Había nacido en 1929 en Matsumoto, en la montañosa prefectura japonesa de Nagano. Su infancia transcurrió en un ambiente familiar difícil y bajo el impacto de unas alucinaciones que comenzaron a poblar su entorno de lunares, redes y formas vegetales. Aquellas imágenes, lejos de quedar reducidas a un episodio biográfico, se convirtieron en la materia fundamental de su arte. Kusama aprendió a trasladar al lienzo aquello que la desbordaba y encontró en la creación una forma de ordenar la experiencia, contener el miedo y afirmarse frente a una realidad que con frecuencia percibía como amenazante.

Yayoi Kusama hacia los diez años, ca. 1939. © YAYOI KUSAMA.
Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó cosiendo paracaídas para el Ejército Imperial. La disciplina, la reiteración de los gestos y la violencia latente de aquellos años dejaron una huella difícil de separar de su posterior rechazo a la guerra. Estudió brevemente nihonga, una modalidad de pintura asentada en técnicas tradicionales, pero pronto se sintió limitada por una enseñanza que consideraba conservadora. Su interés estaba en otro lugar: en la abstracción, la acumulación y las formas capaces de extenderse más allá del cuadro.
Celebró su primera exposición individual en Matsumoto en 1952. A esas alturas ya experimentaba con motivos repetitivos y superficies cubiertas por completo, anticipando las que serían algunas de sus aportaciones esenciales. Sin embargo, el Japón de la posguerra le ofrecía escaso margen para desarrollar su ambición. El intercambio de cartas con Georgia O’Keeffe la animó a mirar hacia Estados Unidos. A finales de la década de 1950, con 28 años, abandonó su país, pasó por Seattle y terminó instalándose en Nueva York.
Redes sin fin
Llegó a la ciudad cuando el expresionismo abstracto comenzaba a ceder terreno y el arte pop se preparaba para ocupar el centro de la escena. Kusama no se acomodó por completo a ninguna de esas corrientes. Frente al gesto expansivo y vehemente de la pintura estadounidense, eligió un movimiento mínimo y obstinado de la mano. En ese contexto desarrolló sus Infinity Nets: grandes lienzos cubiertos por redes minúsculas que parecían prolongarse sin fin y anulaban cualquier jerarquía entre figura y fondo.
La reiteración no era en ella un mero recurso formal. Respondía a una idea que llamó «autoaniquilación»: la disolución del individuo dentro de un todo ilimitado. Desde el Empire State Building, las personas le parecieron puntos insignificantes dispersos en la inmensidad. Esa imagen condensaba su concepción del ser humano como una presencia diminuta entre millones de presencias, una partícula integrada en el universo. El lunar, convertido después en su signo más popular, encerraba así una reflexión sobre la identidad, la materia y el lugar que ocupamos en el cosmos.
Su investigación pronto desbordó la pintura. Los puntos y las redes pasaron a esculturas, objetos, vestidos, muebles y espacios enteros. En sus Accumulation Sculptures, sofás, sillas, barcas y otras superficies quedaban cubiertos por innumerables protuberancias blandas. La acumulación transformaba lo cotidiano en algo extraño y perturbador. También revelaba una artista capaz de anticipar lenguajes vinculados al minimalismo, el arte pop y la creación performativa sin quedar subordinada a ninguno de ellos.

Yayoi Kusama, ‘Infinity Mirror Room–Phalli’s Field’, 1965. © YAYOI KUSAMA.
En 1965 presentó Infinity Mirror Room—Phalli’s Field, la primera de sus célebres habitaciones de espejos. Al multiplicar objetos, luces y cuerpos en todas las direcciones, la instalación convertía al espectador en parte de una extensión aparentemente interminable. Kusama había encontrado una arquitectura para sus obsesiones: un lugar donde la pérdida de los límites podía provocar desconcierto, recogimiento y asombro.
La agitación política y social de los años sesenta amplió el alcance de su obra. Organizó numerosos happenings en calles, plazas, parques, museos y estudios de Nueva York. En ellos, los participantes se desnudaban y cubrían sus cuerpos de lunares. Aquellas acciones defendían la libertad sexual, la igualdad y el pacifismo mientras cuestionaban los códigos morales de la sociedad. Su oposición a la guerra de Vietnam llegó a adoptar formas provocadoras, pero detrás del escándalo había una posición constante: hacer del arte una fuerza contra la violencia.
Kusama convivió con figuras como Donald Judd, Eva Hesse, Andy Warhol y Claes Oldenburg, pero permaneció al margen del núcleo de poder que determinaba el reconocimiento artístico. Mujer, japonesa y extranjera, tuvo que abrirse camino en un medio dominado por hombres occidentales. Algunas de sus ideas encontraron eco en artistas que alcanzaron antes que ella el éxito. La atención institucional, sin embargo, tardaría décadas en concederle el lugar que le correspondía.
Venecia

