Andrés Salado (Madrid, 1983), director artístico y titular de la Joven Orquesta de Extremadura y de la orquesta Opus 23, tomó la batuta en sentido estricto, musical. Salado ha hablado con hoyesarte.com sobre el reto que supone su profesión, la situación de la música clásica y la generación a la que pertenece.

¿Cómo surgió la idea de este concierto?

El alma del concierto fue Judith. Tiene una personalidad arrasadora. Tiene una facultad para convencer, para crear sinergias y para ilusionar… Ella fue la que habló con Alfonso Aijón a partir de un reportaje en el que salimos los cuatro en El País Semanal. Este proyecto es muy bonito, pero ha costado que saliera porque cada uno tenemos una agenda diferente y sólo hablar entre nosotros es casi imposible.

¿Qué relación tiene con Manuel, Leticia y Judith?

A la única que no conocía en persona era a Judith. A Manuel y a Leticia en cambio sí, éramos muy amigos. Mi madre es viola en la Orquesta Nacional y allí he ido desde pequeñito, me paso por los ensayos y conocía a Manuel porque es compañero de mi madre en la orquesta.

¿Cómo se describirían?

Aunque Manuel y yo somos muy diferentes, tenemos un perfil muy distinto al de las chicas en cuanto a forma de ser. Ellas son mucho más empresarias que nosotros, con todo el talento por delante, por supuesto. Si hablas con ellas te das cuenta de que son mentes absolutamente privilegiadas para la venta. Creo que se podrían dedicar a la gestión cultural. Además son dos chicas muy guapas, con mucha presencia, con mucha fuerza… Si tuviera que definirlas, independientemente de su calidad interpretativa, destacaría que estas dos artistas saben abrir su hueco y generar su público e imagen.

En el caso de Manuel es una persona normal, totalmente llana, de Daimiel, de la España profunda, con las cosas buenas y malas que eso conlleva. Un artista despreocupado para muchas cosas.

“El término clásica huele a naftalina”

¿Y como músicos de una misma generación?

Clarísimamente, los momentos de adversidad sacan a relucir los talentos de la gente y nosotros pertenecemos a una generación que ha crecido en condiciones muy adversas. Quizá ese no es tanto el caso de Leticia porque desde muy jovencita siempre ha salido fuera, pero sí es el de Manuel, Judith y el mío. Somos carne de una generación que se ha encontrado con muchas barreras, recortes de presupuestos, de festivales, de becas… En este tipo de situaciones el talento reluce. Cuando todo es fácil todo lleva una inercia diferente, pero cuando todo es complicado hay una necesidad de una revolución, una especie de revolución personal por lograr una carrera.

Hemos nacido en esa época en la que todo cuesta más y ahí estamos los cuatro. Tenemos esa sensación, aunque no nos vemos nunca, de que estamos unidos de alguna manera y nos hacemos guiños constantemente.

¿Cómo vive su grupo de amigos que viva de la música clásica? ¿Creen que pertenece a un mundo elitista?

Intento luchar contra eso día a día. En mi grupo de amigos ninguno es músico y eso es algo que me enorgullece. Soy el tipo de músico que necesita desconectar de la profesión. A veces cuelgo fotos en nuestro grupo de WhatsApp y te felicitan, pero no son conscientes, igual que yo no soy consciente de lo que es un ingeniero aeronáutico.

Los términos relativos al director de orquesta se utilizan mucho en el lenguaje diario y en ese sentido la profesión es conocida, sin embargo a la vez es una gran desconocida. A la gente le llama mucho la atención la figura del director de orquesta y lo respeta muchísimo sin tener ni idea. Es curioso.

“El carisma es algo imprescindible en un gran director”

¿Cuál es la labor real del director de orquesta?

Creo que para ver realmente el trabajo del director de orquesta hay que ir a un ensayo. Ahí la gente flipa. Cuando voy a una escuela o doy una conferencia intento evitar el término clásica porque huele a naftalina. Igual que la palabra conservatorio, que suena a orfanato.

El trabajo del director de orquesta es todo menos lo que la mayoría se piensa: mover las manos, llevar el pulso y dirigir… El germen es la capacidad de concertar, de aunar, de convencer. De coger el alma de 50 u 80 personas e intentar convencerlas de que su opinión es la que tiene que prevalecer.

Es coger el alma de la gente lo que hace mi profesión tan complicada y una de las más difíciles del mundo. Luego entran en liza factores que no tienen nada que ver con la dirección, como la gestión, la comunicación, el liderazgo, la toma de decisiones, el carisma… El carisma es algo que no se aprende. Creo que es algo imprescindible en un gran director. Es una cuestión de energías. Cuando te pones delante de una orquesta es una cuestión de energía. Se trata de coger el tiempo físico y poder moldearlo con ella.

Después de haber terminado percusión decidió continuar con la dirección de orquesta, ¿por qué ese cambio de rumbo?

Nunca he querido ser director en el sentido de que nunca cuando era pequeño dije que quería serlo. Músico, por supuesto, porque vengo de una familia de músicos. Misteriosamente sin saberlo estaba generando esa profesión desde niño. Cuando tenía siete u ocho años mi madre me regaló una batuta, me ponía los discos de Deutsche Grammophon y actuaba como si dirigiera un concierto. Hasta en los aplausos salía y saludaba. Dirigía sin saber que era un 4 o 3. Me daba igual.

