Tomás Marco, director de la institución, y el académico Publio López Mondéjar fueron los encargados de contextualizar esta décima entrega del ciclo Maestros de la fotografía, un programa que ha permitido consolidar la sala como un espacio estable dentro del museo pese a su reducido tamaño.

Con el paso de los años, la Academia ha ido atesorando un fondo fotográfico moderno de enorme valor, iniciado con la obra de Alberto Schommer y enriquecido posteriormente con adquisiciones y donaciones. Entre los elementos más singulares de esta exposición destaca una selección de material bibliográfico y hemerográfico procedente de la colección Pedro Melero / Marisa Llorente. La presencia de Maspons en portadas de libros, revistas y discos demuestra hasta qué punto su fotografía penetró en la cultura visual de su tiempo y acompañó, con una estética inconfundible, las transformaciones sociales de la época.

Nacido en Barcelona en 1928, Maspons se forjó en la Agrupación Fotográfica de Cataluña, pero pronto se apartó del academicismo imperante al descubrir el trabajo de Catalá-Roca. Su estancia en París a comienzos de los cincuenta fue decisiva: allí se movió por los círculos fotográficos más inquietos y trató a referentes como Doisneau, Brassaï o Cartier-Bresson, lo que terminó por convencerle de que su futuro pasaba por el ejercicio profesional de la cámara.

 
A su regreso a España emprendió una carrera que se prolongaría durante medio siglo. Reportajes, retratos, publicaciones editoriales, cine y publicidad convivieron en un archivo vasto y diverso que solo a partir de los años setenta empezó a ganar reconocimiento público. Su obra circularía después por exposiciones nacionales e internacionales, y su presencia constante en los escenarios culturales de Barcelona terminó por convertirlo en una figura popular y premiada por su propia ciudad.

En palabras del periodista Lluís Permanyer, «en la obra de Maspons conviven con toda naturalidad dos mundos bien distintos, el amable y mundano con el surrealista y denunciable. Tal dicotomía es habitual en él, ya que en el fondo no se plantea posiciones ideológicas, sino que hace en todo momento y en cada etapa lo que le pide el cuerpo y la cámara, porque casi siempre ha sido un ojo que vive tras el objetivo». Esa intuición, ajena a rigideces formales, le permitió retratar los rincones más disonantes del tardofranquismo y los inicios de la democracia con una claridad que hoy resulta imprescindible para comprender aquel tiempo.

La última gran revisión de su trayectoria llegó en 2019, cuando el Museo Nacional de Arte de Cataluña reunió bajo el título La fotografía útil una amplia selección de obras, incluidas muchas que habían permanecido ocultas en su archivo. La exposición que ahora acoge la Real Academia ofrece un recorrido concentrado, pero significativo, por ese legado.

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