Instalación ‘Narcissus Garden’, de Yayoi Kusama, en la 33.ª Bienal de Venecia. © YAYOI KUSAMA.
En 1966 acudió sin invitación oficial a la Bienal de Venecia e instaló frente al Pabellón Italiano Narcissus Garden, formada por 1.500 esferas reflectantes. Intentó venderlas a dos dólares cada una hasta que la organización se lo impidió. La acción ponía en cuestión tanto el narcisismo del público como la conversión del arte en mercancía. Veintisiete años después, regresó a la Bienal para representar oficialmente a Japón. La distancia entre ambas apariciones resume buena parte de su historia: de presencia incómoda y no autorizada a símbolo internacional de la cultura japonesa.
Su etapa neoyorquina terminó en 1973. Kusama regresó a Japón en un momento de profunda vulnerabilidad y, cuatro años más tarde, ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio, que acabaría convirtiéndose en su residencia. Lejos de abandonar el trabajo, organizó su vida alrededor de él. Cada día se trasladaba a un estudio cercano, donde continuó pintando y desarrollando proyectos con ayuda de sus asistentes. La disciplina creadora fue para ella un modo de vida y también una forma de resistencia.
Durante aquellos años cultivó con mayor intensidad la literatura. Escribió novelas, poemas y textos autobiográficos que prolongaban sus preocupaciones visuales: el deseo, la muerte, el cuerpo, la soledad y la aspiración a confundirse con una realidad infinita. Aunque atravesó un prolongado periodo de relativo anonimato, nunca dejó de producir. Mientras su presencia pública disminuía, su universo seguía creciendo.
La recuperación crítica comenzó a finales de los años ochenta. Las exposiciones celebradas en 1989 en el Center for International Contemporary Arts de Nueva York y en el Museum of Modern Art de Oxford devolvieron su trabajo a la discusión internacional. Su participación en la Bienal de Venecia de 1993 consolidó aquella relectura. En 1998, la retrospectiva Love Forever: Yayoi Kusama, 1958–1968, organizada por el Los Angeles County Museum of Art y el Museum of Modern Art de Nueva York, confirmó la importancia de su aportación a la vanguardia de posguerra.
A partir de entonces, el reconocimiento se convirtió en un fenómeno global. La gran retrospectiva presentada entre 2011 y 2012 viajó al Museo Reina Sofía de Madrid, al Centre Pompidou de París, a la Tate Modern de Londres y al Whitney Museum of American Art de Nueva York. Otras exposiciones recorrieron Asia, América, Europa y Oceanía, atrajeron a millones de visitantes y batieron récords de asistencia. El Museo Guggenheim Bilbao le dedicó una amplia muestra en 2023 y el Museo Ludwig de Colonia reunió en 2026 más de 300 obras, desde sus dibujos infantiles hasta sus últimas creaciones.
El éxito
Las Infinity Mirror Rooms desempeñaron un papel central en esa consagración. Las colas de varias horas, las entradas agotadas y las imágenes compartidas en las redes sociales convirtieron sus instalaciones en acontecimientos multitudinarios. Kusama, que había concebido su primera habitación especular en 1965, pareció anticipar con décadas de adelanto el deseo contemporáneo de adentrarse físicamente en la obra y dejar constancia de la experiencia.
La extraordinaria circulación de esas fotografías generó también equívocos. Bajo la luminosidad y el atractivo inmediato de los espejos persistía la antigua exploración de la autoaniquilación. No eran simples decorados para el espectáculo digital, sino espacios concebidos para hacer sentir al visitante su fragilidad ante lo inconmensurable. El cuerpo era necesario para completar la obra: reflejado hasta perder sus contornos, se descubría simultáneamente único e insignificante.
Las calabazas constituyeron el otro gran emblema de su imaginario. Kusama las dibujaba desde joven y terminó convirtiéndolas en esculturas monumentales instaladas en museos y espacios públicos, como la célebre pieza de Naoshima. Su volumen amable y sus superficies punteadas les otorgaban una apariencia festiva, pero para la artista poseían además un valor protector. Como tantas otras formas de su vocabulario, nacían del intento de transformar la angustia en una presencia habitable.

Vista de la instalación ‘Infinity Mirrored Room – Illusion Inside the Heart’, de Yayoi Kusama, 2025, en la exposición ‘Yayoi Kusama’, Fondation Beyeler, Riehen/Basilea, 2025–2026. Fotografía: Mark Niedermann. © YAYOI KUSAMA.
El mercado acompañó su fama tardía. Sus obras alcanzaron cifras millonarias y Kusama se situó de manera habitual entre los artistas más cotizados del mundo. En 2022, Untitled (Nets) se vendió por cerca de 10,5 millones de dólares. Grandes firmas comerciales incorporaron sus lunares y calabazas, mientras un museo dedicado a su producción abrió en Tokio en 2017. Esa popularidad excepcional no borró, sin embargo, el origen íntimo y doloroso de su lenguaje.
Pocas trayectorias han unido con semejante intensidad la vulnerabilidad personal, el rigor de la vanguardia y la capacidad de conectar con públicos tan diversos. Kusama pudo ser vista como precursora del minimalismo, protagonista de la contracultura, figura feminista, creadora de arte inmersivo y fenómeno de masas. Fue todo eso sin dejar de ser una artista profundamente singular, entregada a una misma constelación de imágenes desde la infancia hasta la vejez.
¿Quieres consultar el obituario publicado por su galerista, David Zwirner?















