Al celebrarse en el Prado, al interés que ofrece la muestra de profundizar en el conocimiento de Ribera, uno de los artistas españoles mejor representados en sus colecciones, se suma el que permite crear un contexto muy preciso para el estudio y la valoración de La resurrección de Lázaro, cuadro cuya atribución fue muy discutida en el momento de su adquisición, siendo hoy generalmente aceptada. La mayor parte de las obras de Ribera que custodia la institución son muy posteriores, por lo que esta muestra constituirá la ocasión más propicia para entender plenamente este gran cuadro y valorar su extraordinaria significación en el contexto de la carrera temprana de su autor.

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Intereses temáticos

Las 32 obras que conforman la exposición proceden de museos y colecciones de España, Italia, Francia, Gran Bretaña, México, Suiza, Hungría y Estados Unidos, e incluyen una representación de las dos principales series que hizo Ribera en esos años (el Apostolado y Los cinco sentidos), así como las composiciones más complejas que realizó en Roma y Nápoles. Todo ello permite al visitante conocer los principales intereses temáticos del joven pintor y apreciar la manera en que se fue formando y evolucionando su estilo hasta convertirse en uno de los pintores naturalistas más originales y poderosos posteriores a Caravaggio.

Durante su estancia en Roma, la precisión descriptiva y el claroscuro fueron utilizados por Ribera para renovar la presentación de asuntos tradicionales como los Sentidos, los Apóstoles o los Filósofos mientras que en Nápoles, estos mismos instrumentos proporcionarán a su pintura devocional una inconfundible carga de intensidad, rigor y drama.

El recorrido de la exposición se ha organizado en torno a distintos ámbitos que agrupan conjuntos de obras relacionadas entre sí o con períodos concretos de la estancia de Ribera en Roma y sus primeros años en Nápoles.

José de Ribera versus Maestro del Juicio de Salomón

La exposición se inicia con la comparación entre algunas de las pocas obras que han sido atribuidas históricamente a Ribera como correspondientes a esta primera etapa de su carrera con otras importantes pinturas consideradas anteriormente obra del llamado ‘Maestro del Juicio de Salomón’.

En este ámbito se incluyen cuatro magníficos ejemplos del Apostolado Cosida procedentes de la Fundación Longhi. Frente a ellos, se exponen tres de los Sentidos, serie fundamental en el proceso de la reconstrucción de la actividad del joven Ribera y en cuya factura era ya patente la seguridad y afán de originalidad del artista.

La composición de los apóstoles es muy rigurosa y sus amplios fondos desempeñan un papel fundamental en la creación del clímax dramático, mientras que en los Sentidos las figuras llenan el espacio pictórico y hay un tratamiento muy naturalista de sus acciones, aspectos que explican las razones por las que durante décadas ambas series se han atribuido a autores diferentes.

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Ribera en Roma: los cuadros de Historia

En Roma, Ribera se aproximó a la pintura de historia –composiciones complejas con varios personajes cuyos asuntos procedían de repertorios narrativos como la Biblia–, género que provocó el debate entre los defensores y detractores del naturalismo, quienes sostenían que era un estilo inadecuado para representar composiciones en las que se usaba una amplia variedad de acciones y “afectos”. Ribera, artista joven y deseoso de reconocimiento, respondió a este debate con obras de formato apaisado, protagonizadas por figuras de considerable tamaño, en las que el lenguaje naturalista constituyó un instrumento muy eficaz para dar credibilidad a las acciones, a los sentimientos y a la relación de los personajes entre sí.

Entre Roma y Nápoles: medias figuras

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Durante su estancia en Roma y los primeros años de su época napolitana, Ribera también realizó numerosas figuras aisladas o en pareja –generalmente de medio cuerpo y con frecuencia ante una mesa– que en su mayoría eran santos del Nuevo Testamento. En estas representaciones conjugaba su escritura pictórica, precisa y eficaz, con tipologías humanas realistas y composiciones en las que el personaje se encuentra en primer término y ocupa casi todo el campo pictórico, dando lugar a imágenes llenas de fuerza y rigor, y que serán el punto de partida de soluciones posteriores, que convertirán a Ribera en uno de los artistas de su tiempo que supieron crear un vocabulario y un repertorio más personales.

