La pintura regresa al primer plano en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, aunque no lo hace para reclamar una posición de privilegio ni para defenderse de quienes han anunciado tantas veces su muerte. La última pintura parte de una certeza: pintar continúa siendo una de las prácticas predominantes entre los artistas que trabajan actualmente en Andalucía y, pese a ello, había quedado poco representada en anteriores exposiciones del centro dedicadas a examinar la creación más reciente de la comunidad.
Curro González y Alberto Figueroa responden a ese reto con una muestra de amplias proporciones. Cerca de 200 obras ocupan el Claustrón Sur y el Claustrón Este 2 del CAAC hasta el 28 de febrero de 2027. Proceden de los fondos del propio museo y de préstamos realizados por artistas y galerías. Su recorrido reúne a 32 autores, despliega lenguajes muy distintos y evita convertir la exposición en una enumeración de nombres legitimados por el sistema artístico.
El propósito de los comisarios no ha sido levantar un inventario generacional, sino aproximarse a la variedad de formas que adopta hoy la pintura. Las obras se relacionan por afinidades, tensiones e intereses compartidos, de manera que cada propuesta conserva su singularidad y, al mismo tiempo, encuentra una lectura más amplia en contacto con las demás.

«La última pintura», 2026. Vistas de sala de la exposición. CAAC, Sevilla. Fotografía: Claudia Ihrek.
El título admite varias interpretaciones. Puede aludir a la pintura recién realizada, a la obra más cercana en el tiempo o a aquella que ocupa el extremo final de una trayectoria. También contiene una pregunta sobre la pertinencia de seguir organizando exposiciones bajo una categoría que parece pertenecer a una división académica del arte ya superada.
González y Figueroa se alejan de cualquier reivindicación gremial. Consideran que separar la creación contemporánea en géneros estancos remite a criterios decimonónicos y resulta insuficiente para comprender una realidad fragmentaria. El arte actual se asemeja más a un archipiélago de procedimientos, técnicas y maneras de trabajar que a un territorio parcelado mediante fronteras fijas. Desde esa perspectiva, la pintura no aparece como una disciplina cerrada, sino como una práctica permeable que dialoga con la fotografía, el dibujo, el collage, los lenguajes digitales, la memoria, la instalación o la cultura visual de internet.
Entre generaciones
El núcleo de la exposición lo forman 27 artistas nacidos entre 1977 y 1998. Irene Anguita, Andrés Aparicio, María Rosa Aránega, Fran Baena, Marta Beltrán, Fátima Calderón, Carlos Cañadas, Alejandro Castillo, Pilar Consuegra, Agus Díaz Vázquez, Pepe Domínguez, Abel García, Sofía González, Susana Ibáñez, Julia Llerena, Manuel M. Romero, Gloria Martín, Martínez Bellido, Elena Núñez, Bernar S.F., Julia Santa Olalla, Raquel Serrano, Lucía Tello, Jorge Thuillier, Cachito Vallés, José Luis Valverde y Laura Vinós componen un panorama heterogéneo que desaconseja cualquier categorización uniforme.
La selección inicial debía concentrarse en autores cuya producción hubiera comenzado después del cambio de siglo. Sin embargo, los comisarios advirtieron pronto la conveniencia de incorporar cinco trayectorias anteriores que permanecen plenamente activas. José María Bermejo, Juan José Fuentes, Victoria Gil, Francisco Peinado y Juan Suárez introducen así una perspectiva histórica y evitan presentar la creación joven como un fenómeno surgido sin antecedentes.

