Nacida en Brooklyn, formada entre el cine mudo, la literatura y las artes escénicas, Levitt encontró en la Leica de 35 mm la herramienta perfecta para moverse sin ser vista. El encuentro con Henri Cartier-Bresson fue decisivo. También el apoyo de Walker Evans, que la animó e introdujo en su círculo. Pero su voz nunca fue una réplica: desde el inicio cultivó una sensibilidad propia, impregnada de realismo y de un humor sutil que desarma sin estridencias.
El recorrido comienza con las primeras obras, marcadas por una oscilación entre lo documental y lo ambiguo. Figuras encorvadas durante la Gran Depresión conviven con retratos urbanos de difícil clasificación. Poco después, los dibujos a tiza descubiertos en su recorrido hacia la escuela de East Harlem —donde trabajó como profesora gracias al Federal Art Project— abrieron una línea de trabajo inesperada. Durante años documentó esos grafismos efímeros, a veces con los propios niños posando junto a sus creaciones. La ciudad se convertía así en un tablero compartido entre realidad e imaginación.
Entre 1938 y 1942 cristalizó el núcleo de su obra. Spanish Harlem, el Lower East Side, Brooklyn: barrios obreros donde la vida transcurría en las aceras, en las escaleras de entrada, bajo las ventanas abiertas. No buscaba el espectáculo de la metrópolis ni el brillo de la élite. Le interesaban las conversaciones detenidas al atardecer, los juegos improvisados en solares vacíos, las miradas que se cruzan y se esquivan. Sus imágenes, asentadas en un realismo descarnado y rebosantes de picardía, esconden tanto como revelan.
En 1941 viajó a Ciudad de México, su única estancia prolongada en el extranjero. Allí el tono cambió. Las escenas adquirieron una crudeza nueva, centradas en los márgenes sociales. Sin embargo, incluso en ese contexto más áspero, evitó el dramatismo. Prefería sugerir antes que subrayar.
El proyecto editorial concebido junto a James Agee en los años cuarenta terminó cristalizando en A Way of Seeing en 1965. Agee defendía que aquellas fotografías componían «una visión unificada del mundo, un manifiesto no insistente pero irrefutable». La frase resume bien la impresión que deja la exposición: una coherencia profunda y sostenida.
El salto al color, impulsado por la beca Guggenheim concedida en 1959 para explorar «las técnicas más novedosas de la fotografía en color», abrió otro capítulo. A contracorriente de su tiempo, trabajó las diapositivas como si siguiera pensando en blanco y negro. Tras el robo de buena parte de ese material en 1970, regresó a las calles con renovada determinación. En 1974, el MoMA proyectó cuarenta de sus imágenes en un pase continuo. Los colores densos obtenidos mediante transferencia de tintes intensificaron la presencia física de sus personajes.
El metro neoyorquino constituye otro de los núcleos de la muestra. Vagones y andenes se transforman en escenarios de dramas silenciosos, captados bajo una luz poco complaciente. Rostros inmóviles, gestos contenidos, miradas que no se encuentran. La ciudad subterránea como teatro íntimo.
La exposición, articulada en nueve secciones y cerca de 200 fotografías, incorpora además la proyección de In the Street, ese cortometraje mudo que prolonga su mirada en movimiento. El conjunto confirma que Levitt fue mucho más que una pionera de la fotografía de calle. Fue una observadora obstinada de la condición humana.
A partir de los años ochenta siguió fotografiando de forma intermitente, alternando el blanco y negro y nuevos escenarios hasta que la edad y la enfermedad limitaron su actividad. Para entonces ya era considerada la «poeta laureada no oficial» de Nueva York.
Al salir de la exposición, la sensación del espectador es intensa: las escenas que Levitt captó hace décadas continúan respirando. No pertenecen solo al pasado de una ciudad. Hablan de nosotros. De nuestra manera de ocupar el espacio, de relacionarnos, de escondernos y mostrarnos a la vez. En tiempos de imágenes estridentes, su obra recuerda que la intensidad puede ser silenciosa. Y que, en una esquina cualquiera, la vida siempre está a punto de suceder.
– Con motivo de la exposición se ha publicado un catálogo que reproduce todas las obras expuestas y cuenta con ensayos de su comisario, Joshua Chuang, y de otros especialistas en historia del arte y de la fotografía: Lauren Graves, Elizabeth Grand, Mónica Bravo, Anne Bertrand, Freya Field-Donovan y Joel Sternfeld. En su versión en inglés, este catálogo es coeditado por Thames & Hudson.
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Una cualidad misteriosa

Helen Levitt. New York. 1975. © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne.
Levitt fue una de las primeras mujeres en abrirse camino en el mundo de la fotografía, especialmente en el ámbito de la fotografía de calle. Siempre evitó construir una narrativa explícita en su trabajo y prefería no hablar sobre sus imágenes. Esta decisión, lejos de restar valor, es una de las claves que hacen su obra tan interesante. Sus imágenes poseen una cualidad misteriosa que las convierte en auténticos enigmas visuales. Su mirada única y certera transforma escenas cotidianas en composiciones difíciles de definir, lo que provoca una conexión inmediata con el espectador, incluso cuando no hay una narrativa clara que las explique. Asentadas en un realismo descarnado y rebosantes de humor subversivo, picardía y emoción, sus fotografías se abren a múltiples interpretaciones, ocultando tanto como revelan.









































































