomo, me dijo: pero por qué haces estos libros si a ti no te pasa absolutamente nada en la vida. Y dije: llevas razón, pero en cambio los lectores agradecen muchísimo encuentros con tontos como tú, porque les parecen muy divertidos. Por cierto, este encuentro está referido en otro de los tomos. Al principio había una cierta contestación en el sentido de que esto no son unos diarios, esto no parece una novela… Como decíamos antes de los niños, a la gente le incomoda que algo que parece de un género se les esté dando en otro. Incomoda al ortodoxo, al académico. Por eso durante muchos años bromeé con lo de la policía montada de los diarios, esa gente que va a la literatura con un silbato de árbitro diciendo lo que está bien y lo que está mal. Esto ya no ocurre porque al final han entendido que las cosas son lo que son y que no hay una ortodoxia en esto. Voy a contar lo que pasa como buenamente puedo. Si tú lo crees, bien, y si no te lo crees, me da igual. En De todo tiene hay una broma sobre la paradoja de mentir y que te crean o de decir la verdad y no te crean. Esto siempre es paradójico.
—Es divertido y eso habla también de hasta qué punto es un proyecto muy genuino el hecho de que efectivamente rompe las reglas del diario y las de la novela también, siendo un poco las dos cosas. Ese es el encanto de no saber exactamente que tienes entre las manos. Y al mismo tiempo, al no ser la narración de una vida espectacular, todos podemos sentirnos identificados. Una vida en la que pasan más o menos las mismas cosas, casi siempre con variaciones y con repetición de espacios, personajes, viajes, lecturas… que consiguen llegar al lector.
Decía Schopenhauer, citado por Thomas Mann, que es donde yo lo leí, que las novelas están hechas de pequeñas cosas más que de hechos extraordinarios y colosales. En cierto modo, coincidía también con algo que retomó Rilke diciendo que las cosas más extrañas son las más cercanas; son esas que, si las observas de cerca, son las más novelables. Lo son más que sucesos realmente descomunales o trágicos que a veces ocurren. Son ya muchos libros y dan para contener también momentos de enorme dramatismo. Como en cualquier vida: a todos se nos ha muerto un padre, una madre, hemos tenido fracasos sentimentales, problemas más o menos graves de salud, pero no estamos todo el día en esa pauta. Una de las cosas que yo sí vi desde el primer momento, porque he sido como tú muy lector de diarios, es que recogían solo una parte de la vida del diarista. Unos eran más sociales, otros más iconoclastas, más literarios, más canallas, los hay sin ningún sentido del humor, muy académicos, etcétera, pero lo que no encontraba era un reflejo de lo que es nuestra vida. Todas las vidas están hechas de mil momentos al cabo del día que deben pasar al diario. Lo único que he excluido de los diarios, y no por pacatería o moralismo, es en general todo lo relativo a lo sexual, porque es muy difícil de contar. Tú sabes que no es fácil rodar un desnudo en una película y que resulte natural, que tenga un cierto candor… La literatura tiene que tener un punto de candor, es decir, de sorpresa; como cuando vamos a la ciudad y te estás continuamente asombrando de la realidad. Es lo que deberían ser estos diarios: voy a darlo todo de todo y todo con una cierta mirada entre ingenua, o profunda cuando toca, y humorística. Esta última es importante porque es la manera de dar profundidad de campo, no todo pueden ser luces, hay que poner las sombras porque sin las sombras la luz no es nada.
El humor
—Te lo he comentado alguna vez. En los últimos tomos, me parece que el humor ha ido entrando cada vez con más fuerza o por lo menos a mí cada vez me hacen reír más. Verdaderamente es muy difícil conseguirlo y los diarios tienen momentos en los que me he reído incluso a carcajadas. Es un valor no suficientemente reivindicado.
Para mí es el más importante. La mejor crítica literaria que me pueden hacer es contarme que alguien estaba leyendo en casa el tomo, que su pareja llegó asustada corriendo y se lo encontró riendo a carcajadas.
—A mí me ha sucedido. No recuerdo muchas lecturas a lo largo de mi vida en las que me haya reído así tan claramente. No es fácil en la literatura lograr eso y que al mismo tiempo esté entremezclado con momentos más dramáticos, más intimistas, con citas.
La estampa familiar
—Hay en tus diarios mucha escena familiar. Es algo también bastante insólito.
