ajuste de cuentos

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El ajuste del cuento en el microrrelato (y V)

Alguien con oficio de Kafka y vocación de poeta, o al revés, ha comentado que, al fin y al cabo, la literatura es un “ajuste de cuentas”, una manera de situarse ante la vida, un abrir los balcones del alma para que puedan salir las ilusiones fracasadas, ventilar las alcobas del yo y volver a respirar –sin que ello se convierta en un esfuerzo cansino– trece veces por minuto.

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Personalmente prefiero hablar de la vida en términos de cuentos y no de cuentas porque, cuando se echan cuentas, uno puede encontrar que “la vida es un negocio en el que no se cubren gastos”, al menos así lo asegura Luis Landero, creo que con razón. En cambio es probable que la vida esté hecha de la misma materia que los cuentos o que ella misma sea un cuento de cuentos, de la misma manera que la historia sólo es historia en las historias. Considerada de este modo, la vida puede seguir mientras dure el cuento o, al contrario, que es en realidad como lo dijo Carmen Martín Gaite en sus Cuentos de nunca acabar.

Por otra parte, ajustar requiere concisión, es decir, precisión y brevedad, dos condiciones que en la narrativa actual no se dan en ningún otro género literario como en el cuento, sobre todo si es “breve y extraordinario”, tal y como dejaron escrito en su fantástica colección de 1955 Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, o como se puede constatar en esta obra maestra de Julio Cortázar: “Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son”.

ajuste de cuentosAjuste de cuentos ha sido nuestra humilde contribución literaria al ¿nuevo? género del microrrelato (MCR). La aventura nos ha exigido echar la imaginación a volar en breverías y abrevadurías, relatar amorerías y amorismos, deslindar los desacuerdos en los acordes de la música de cada día, describir paisajes y paisanajes, sacarle los colores al diccionario por sus ausencias, volver al paraíso de la infancia (del que nunca debimos salir)… También, la utilización de las herramientas más variadas.

Ajuste de Cuentos pretendía ser un “ajuste de vida”, aunque su verdadera finalidad fuera experimentar con la alquimia del lenguaje y de la imaginación –como un aprendiz que comenzara a trabajar en el singular laboratorio soñado por el poeta Samuel Taylor Coleridge y el químico Humphry Davy– con objeto de conseguir un cuento invisible, sin que el lector se percate de ello. Pero mucho nos tememos que esto únicamente está al alcance de muy pocos creadores, como es el caso de Gabriel Jiménez Emán.

En su defecto tratamos de buscar catalizadores capaces de transformar fábulas, mitos, aforismos, proverbios, haikus, greguerías y grafitis en cuentos de carne y hueso, valiéndonos para ello de dos premisas principales en la investigación de enzimas literarias. La primera corresponde a Miguel de Cervantes, quien plantea que no hay discurso que, siendo largo, aunque sea bueno, lo parezca; la segunda parte del consejo de Albert Einstein de hacer todo tan sencillo como sea posible, pero no más sencillo. Y es que el ajuste requiere ciencia y el cuento, arte. En los ejemplos que siguen a continuación el lector juzgará en qué medida lo hemos podido conseguir en este pretendido libro-libre-liebre.

Interpretación de los sueños

Tenía previsto ir a la mañana siguiente al psicoanalista para que le interpretara los sueños, pero no alcanzó a reunir el número suficiente de ovejas para poder dormirse.

El labrador

Las manos, sinceras de tantos surcos abiertos para arrancarle los secretos al campo, se van retorciendo como raíces, mientras se vuela la carne y la piel se hace cuero. Se vive como se puede, cuando lo único que queda por delante es el invierno. El cuerpo se encorva y cada vez se hace más pesado el andar. La noche ya no sigue al encuentro amoroso y se queda sin punto de referencia. No hay espera, tampoco desesperanza. ¡Siempre como ahora y mejor lo que Dios quiera! El rostro se va llenando de arrugas, las acequias de esclerosis. Alonso no pierde el ánimo. Ya sólo se alimenta de las tiernas miradas de Manuela.