En esta etapa ya comienza a representar filósofos como en las obras Orígenes y Demócrito, para los que utiliza fórmulas similares a las de los santos, aunque todavía no se recrea en la asociación entre pobreza y filosofía que caracterizó sus representaciones posteriores.

Ribera en Nápoles

cristo_flagelado_jose_de_riberaEn 1616, el artista llegó a Nápoles, ciudad en la que permanecería hasta su muerte en 1652. La transformación que su arte experimentó allí está relacionada con las diferentes expectativas que su nueva clientela desarrolló hacia la pintura, lo que se tradujo en un énfasis mayor en cuestiones devocionales.

Mientras que las pinturas de composición que había hecho en Roma se caracterizaban por su formato apaisado, su elevado número de personajes y su aspiración a convertirse en cuadros de historia, las que hizo durante su primera década en Nápoles fueron, en su mayoría, verticales, de naturaleza devocional y con un predominio de temas relacionados con la Pasión.

En ellos se juega frecuentemente con el contraste entre el cuerpo desnudo y mártir y el afán o la mofa de quienes le rodean, siguiendo una fórmula de amplia tradición que ya había utilizado Caravaggio.

La Colegiata de Osuna

calvario_jose_de_riberaEn la Colegiata de Osuna se conservan cinco cuadros de Ribera que representan a San Sebastián, San Pedro penitente, San Jerónimo y el ángel del Juicio, El martirio de san Bartolomé y El Calvario.

Los cuatro primeros fueron realizados entre 1617 y 1619 para Pedro Téllez Girón, III duque de Osuna, virrey de Nápoles entre 1616 y 1620. El Calvario fue un encargo de la duquesa y fue acabado en 1618.

Todos ellos ingresaron en la Colegiata antes de abril de 1627. El número de obras, sus dimensiones y la variedad de tipologías y soluciones compositivas convierten al conjunto en uno de los más importantes del inicio de la actividad del pintor.

 

 

 

La resurrección de Lázaro, obra clave

Uno de los episodios de mayor importancia relacionado con la historiografía de la pintura española de los últimos años está siendo la reconstrucción de la actividad pictórica que llevó a cabo José de Ribera durante su estancia en Roma y los primeros años de su vida napolitana (1610-1622). Una de las obras claves en esta reconstrucción es La resurrección de Lázaro, adquirida por el Prado en 2001 y que se ha convertido en uno de los principales puntos de referencia en torno a los que se ha articulado el debate sobre la actividad temprana del pintor.

Durante los últimos 10 años se han realizado avances muy significativos en el conocimiento e interpretación de esta etapa de Ribera; nuevos estudios han añadido datos inéditos sobre los lugares donde residió, su círculo de clientes y su situación financiera, pero lo más relevante es que el análisis estilístico y los aportes documentales han permitido identificarlo con el hasta entonces anónimo Maestro del Juicio de Salomón, lo que ha supuesto la incorporación de varias decenas de obras a su catálogo.

El montaje de la muestra permite establecer relaciones y comparaciones entre los cuadros que ponen en evidencia las direcciones hacia las que se fue moviendo el arte de Ribera, lo que sirve también para advertir su extraordinaria capacidad de cambio desde los inicios de su producción, aspecto que explica que muchas de sus obras tempranas se hayan atribuido al anónimo Maestro del Juicio de Salomón durante años.

 

Madrid. El joven Ribera. Museo Nacional del Prado. 

Del 5 de abril al 31 de julio de 2011.

Comisarios: José Milicua, catedrático emérito de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, y Javier Portús, jefe de Conservación de Pintura Española del Museo del Prado.