Está aquello que decía Tolstói: “todas las familias felices se parecen, solo las desdichadas lo son cada una a su manera”. Pues no es verdad que las familias felices se parezcan todas, ni muchísimo menos. Primero porque falla, de entrada, el aserto: no hay familias enteramente felices. Por tanto, es un poco como ese tipo de frases que se han usado mucho pero que realmente no son exactas. “Prefiero la injusticia al desorden”, la famosa frase de Goethe. Es mentira. No están contrapuestos injusticia y desorden. El primer desorden es la injusticia. El desorden ya tiene dentro de sí una injusticia y por tanto no lo puedes enfrentar. ¿Quién conoce familias felices? Dentro de lo que cabe, puedes tener, más o menos, una cierta armonía. Desde el momento en que el ser humano tiene sobre sí la espada de la muerte ya no es un ser enteramente feliz. A poco consciente que uno sea, sabe que esto dura poco tiempo y que estamos de paso. Me parece importante intentar representarlo todo, incluida la familia y hacerlo de tal manera que tampoco sea una especie de tarro de mermelada que te pringue. Eso por decoro.
No, de hecho, creo que muchas de las escenas más divertidas del libro tienen que ver con momentos familiares.
Las buenas trampas del montaje
—Otro aspecto que me parece esencial es el montaje. Está el texto que escribes en el presente, en el día a día, y luego la operación a la que sometes esos textos unos años después. Tiene que ver con el cine, incluso con operaciones que han hecho algunos cineastas cuando filman algo, lo dejan reposar y luego, años después, lo empiezan a montar y ya lo están montando desde otro momento, desde otro tiempo. Esa especie de segundo tiempo en tu caso se va haciendo cada vez más visible, más evidente, porque vas incluyendo, de un tiempo a esta parte, más notas fechadas en el año 25 o 26 sobre lo escrito en 2011. Mezclas los dos tiempos.
Yo tengo una ventaja respecto de ti como director de cine, porque tú ruedas, luego lo montas y puedes incluso decir lo contrario de lo que has rodado según el montaje. Lo que no puedes modificar es el rodaje, porque el rodaje está tal cual. En cambio, yo puedo modificar el rodaje en el sentido de que la anotación esa primera que he hecho diez años después, la puedo reescribir de arriba abajo. Por tanto, puedo modificar las dos cosas por así decirlo: el rodaje y el montaje. En este sentido, consigo hacer más trampa que nadie, pero es que es lo que tiene que hacer el novelista. El novelista es, por definición, un hombre que hace trampas como el mago: se saca hechos de la manga, se saca coincidencias, sorpresas… Eso lo vi claro desde el primer momento. Hay otros escritores, colegas que publican sus diarios inmediatamente de haberse escrito; autores que lo escriben hoy y lo publican a la semana siguiente en el periódico en forma de diario. Me siento incapaz de hacerlo porque sé que necesito muchísimo tiempo, como mínimo uno, dos o tres años. Los ortodoxos no ven que esto sea legítimo. Como tampoco veían que no hubiera entradas con su fecha y con nombres propios -en mi diario prácticamente no hay nombres; son todo X o iniciales-. O que hubiera cambiado el texto original por otro. Es decir, hay mil pasos que me he saltado conforme a los académicos. Es lo que hay.
—Se me ocurre decir que eso es precisamente lo que convierte el diario en novela, esa operación de estar reelaborando el texto tantos años después.
Claramente.
—Siempre he tenido mucha curiosidad por el modo en que realizas esa operación ¿Hasta qué punto el diario original donde has tomado las notas, con fechas y nombres, es solo una base o tiene partes que vamos a leer tal cual?
No se parecen en nada. Alguna vez lo he dicho: normalmente escribo unas doscientas páginas cada año. De esas doscientas me sirven, más o menos, unas cien, pero no escritas cómo están. Se reescriben completamente y hay otras cien que no sirven de nada. Lo que es raro es que esas cien páginas que me sirven, en muy poco tiempo, cinco o seis meses, pasan a ser seiscientas, que son las que se publican. Antes se han corregido hasta cinco veces. Así ha pasado con este último tomo: de unas cien páginas pasaron a seiscientas y de esas a cuatrocientas cincuenta. He suprimido doscientas, en algunas de las cuales a veces he trabajado toda la mañana. Es bastante desesperante. Por eso suelo decir un poco de broma que seguramente los diarios se escriben solos, pero los corrijo muchísimo y me esfuerzo por que eso no se note.
—Pasas más tiempo reescribiendo y corrigiendo que escribiendo el original.