«La última pintura», 2026. Vistas de sala de la exposición. CAAC, Sevilla. Fotografía: Claudia Ihrek.
El diálogo intergeneracional permite reconocer continuidades y desplazamientos. La figuración expresionista y narrativa de Francisco Peinado, la abstracción depurada de Juan Suárez, el cruce entre pop y surrealismo de Juan José Fuentes, el universo vinculado a la memoria y los sueños de Victoria Gil o la atención de José María Bermejo a la repetición, el cambio y la metamorfosis señalan territorios por los que también transita parte de la producción más reciente.
Los cinco mantienen una voluntad sostenida de renovación. Esa cualidad explica su inclusión y ayuda a cuestionar una lectura del arte basada únicamente en relevos generacionales. Sus obras actúan como presencias vivas que amplían la conversación y muestran que ninguna práctica artística se desarrolla al margen de su tiempo.
Doce maneras
El recorrido se articula en 12 secciones. Cada una plantea una línea de lectura, aunque los vínculos se prolongan de unas salas a otras y permiten que las piezas se respondan más allá del apartado en el que han sido situadas.
Empezando por el final abre la exposición con el viejo debate sobre la muerte de la pintura. Marta Beltrán y Cachito Vallés abordan la continuidad de esta práctica frente a los procesos de automatización capaces de vaciar de sentido el trabajo del artista. La cuestión no se resuelve mediante una defensa nostálgica del oficio, sino desde la necesidad de reconsiderar qué significa crear cuando la producción de imágenes puede delegarse cada vez más en una máquina.
La posición del creador reaparece en El artista superviviente. Francisco Peinado, Alejandro Castillo y José Luis Valverde comparten una actitud rebelde y un compromiso firme con la pintura. Sus obras recurren a fórmulas narrativas, expresionistas y antiacadémicas para ofrecer una visión crítica de la existencia del artista y del entorno en el que desarrolla su trabajo.

«La última pintura», 2026. Vistas de sala de la exposición. CAAC, Sevilla. Fotografía: Claudia Ihrek.
La relación con la tradición guía Un nuevo viejo mundo. Fran Baena parte de imágenes y obras que le interesan para transformarlas mediante la incorporación de personajes procedentes de internet y las redes sociales. Fátima Calderón presenta su interpretación de El jardín de las delicias, un proyecto en el que trabaja desde 2019. El pasado deja de ser aquí una herencia intocable y se convierte en materia disponible para construir nuevas representaciones.
Bernar S.F. ocupa Testigos de la vida que se escapa con 48 cuadernos elaborados a lo largo de veinte años y mostrados ahora por primera vez como conjunto. Sus páginas registran episodios, observaciones y acontecimientos con la atención de un cronista. La experiencia individual acaba configurando una memoria compartida en la que el visitante puede reconocer situaciones y reconstruir historias.
El color domina La agridulce alegría de vivir, protagonizada por Juan José Fuentes y Laura Vinós. Ambos combinan elementos procedentes del pop y del surrealismo para levantar imágenes llenas de vitalidad, aunque nunca completamente complacientes. La luminosidad convive con la ironía y con pequeños elementos disonantes que introducen una inquietud bajo su apariencia festiva.
En El mundo como escenario, Julia Santa Olalla, Andrés Aparicio y Gloria Martín exploran la representación ilusionista de objetos y espacios. Santa Olalla se aproxima a lugares vinculados a la intimidad, Aparicio dirige su atención hacia el espacio público y Martín lleva la ficción hasta el trampantojo. Sus trabajos convierten la superficie pictórica en un lugar donde la realidad puede ser reproducida, alterada o directamente puesta en duda.
Transformación
Las limitaciones de la razón encuentran una alternativa en las obras reunidas bajo el epígrafe El vuelo de la razón. Jorge Thuillier, Susana Ibáñez, Victoria Gil, Pilar Consuegra, Abel García y Lucía Tello modifican la percepción de lo real mediante lo onírico, la alucinación y la psicodelia. La imaginación no funciona como una evasión, sino como una vía para acercarse a aquello que el pensamiento racional no logra explicar por completo.

