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Piglia cierra sus diarios

Ha muerto Ricardo Piglia. Último apunte pues en sus míticos diarios, esos que comenzó a escribir cuando apenas contaba 16 años y que aglutinó en tres volúmenes, de los que hasta la fecha se han publicado dos ('Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación' y 'Los años felices') firmados con el nombre del tal Renzi, su alter ego desde que supo de la enfermedad degenerativa con la que tuvo que convivir desde 2014.

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ELA, esclerosis lateral amiotrófica, ese punto y aparte en su existencia que le llevó a cerrar un amplísimo ciclo literario que incluye novelas y relatos, ensayos, guiones para el cine y la televisión, libretos de ópera y los mencionados diarios que son ya textos de culto para quienes ven en la literatura una tabla de salvación.

Adiós a Piglia. Los que allí estuvieron hablan del silencio absoluto, respeto reverencial, que cruzó el cementerio bonaerense de La Chacarita cuando el cuerpo del escritor se reintegraba a la tierra en su viaje definitivo. “Estamos dando los primeros pasos en un mundo sin él”, comentó lacónicamente Andrés Di Tella, director del documental 327 cuadernos, centrado en los textos del desaparecido, durante cuyo rodaje se le diagnosticó la enfermedad.

Tenía 76 años. Había nacido un 24 de noviembre en Adrogué, localidad de la que su familia tuvo que salir para instalarse en Mar del Plata como consecuencia de las ideas políticas de su padre. Piglia vivió esa experiencia con poco más de 15 años y comenzó a narrarla en las primeras páginas de sus diarios: “3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver. Gané al billar, hice dos tacadas de nueve. Nunca había jugado tan bien. Tenía el corazón helado y el taco golpeaba con absoluta precisión. Después fuimos a la pileta y nos quedamos hasta tardísimo. Me zambullí del trampolín alto. Desde tan arriba las luces de la cancha de paleta flotaban en el agua. Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez”.

Posteriormente se formó como historiador e impartió clases de literatura latinoamericana a lo largo de década y media en las universidades de Harvard y Princeton, en donde coincidió en talleres de escritura creativa con García Márquez, Auster, Roth, Toni Morrison y Vargas Llosa.

A lo largo de los años fueron surgiendo de su mano novelas como Plata quemada, Respiración artificial, Blanco nocturno, La ciudad ausente o El camino de Ida, volúmenes de relatos como Prisión perpetua, Nombre falso, La invasión, que supuso en 1967 su primera publicación, y libros de ensayos como Crítica y ficción y Formas breves

O El último lector, que con los Diarios, él consideró su texto más íntimo, aquel que se abría recordando a su admirado Borges: “Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara… Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Ésta podría ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara”, el que dejo escrito: “Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”.

En diciembre de 2011 regresa a Buenos Aires declarando su admiración por la cultura norteamericana. Ahora se ha ido aquel que profesó una pasión “sin límite alguno por la cultura y por la lectura”. Aquel que los años convirtieron en referente y guía intelectual en tiempos complejos. La admiración que despertaba no era solo literaria, sino personal. Quienes le conocieron lo definen como un ser humano excepcional que bromeaba incluso cuando, ya muy enfermo, apenas podía moverse. “Siempre soñé con no salir de casa, estar encerrado para escribir, y ahora estoy encerrado de veras”, decía al comentar su enfermedad el hombre al que todos llamaban “maestro”, un calificativo con el que no se sentía cómodo.

Como Camus, –siempre declaró que La peste fue el primer libro que leyó consciente de que estaba ante una obra grande– como Kafka, como Onetti y Macedonio Fernández, y Walsh y Faulkner, –”La lectura de Faulkner es uno de los grandes acontecimientos de mi vida”–  y Roberto Arlt y Conrad y Joyce y Walter Benjamin y Poe y, claro, Jorge Luis Borges, creadores todos a los que profesó admiración y reconoció referencia, Piglia deja poso. El mágico sedimento de quienes, a través de su literatura, enseñan a leer mejor y a ver el mundo y las cosas que le son propias de otro modo. Ese que un día nos hizo adictos a su causa magna para siempre. Ricardo Piglia está, con todos los derechos ahí, en ese grupo de elegidos.

Con sus diarios definitivamente cerrados bajo el brazo descanse, para la historia, en paz.

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