Absolutamente. Hay cuatro clases de lectores de estos libros. Están los que creen que como diarios no valen nada porque son todo mentiras. Otros que consideran que no son, ni mucho menos, una novela. Los terceros piensan que no son ni diarios ni novela, que no son nada. La cuarta categoría sería la de esos lectores a los que todas estas disquisiciones les parecen una tontería. No necesito más que un lector que sea como el oyente de Scheherazade, dispuesto a dejarse embaucar por un relato que va enlazando un día con otro y con otro, y al final se ha pasado la vida contando historias. Es lo que me gustaría que fuera este diario. Una sucesión de historias, unas grandes, otras pequeñas, unas en Madrid, otras de cuando salgo fuera. Entiendo que me pasa a mí, salvando las distancias, lo que a Baroja visto por Machado: que allá donde iba, iba siempre Baroja llevando su tedium vitae. La mirada que tengo en Madrid es la que tengo en París. Tampoco viaja uno tanto.
—Hay grandes pasajes de viajes que son maravillosos. Mi impresión es que cada vez somos más los lectores que nos da un poco igual lo que sean estos libros. Nos acercamos a ellos por el placer de reencontrarnos con algo familiar, con un tono, una voz, una serie de constantes que se van a ir repitiendo.
Decalaje creciente
—El decalaje entre el año recogido en el diario y el momento de publicación va siendo cada vez mayor. No sé hasta qué punto tiene que ver con que cada vez la reescritura es más exigente o que al mismo tiempo te van surgiendo más otro tipo de proyectos. ¿Llega el diario a ser un salvavidas que te sirve para oxigenarte cuando estás escribiendo novelas o poemas o es más bien al contrario: con las novelas descansas del diario?
A mí me gustaría acortarlo, traerlo un poco más acá, pero las razones por las que he ido distanciándolo es por la vida que uno lleva. A ti mismo te pasará, que ruedas una película y luego pasan años porque la vida se impone. Me gustaría hacer todos los años el tomo del diario que son quinientas páginas. Lo que pasa es que si añades a esto otras tantas o más de los artículos, que son los que te dan de comer, más la novela, más los prólogos que haces… Y luego está la vida. Es decir, no vas a estar todo el día escribiendo. Y como no me da la vida para más, pues este libro, por ejemplo, debo decir que ha sido posible gracias a Miriam, Rafael y Guillermo. La única corrección que yo hice en la traducción al castellano actual del Quijote se ha quedado como una parte de nuestro léxico familiar: cuando Cervantes cuenta que Don Quijote, en un episodio en Zaragoza, está desesperado y dice “yo no puedo más”. Realmente Cervantes no quería decir eso de Don Quijote, que es justamente la persona que siempre puede más. En realidad, lo que quería decir era “yo más no puedo”, que no tiene nada que ver. Pasa aquí un poco lo mismo: yo más no puedo hacer. Me gustaría dedicarle más tiempo a la poesía, que es lo importante en la vida. No obstante, hay un malentendido con el pasado. A veces nos quejamos un poco de más, lamentando que no has podido hacer cosas o que no te han dejado hacerlas o que no has sido más rico, porque realmente si estás conforme con lo que eres, tienes que estar conforme con lo que ha sucedido. Con otra vida diferente tú seguramente serías distinto. Pensamos qué pena no haber tenido un poco más de dinero, más tiempo libre, más aceptación literaria, menos lucha, menos brega… Bueno, a lo mejor esa brega es la que te ha permitido justamente ser como eres. Si yo hubiera sido una persona rica, lo más probable es que fuera un gandul y me dedicaría a hamponear. Incluso la dificultad y la oposición que tuvo esta obra al principio me espolearon para mejorar en la medida que yo podía hacerlo. Una crítica favorable es muy agradable, te conforta y anima, pero a veces te ayuda mucho más la que es contraria porque te lleva más a pensar.
—Cuando se leen estos libros percibimos cómo se va construyendo una identidad desde el principio mismo del proyecto. Y sus dificultades las pones sobre la mesa casi desde el segundo tomo, con los recelos de los demás y también el modo en que los vas venciendo y vas estando cada vez más liberado, más conforme.
La conformidad no quiere decir la satisfacción porque siempre estás muy insatisfecho. Me gusta mucho lo que decía Gutiérrez Solana de su obra, que es muy bonito: “tengo la sensación de que está a medio conseguir”. Tengo la misma impresión con lo mío. Por ejemplo, no he podido leer ni uno solo de mis libros. Ahora bien, a esta edad y con 25 tomos, puedo decir que estoy conforme. Ya no lo puedo cambiar. Me ha tocado esta vida. Mi padre, que hizo la guerra en una bandera de Falange y allí debió de aprenderlo, soltaba esto con una cierta fatalidad irónica cuando le rodeaban las adversidades: “nos ha tocado un destino de guerra”. Esto, que suena muy joseantoniano, yo me lo aplico irónicamente para decir: bueno, esto es destino de guerra. O como decía antes: el mal camino andarlo pronto.

