Las de contigo sí, con vosotras, en este proyecto vital, pero no ante todo, no por encima de todo. Las de sí o sí y si no vete. Las de sola ni de coña. Las de antes decía que sola ni de coña pero es que mira cómo está el patio, Mari. Las madres solas que no están tan solas, las que están solas aunque nadie lo sepa.
La de yo no lo pensé ni un minuto, sólo me devoró un deseo chillón de que me hiciera un bombo. La de yo lo pensé tanto. La de yo menos mal que ya sé que no puedo y he dejado de pensarlo. La que buscó y buscó y buscó hasta que por fin. La que buscó y buscó hasta que soltó. La de pues mira yo lo que me traiga la vida. La de a la vida mejor le dicto yo los regalos.
A las que el cuerpo se les vuelve tierra y mercurio y flor carnívora, las que sueñan con pincharse el vientre con espinas de rosa, las que lloran la leche agria de sus pezones. Las que secan al sol sus cicatrices y las que se comen machacadita su placenta. Las de todo natural y las de ponme epidural y si tienes morfina para elefantes. Las que gestan y las que no, las madres con vulva y las madres con pene, las del descuido y las de la jeringuilla, las que rezan al dios de la clínica, las del vocerío de hormonas que gritan por dentro.
Las que están cansadas (todas). Las que se arrepienten (algunas). Las que son asaltadas por la triple I (Ideas Intrusivas Infanticidas) cuando están con sus bebés muy cerca, por ejemplo, de un precipicio (muchas). Las que te dicen cuando seas madre lo entenderás. Las que no son madres y saben que deben callar pero asesinarían en secreto a las que dicen cuando seas madre lo entenderás.
Las que comienzan a ser madres cuando las criaturas tienen años en el mundo y recuerdos que descifrar. Las que están ahí para les hijes de sus parejas a pesar del cerco de ortigas que la cultura ha fabricado en torno a las madrastras. Las que cuidan a las hijas de otras madres para poder pagar el pan de las suyas. Las que acogen y las que educan, sabiéndose madres a ratitos aunque sin título. Las de quita, quita, yo mejor tita.
Las que jugaron y volvieron a ver el mundo pequeñito y fresco, un mundo por estrenar. Las que odian jugar pero aseguran el cuidado que hace posible el juego. Las que fabricaron el sentido de todo en torno a sus hijos. Las que cuando crecieron quisieron atraparlos en vasos de cristal como a mariposas con las alas rotas. Las que los vieron irse y sintieron el ahora qué, ahora yo quién era.
Las que lo darían todo por sus hijes. Las que no darían nada. Las que darían a sus hijes. Las Medeas que asesinaron y las Noras que abandonaron. Las madres oscuras y culposas, las Lady Macbeth, las Bernardas opresoras y las Madres Coraje. Las de Plaza de Mayo, las de Srebrenica y las madres palestinas. Las que fueron, las que serán o no serán. Las que me dejo y las que aún están por inventar.
Ficciones heterogéneas: maternidades del s. XXI
El cuarto que llevamos de este siglo ha entendido que maternidades se escribe en plural. Que ya bastaba de los relatos sin matices de la madre abnegada, de la madre perfecta, de la madre trágica. Que de la sala de partos de la realidad salían nuevos modelos, figuras complejas y diversas.
No pretendo aquí hacer un inventario completo de las infinitas producciones culturales sobre maternidades que ha dado el s. XXI, sólo compartir unas poquitas en clave de recomendación. El cine español las viene abordando de frente y sin complejos: Mamífera (2024) se acerca al momento de la decisión, las expectativas sociales, la libertad del no quiero; Cinco Lobitos (2022) recoge la brusquedad del cambio que supone ser madre con infinita delicadeza, y desvela la persistencia de las desigualdades de género; Sorda (2025), además de inteligente y hermosa, ha sido una película absolutamente necesaria para entender los desafíos de la comunidad sorda en un mundo en pañales en materia de accesibilidad, y para ahondar en las complejidades que surgen cuando esta realidad se entreteje con la crianza; Salve María (2024) es oscura y magnífica, con ecos de los cuentos de Mariana Enríquez: un relato gótico y obsesivo sobre el arrepentimiento y el infanticidio. En la misma línea del thriller psicológico que va haciéndose claustrofóbico está Saint Omer (2022), la película francesa de Alice Diop que actualiza a la figura clásica de Medea, la madre asesina; del mismo país, Titane (2021) sacude al espectador con una maternidad extrahumana, un ensamblaje del ser y la máquina que reafirma el nomadismo identitario de este siglo.
Hace ya muchos años de Juno (2007), la película que cautivó por su abordaje fresco y tierno del embarazo de una adolescente que decide seguir adelante para dar a su hijo en adopción; poco después, The Kids Are All Right (2010) retrataba a una familia de dos madres lesbianas y dos adolescentes que acaba conociendo a su “donante” de esperma y trata de comprender los espejismos que supone esta nueva figura; el genial Xavier Dolan dirigió en 2014 Mommy para abordar de frente una de sus obsesiones, la violencia en la relación entre una madre y un hijo.
La literatura de las últimas décadas también ha hilado fino en los tejidos policromáticos de las maternidades. Pienso sobre todo en extraordinarias narradoras de distintos países de América Latina: la argentina Samanta Schweblin nos trajo Distancia de rescate (2014), una novela perturbadora que perfila el gesto paranoico de una madre hacia su hija enferma, y de toda una comunidad hacia una tierra enferma; Casas vacías (2019), de la mexicana Brenda Navarro, comienza con un temblor: una mujer deja de ver a su hijo en el parque donde juega, otra mujer se lo ha llevado para criarlo como propio. A partir de ahí se narra con brillantez la pesadilla de dos madres que acaban espejándose en un mismo vacío: la maternidad como pérdida o como secreto, como deseo oscuro o como venganza.
Nueve lunas (2009) de Gabriela Weiner no es un relato romantizado sobre el embarazo, sino una escritura sin cursilerías que habla de sexo, género, precariedad e identidad migrante en boca de una mujer a la que le sobreviene un embarazo al llegar a España. Por cierto, con el mismo título se estrena en pocos meses una película que promete, de la venezolana Patricia Ortega, sobre un hombre trans y su embarazo. También La hija única (2020), de Guadalupe Nettel, problematiza la construcción de la maternidad con un inteligente entramado de cruces argumentales entre distintos personajes. Y, aunque ésta sea del pasado siglo, Apegos feroces de Vivian Gornick es un must-read sobre las relaciones entre madres e hijas, narrada al ritmo de los pasos que dan la narradora y su madre en sus caminatas por Manhattan, donde van asomando los recuerdos, la intimidad y las heridas.
Por último, si vives en o vienes a Barcelona, del 16 de abril al 3 de mayo tendremos en el TNC (Teatre Nacional de Catalunya) la obra Batecs (latidos), que presenta la historia de tres mujeres —Joana, Angie y Carla— que dan cuenta de tres maternidades distintas y de muchas de las violencias que pueden esconderse en el proceso, como la mercantilización de la reproducción asistida o la infantilización de las embarazadas.
Tener nuevos referentes en la cultura honra los caminos abiertos por las valientes, impulsa a aquellas que dudan en uno u otro sentido, despeja las culpas, inventa formas con las que nombrarnos y narrarnos. Y si las maternidades se inventan al paso, sin recetas ni prospectos, más que consejos u opiniones necesitaremos referentes diversos y, sobre todo, apoyos reales.
















