Oliveros se inició como educador ambiental y guía turístico, especialmente interesado en la cultura y la historia de los lugares por los que transita. Así nacieron sus libros Cercedilla Storytelling (volúmenes I y II) y Cuentos luminosos, su peculiar adaptación de relatos zen, orientales y sufíes.
España, para dar y contar, su cuarto libro, alberga en cada capítulo una sorpresa de mayor o menor calado que ilustra y, sobre todo, ubica con justicia hechos y personas en el lugar histórico que les corresponde. Al tiempo, se adentra en algunos de los lugares más icónicos de nuestra geografía e indaga en curiosidades poco o nada conocidas relacionadas con la gastronomía, las costumbres y las tradiciones.
—En definitiva, ¿qué es España, para dar y contar?
Creo que es una guía turística que integra una selección de lo más interesante o de lo que más me ha llamado la atención sobre un país extraordinario. Un buen día descubrí y me sentí fascinado por la cultura del vino y decidí hacer un libro sobre el tema. Eso me llevó a ir recogiendo historias, anécdotas y otros aspectos que reflejaban la grandiosidad de nuestra cultura. Pero aquella idea inicial se fue ampliando a otros ámbitos de la vida y, poco a poco, fue abriéndose al libro actual.
—Es decir, ¿las fuentes de las que se ha servido han ido surgiendo a lo largo del camino?
Fundamentalmente así ha sido. He viajado mucho por el país y he conversado con gentes de muchas zonas. Me he ido topando con cosas, a menudo inesperadas, que han ido armando el conjunto. Al investigar sobre algo o alguien, descubres cosas con las que no contabas y el libro, de alguna forma, se va construyendo por sí mismo.
—¿Qué es lo que más le ha sorprendido?
No es fácil señalar una sola persona o un solo hecho. Es verdad que deseché un buen número de asuntos por no tener la certeza absoluta de que así fueron las cosas. En este sentido es sorprendente la figura de López de Haza, un científico de la Universidad de Salamanca que, medio siglo antes que Darwin, escribió sobre la teoría de las especies. Aunque hay documentación al respecto, no me pareció suficiente y no incluí a este personaje en el libro.
De las personalidades que sí incluí, acaso Gaudí sea una de las más deslumbrantes. Era un auténtico genio que estoy convencido de que el tiempo situará como uno de los grandes de la humanidad, a la altura de Leonardo da Vinci. Algunas de sus estructuras, por ejemplo la casa de Comillas que construyó para un músico, están diseñadas de tal forma que, a través de unos componentes tubulares, hacen música. O las vidrieras de la Casa Batlló, que se reflejan sobre una pared de azulejos y dan la sensación de un mar en movimiento. Obras pensadas al milímetro, llenas de soluciones y elementos deslumbrantes, como el hecho de que en la actualidad se haya utilizado en la Sagrada Familia un programa informático de la NASA para calibrar resistencias y pesos que concluye que, entonces y con aquellos medios, los cálculos de Gaudí eran perfectos. Gaudí, y hay que decirlo muy alto, cambió en gran medida la historia de la arquitectura. No solamente era un artista con una sensibilidad estética fuera de lo común, sino también un matemático y un investigador científico excepcionales.
—Habla usted también de la espiritualidad del carácter español como un vehículo hacia el arte…
Podríamos hablar de dos direcciones: la espiritualidad como vehículo hacia el arte y el arte como vehículo transmisor de espiritualidad. En la historia de nuestro país son innumerables los ejemplos de esas dos variantes.
—Su libro está lleno de descubrimientos, pero ¿cuál sería una de esas falacias que, pese a su falsedad demostrada, la historia sigue manteniendo como cierta?
Habría que aludir a Pedro Páez, que fue uno de los grandes exploradores de África, aunque no haya sido reconocido como tal. Ciento cincuenta años después de que él descubriera las fuentes del Nilo Azul, llegó a ellas el escocés… que además tenía los escritos y los gráficos de Páez y se apropió de aquella información para pasar a la historia como el descubridor, algo que es totalmente falso. Páez fue un misionero nacido en un pueblecito de Madrid que estudió en Cuenca y, nada más ordenarse, pidió que le mandaran a evangelizar a China o a Japón. Sus superiores le negaron, por peligrosos, aquellos destinos y, a cambio, lo dirigieron a Etiopía. Viajó a Goa, fue capturado durante el trayecto y estuvo siete años cautivo. Una vez liberado, en lugar de regresar a España decidió viajar a Etiopía, se disfrazó de mercader y llegó a las fuentes del Nilo Azul.
[Carlos Oliveros relata en su libro: «Doctor Livingstone, supongo». Esta famosísima frase supuso el culmen de las exploraciones africanas. ¡Qué flema británica! ¡Qué sangre fría! Como si hubiera sido posible haber encontrado a algún otro europeo por allí. Solo hay dos inconvenientes en esta bonita historia: El primero es que, probablemente, esa frase nunca fue dicha. Se la inventó el periodista Henry Morton Stanley para dar más realce a la historia. El mismo que siguió contribuyendo a la esclavitud de los africanos, algo contra lo que Livingstone, que era un misionero, luchó durante toda su vida. El segundo inconveniente es que, casi doscientos años antes, el madrileño Pedro Páez ya había estado por allí y había descubierto las fuentes del Nilo Azul, siendo el primer europeo en escribir un tratado científico sobre Etiopía y uno de los primeros en probar el café. Existe una estatua erigida en las cataratas Victoria en honor de David Livingstone y su cuerpo —salvo su corazón— está enterrado en la Abadía de Westminster. Está considerado un héroe nacional. La historia de Pedro Páez es apenas conocida en su propio país. Ya es hora de cambiar esto].
—¿A qué se debe el cainismo de muchos españoles con su propio país?
No soy capaz de contestar a esa pregunta. Las razones de ese hecho me superan, pero son muchos los españoles que lo han denunciado, como Goya a través de su arte. Acaso tenga relación con una especie de complejo de inferioridad. O acaso con que somos gente de extremos. Pasamos de lo máximo a lo mínimo y es evidente que eso no es ni equilibrado ni objetivo.
—¿Qué mensaje le gustaría que permaneciese en el lector?
Creo que siempre es bueno conocerse a uno mismo. Conocer sus raíces y las de sus convecinos. Como país debemos reforzar nuestra autoestima. En el año 2018, a través del centro de investigación Pew Research Center, se preguntó a más de cincuenta mil ciudadanos europeos cuántos consideraban que su propia cultura era superior a la de los demás. En primer lugar, casi alcanzando el noventa por ciento de la población, figuraba Grecia. A continuación estaban los rusos. En países como Italia, Suiza, Polonia, Alemania, Reino Unido o Portugal, en torno a la mitad de sus habitantes consideran su cultura superior. Francia y Países Bajos estaban por encima del treinta por ciento. Llamativamente, España aparecía en el último lugar. Solo dos de cada diez españoles valoraban nuestra cultura. No se trata de considerarnos superiores a nadie, pero tampoco de ser los últimos, porque eso no se ajusta a la realidad. Somos el segundo país de Europa en biodiversidad. Tenemos una gran riqueza cultural, patrimonial, geográfica, gastronómica y arquitectónica que nos permite disfrutar de la vida, algo muy nuestro, pues somos un país abierto y solidario. En suma, somos un país realmente grande. Ese es el mensaje que me gustaría que quedase en quien se acerque a España, para dar y contar.
Afable y directo, lo afirma con rotundidad Carlos Oliveros, que sigue su particular camino descubriendo y desvelando historias, disipando dudas y ayudándonos a saber quiénes realmente somos.