Jonás Trueba conversando con Andrés Trapiello.
—Cuando citas lo de “a medio conseguir”, me he acordado de algo que en este tomo nuevo anotas en relación con Velázquez: “Velázquez siempre pintó lo que está siempre siendo, la realidad inacabada, perfilada apenas”.
Es una frase de Ortega y dice algo que está muy bien visto. La realidad está siempre sucediendo. No se termina nunca. Los libros que nos gustan tienen esa virtud. Por eso los podemos leer treinta veces seguidas y en todas ellas encontraremos siempre cosas nuevas, porque nunca dejan de estar sucediendo. El libro que no lo puedes leer dos veces es porque ya se ha muerto y el libro que lees muchas veces es porque sigue vivo. Se trata de reproducir lo mejor que puedas la vida. Porque la vida está siempre sucediendo y nunca sucede de la misma manera. Creo que es Montaigne el que dice: mi yo de ahora y mi yo de hace un minuto somos personas distintas, ya no somos lo mismo.
—El tomo anterior se titulaba precisamente Éramos otros, que también encerraba esa idea preciosa del tiempo pasando y todo el rato cambiando y también todo el rato todo por hacer, inacabado. Esta obra lo captura maravillosamente. Por eso, ese “apenas perfilado” que decíamos antes tiene que ver con los retratos que haces, que muchas veces son como bosquejos, como bocetos…
Hay una cosa maravillosa en el Museo del Prado que yo la primera vez que lo percibí por mí mismo, sin una lectura detrás, me dejó asombrado: en Velázquez no hay ni un solo perfil, en su obra las carnes de las gentes, los objetos, etcétera, tienen unos milímetros de indeterminación donde la carne del retrato entra en el aire y el aire entra en la carne. No hay una línea como pasa en la pintura gótica o en la pintura renacentista de Leonardo o Rafael, por ejemplo, donde hay un contorno perfecto. Y esto pasa también en la literatura, que debe tener un punto de indefinición, que los objetos estén un poco flotando, como están flotando los personajes de Las Meninas. Escribir con esa indeterminación es fundamental, porque eso es lo que finalmente le produce a cada línea un latido especial, que te hace darte cuenta de que no han querido hacer literatura. Lo peor para mí, a estas alturas, es el arte artístico, la literatura literaria; ya no te digo la metaliteratura o la literatura que ahora llaman autoficción. Esto no tiene ni pies ni cabeza. Son modas un poco manieristas.
—¿Cuán importante es para ti la mirada o la escucha que tienes en el día a día en cada momento? Eres una persona atenta. Para ti todo es vida, pero también todo es literatura sin que eso suponga que la vida la estás viviendo menos; al contrario: la estás viviendo más con esa actitud ante el presente.
Nuestro querido Ramón Gaya, comentando un cuadro de un pintor chino con un amigo que estaba intentando aprender la acuarela, le preguntó cuál creía que era el tema de una obra en la que se veía a alguien pescando en mitad de un lago. El amigo contestó que el tema era la espera y Gaya le dijo que no, que era la atención, que no es lo mismo que la espera. La atención puede resolverse con algo o no, es estar y recibir lo que te dan. La espera siempre está encaminada a que algo suceda. Ahora que los tomos del Salón de pasos perdidos se han distanciado mucho, cuando encuentro algo que a mí me parece realmente valioso lo traspaso al diario en el que estoy trabajando para su publicación. Lo he hecho siempre y por eso para los ortodoxos mis diarios son enormemente conflictivos. No solamente atribuyo a la actividad del año 2011 cosas que suceden ahora. Suelo aducir que aquello en lo que yo me fijo es bastante atemporal. Da igual que haya ocurrido ahora o hace 15 años. Hace unos meses, en el Rastro, escuché algo maravilloso que está en este último tomo correspondiente a 2011. Discutían agriamente dos gitanas de luto, que entendí que eran hermanas porque se parecían muchísimo. Entonces una de ellas, en un momento determinado, dijo: “mira, Conchi, vamos a dejar de hablar de esto porque me poseo”. Me pareció tan acertado el asunto que me dije: si no lo paso inmediatamente, se va a perder. Los que nos dedicamos a la realidad -y yo soy un escritor realista, tú eres un director realista- tenemos la obligación de reflejarla lo mejor que podamos, pero con ese grado de indefinición, que es eso que llamamos básicamente poético. La poesía está justamente para llevarnos un poco más lejos, pero sin abandonar esto. No subirnos a las alturas, porque toda la poesía está aquí. No creo mucho en la poesía ni en el arte trascendente. Cuando leo el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz me parece muy real, de andar por casa.