«La última pintura», 2026. Vistas de sala de la exposición. CAAC, Sevilla. Fotografía: Claudia Ihrek.
Las metamorfosis de la pintura reúne a José María Bermejo, Carlos Cañadas y Agus Díaz Vázquez. Los tres trabajan con frecuencia en series y entienden la repetición como una forma de avanzar. Cada variación introduce un desplazamiento y cada transformación permite volver sobre una imagen sin reproducirla de manera idéntica. Figurativas o abstractas, sus obras revelan que la pintura también se construye mediante la persistencia y el cambio.
Una dimensión distinta del recuerdo aparece en Testigos, la vida recuperada. María Rosa Aránega toma como punto de partida un álbum fotográfico que llegó fortuitamente a sus manos. A través del dibujo y el collage, la artista investiga la brevedad del tiempo, la naturaleza social de la fotografía y la capacidad de una imagen privada para sobrevivir a quienes la protagonizaron.

«La última pintura», 2026. Vistas de sala de la exposición. CAAC, Sevilla. Fotografía: Claudia Ihrek.
La figuración adquiere una intensidad particular en Mirando al abismo. Irene Anguita representa el cuerpo femenino con energía y misterio. Marta Beltrán yuxtapone escenas que rehúyen una lectura lineal. Pepe Domínguez construye espacios capaces de trasladar la mirada hacia otro tiempo. Los tres se enfrentan a la representación desde posiciones personales y arriesgadas, lejos de fórmulas previsibles.
La materialidad del cuadro centra Cuestiones de superficie. Juan Suárez construye y descompone espacios mediante reflejos, texturas y planos superpuestos. Raquel Serrano parte de un paño de azulejos de la zona monumental del Monasterio de la Cartuja y lo transforma en una imagen de carácter minimalista. Manuel M. Romero atiende a la estructura física de la pintura y permite que el azar intervenga en un proceso que después ordena, modifica y reconduce.
El itinerario concluye con En los límites de la representación. Elena Núñez, Sofía González, Julia Llerena y Martínez Bellido examinan las posibilidades de describir el mundo por medio de imágenes. Alteran signos, esconden presencias mediante veladuras y exploran los registros ópticos de la luz. Sus procedimientos son diferentes, pero todos se sitúan en la franja inestable que separa la ficción de la realidad.
Mirar de nuevo

«La última pintura», 2026. Vistas de sala de la exposición. CAAC, Sevilla. Fotografía: Claudia Ihrek.
Las 12 secciones dibujan una cartografía necesariamente incompleta. Ese carácter abierto forma parte de su sentido. La última pintura no pretende dictar cuáles son las tendencias dominantes ni fijar un canon de la creación andaluza. Su importancia reside en mostrar la amplitud de un campo que se resiste a ser reducido a una sola dirección.
También permite observar cuánto se ha ensanchado el concepto mismo de pintura. La narración convive con la abstracción, el cuerpo con el espacio, el color con la memoria y el soporte tradicional con procedimientos procedentes de otros ámbitos. Algunas obras miran hacia la historia del arte y otras se alimentan de imágenes digitales. Unas se concentran en la materia y otras indagan en la capacidad de representar aquello que apenas puede verse.
Frente a la velocidad del desarrollo tecnológico, pintar puede parecer una actividad antigua. La exposición evita convertir esa persistencia en un gesto heroico. Su continuidad depende precisamente de la capacidad de cada artista para ponerla en riesgo, abandonar soluciones cómodas y afrontar de nuevo los problemas que surgen ante cada superficie.
El conjunto invita así a mirar sin dar por sentado lo que una pintura debe ser. Jóvenes y veteranos comparten el compromiso de renovar su lenguaje, aunque sus respuestas sean muy diferentes. Esa diversidad ofrece una imagen sugerente de la creación actual en Andalucía y confirma que la pintura sigue transformándose, no a pesar del presente, sino dentro de él.

«La última pintura», 2026. Vistas de sala de la exposición. CAAC, Sevilla. Fotografía: Claudia Ihrek.