El trovero de la voz nublada

No era un hombre instruido, pero sí un buen conocedor de la naturaleza. También de la naturaleza humana. No había leído a Neruda, pero, a su manera, él también había rascado en las entrañas hasta tocar el hombre: hace más de veinte años/ que te vengo conociendo;/ has cambiado en edad,/ pero siempre te estoy viendo/ con la misma enfermedad. Nunca se embarcó en filosofías para hallar su puesto en el cosmos, aunque navegaba como nadie por el saber popular para encontrarse a sí mismo, a veces detrás de un buen trago. Tampoco trató de responder nunca a las dudas de Hamlet. Su intuición le decía que en cada pregunta se esconde una trampa. Se conformó con ser, ser un ser humano, al que, de cuando en cuando, le parpadeaba el corazón. Ser para caminar, con su mula, su sombrero y su mirada de lejanías, sin otro rumbo que la propia vida, pisando fuerte por los caminos. Ser antes de no ser: maestro, no tiene sentido/ que antes de dar a la mar/ tan sólo nos ocupemos en llevar/ el agua al molino.

El padre y el padrino

Cuando llegó a la cita con el cardenal Lamberto, Michael Corleone parecía una persona cansada y tensa, quizás por la brevedad de los días, cortos y violentos como relámpagos de metralleta, y la largueza de las noches insomnes. En su cara se podía adivinar un hombre de edad incierta, en la que la carcoma del tiempo había realizado ya una buena parte de su trabajo. La bilis llevaba demasiado tiempo corriendo por sus venas negra y espesa como el alquitrán; la orina empezaba a desaguar cada día una pesada carga de miel envenenada. Definitivamente se trataba de un enfermo en busca de remedio para sus males. ¿Por qué no te confiesas?, ¿qué puedes perder? Michael se derrumba a la velocidad de sus niveles de glucosa. Cae como una piedra rodante arrastrada por el río en busca de sus profundas heridas interiores. Padre, primero no creía en los dioses, luego quise ser como ellos, más tarde supe que son el diablo, y lo peor es que me reconozco en él: he sido infiel a mi mujer, me he traicionado a mí mismo, he matado a otros hombres, he ordenado asesinar a mi propio hermano… El tañido de la campana va marcando cada uno de los secretos. La piedra se va haciendo permeable. Ego te absolvo.

Circo Arboleda, el más difícil todavía

Era como un arca de Noé en el que cada noche poníamos a salvo nuestra infancia imaginando un circo diferente. En aquel insólito espectáculo éramos espectadores y actores al mismo tiempo, soñando que el conejo se sacaba de la chistera a un mago, quien rápidamente aprendía a convertir palomas en pañuelos blancos con los que secar las lágrimas del cocodrilo, que lloraba, muerto de risa, al ver al caballo subido a los hombros de la amazona. Y el sueño se hacía realidad.

En aquellas noches mágicas, el león domaba al domador, sin necesidad de echar mano de su melena de Sansón, la serpiente enviulaba al encantador y, después, le prestaba el cascabel al gato, quien ya no quería ser trapecista porque tenía gastadas las siete vidas que le habían correspondido en suerte y, ahora, tan sólo le quedaba el recurso de pasar por liebre.

En aquellas noches sin día, el tigre se hacía pasar por el tragafuegos y realizaba una exhibición de los juegos pirotécnicos que había aprendido en su Bengala natal. Mientras tanto, el trompetista de la orquesta intercambiaba su papel con el elefante, pues este comenzaba a tener deshilachada la memoria y no quería hacer más de cuentacuentos, pero aún podía tocar su larga trompa sin desafinar demasiado con el oso y su panda.

En aquellas noches en las que cabía toda la vida, el mono hacía monerías al maestro de ceremonias y tiraba cacahuetes a los espectadores, la mayoría de los cuales quería hacer de clown, ya que el número estaba incluido en el precio de la entrada y los payasos se habían marchado todos a ensayar de fantasmas en las casas que quedaban vacías a la hora del circo.

Antes de terminar la función, la pulga se disfrazaba de Calvero, se subía a una cuerda invisible para hacer de funámbulo y se contorsionaba al ritmo de las notas musicales que Pamplinas trataba de sacarle a la cola del piano.

Para finalizar la maravillosa ceremonia de la confusión, el faquir mandaba a todos los artistas que habían intervenido en la representación que se tumbaran noche arriba en un diván hecho de puñales y, mientras los sometía a una sesión de acupuntura, los iba psicoanalizando uno a uno para que no se les subiera el éxito a la cabeza: tan sólo era el sueño de una noche con la que comenzaba el verano.

Circo Arboleda ya está aquí. Los chiquillos salíamos en tropel a recoger a los músicos y saltimbanquis en el puente del irónico río de Aguas y los seguíamos hasta la plaza como los ratones al flautista de Hamelín. Circo Arboleda ya llegó. Esta tarde no hay escuela. Hay que ir a levantar la carpa de techo infinito junto a la Puerta de los Perdones. Circo Arboleda ya está aquí, recojamos los cuadernos. Circo Arboleda ya llegó, saquemos los sueños.

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