—Hablaba antes de la atención y leí a alguien en algún sitio que la literatura era mirar atentamente y caer en la cuenta. Y eso tiene que ver con recibir y pensar que todo lo puedes transformar luego en literatura.
Acuérdate del soneto de Ramón Gaya sobre la pintura. Ahí él compara la pintura con la mano de un mendigo abierta que está esperando que se le dé. Realmente esto nos ocurre a la inmensa mayoría de los que nos dedicamos a este negocio de la literatura y el arte: tienes la sensación de que aquello que tú encuentras más valioso entre lo que has hecho te lo han regalado; en cambio, con los defectos siempre pensamos: esto solo puede ser mío.
De todo tiene. Andrés Trapiello. Ediciones del Arrabal. 448 páginas. 32,90 euros
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Salón de pasos perdidos
Un proyecto como no hay dos en español

Andrés Trapiello leyendo «De todo tiene».
Con De todo tiene llegó la vigesimoquinta entrega del Salón de pasos perdidos (Spp), considerado el proyecto más ambicioso y excepcional entre los de su naturaleza. Constituye un hito del diarismo español. Desde El gato encerrado que empezaba el 1 de enero de 1987 hasta este último volumen, que se corresponde con el año 2011, el proyecto abarca ya un cuarto de siglo y cumple con el objetivo inicial de su autor Andrés Trapiello: contar la novela de una vida, haciendo realidad impresa aquella afirmación que incluyó Benito Pérez Galdós en su Fortunata y Jacinta: “Por doquiera el hombre vaya, lleva consigo su novela”.
El título tiene su origen en un diálogo de la segunda parte del Quijote. ¿Y qué tiene De todo tiene? Tiene, como siempre, crónicas y semblanzas, aforismos y meditaciones; viajes, paseos y lecturas; filias y fobias, humor y melancolía. Una combinación de formas y registros que resulta magnética para el lector más fiel y lo será para el que baraja adentrarse por primera vez en la serie; y da igual la puerta de entrada -véase año- por la que se adentre, y ya son veinticinco las opciones posibles. Como ha escrito su autor: “No sé qué le ha sostenido a uno en ese empeño. La ilusión, quizá, de que nuestros hijos nos tengan cerca cuando ya no estemos, hacer de su tiempo perdido su tiempo recobrado, y la ilusión de pensar que ese vínculo de amor nos mantendrá unidos y constantes más allá de la muerte, mientras vivimos. Al fin y al cabo, se cuenta en estos libros su vida y la nuestra, y la vida en general (…) esta vida que se escribe como diario y que, corregida unos años después, se publica como novela porque ha querido uno dotarla del sentido que la vida no tiene y sí la ficción”.
Ha ido ampliándose el tiempo entre la fecha del cuaderno manuscrito y su momento de publicación, pero se mantienen, por un lado, los ingredientes habituales (los paseos por Madrid, las escapadas al campo extremeño, la vida en general, la literaria y la normal…) y, por otro, el modo en que el autor sigue poniendo el tono adecuado de escritura al servicio de cada episodio. Hay asuntos familiares y la melancolía que trae consigo el síndrome del nido vacío, pero también comentarios a la actualidad de aquel 2011, un curso marcado por el accidente nuclear de Fukushima en Japón, las muertes de Osama bin Laden y Muamar el Gadafi, el movimiento 15-M en la Puerta del Sol de Madrid, el anuncio de que ETA ponía fin a la violencia o la victoria del Partido Popular de Rajoy.
El humor, tan inconfundible y celebrado por sus lectores, atraviesa todo el diario, si bien este va mutando según la escena descrita: desde una de esas estampas pintorescas del Rastro con sus regateos y discusiones a alguna incidencia familiar, pasando por las que son tan frecuentes del mundillo literario, siempre iguales y siempre tan distintas (la entrega de un premio, la conferencia en provincias, la firma de ejemplares en la Feria del libro o la invitación a un acto cultural), el retrato entrañable de algún amigo (Abelardo Linares) o la manifestación de alguna hipocondría al tener cita con el médico (“salí de allí bastante contento: entré pensando que igual tenía cáncer de cuello y salí con una artrosis incurable y de por vida”).
