Años más tarde, me dieron la oportunidad de ser director asistente en una orquesta que se llama Juventas y empecé a hacer repertorio con ellos mientras terminaba percusión. Cuando terminé el superior, tenía muy claro que me iba a hacer el posgrado a la Royal Academy de Londres. Ya había estado hablando con el profesor y todo, pero recibí una llamada de Miguel Romea, al que yo había estado dando la matraca para que me diera clases de dirección. Me dijo que estaba dispuesto a darme las clases y que debía decidir. Esa fue su primera lección, ya que decidir es uno de los principales trabajos de un director de orquesta. Me acuerdo que estuve llorando en mi casa porque no sabía qué hacer. Al final decidí hacer dirección y desde entonces no he parado.

Ha trabajado ya con grandes directores…

Tuve una experiencia que siempre tendré presente: el Festival de Lucerna. Poder dirigir en el lugar en el que dirigió Abbado el día anterior, en el que dirigió también Franz Welser-Möst con Cleveland, en el que dirigiría Barenboim al día siguiente…

Fui a hacer las master class, en esta ocasión con Péter Eötvös, que es una especie de curso-concurso en el que seleccionan a seis o siete participantes. Tuve la suerte de que me seleccionaron y de que el maestro me escogió para dirigir la cuarta sinfonía de Charles Ives porque es una obra que necesita tres directores a la vez.

Aquella experiencia con Pollini y Pierre Boulez en el público… Me quedo con esa imagen. A veces los éxitos los valoras cuando han pasado.

Otro director con el que estoy muy orgulloso de haber trabajado es con Jorma Panula, uno de los más reputados del norte de Europa.

“En mi debut la música me pasó por encima y me despeinó por completo”

Y en cuanto a repertorio, ¿decide o le proponen?

Depende de las orquestas. Cuando entras en temporada normalmente ellos proponen una serie de programas y excluyen una serie de obras porque ya las han hecho la temporada anterior o porque prefieren dejarlas para ciertos maestros. Como en todo es también una cuestión de galones.

El trabajo con tu representante es también muy importante. Soy bastante inteligente en ese sentido. Todo tiene su momento y la música va llamando a la puerta. No engaña jamás. Como no la tengas dentro te pasa por encima. Recuerdo mi primer concierto en Granada. Fue en 2010 con la OCG y lo llevaba preparadísimo. Bajé la batuta y la música me pasó por encima y me despeinó por completo. No sabía qué decir ni qué hacer. Fue una semana complicada. Llevaba un año dirigiendo, pero no tenía los mecanismos ni la experiencia para saber afrontar y moldear la música. Por eso sé que si mañana dirijo la Séptima de Bruckner, que compuso cuando tenía 60 años, lo mismo me sucede algo parecido y me vuelve a pasar por encima. Creo que todo tiene su momento y hay que ser muy inteligente. Hay muchos jóvenes músicos, sobre todo directores, que se truncan porque no saben organizar su propia carrera.

La gran pregunta, ¿cómo acercar la música de orquesta al gran público?

Lo de las luces está muy bien, lo de crear una atmósfera también está muy bien, tomar una copa mientras escuchas la Patética de Tchaikovsky está muy bien, pero esa no es la solución.

En España todo es mucho más complicado porque es un país analfabeto en muchos aspectos. No me quiero echar a la gente encima, pero es así. No en el sentido estricto de la palabra, pero sí en un sentido educacional, cultural, político, económico… Tenemos muchas cosas buenas: somos mucho más sensibles, nos entregamos a la causa y tal, pero tenemos mucha falta de preparación. Todo el talento que tenemos, esa apertura, ese lirismo… está desgraciadamente cortado por la falta de educación. En este país cada vez que se cambia al Gobierno hay un sistema educativo diferente y por lo tanto no se genera una estructura educativa sólida. La educación es educación/cultura. Nace de lo mismo. La identidad de un pueblo es la cultura de ese país.

Creo que todo es, además, un problema de comunicación con la gente, con el público. No hay apoyo institucional, no hay dinero. Esa es la diferencia con países como Austria.

“El músico perfecto tendría el talento español con el rigor de trabajo centroeuropeo”

A pesar de todo representa a una generación de músicos preparadísima…

Sí, sí, esa generación existe, desde luego. Yo he vivido este año en Viena porque he sido un director residente con la Staatsoper. El primer día que me crucé con un músico me faltó hacerle una reverencia. Cuando pasa un año ya no lo ves así porque precisamente estar allí te ayuda a desmitificar. Es cierto que fuera hay una tradición de sonido diferente a la nuestra y esa es la razón por la que nuestro nivel no llega al de muchas europeas. Hay una tradición mayor de competición insana. De “yo soy el que mejor toca dentro de una orquesta” y eso es un problema. Lo que cuidan fuera es ser el mejor clarinetista en función de cómo suena mi sección de clarinetes. Entonces generan un concepto de sonido como el de la Filarmónica de Berlín, que para mí es la número uno.

Es curioso que luego miras en la orquesta y te das cuenta de que hay un viola español que no aprobó las oposiciones de la ONE y que a la semana siguiente le cogieron en Berlín. Qué cosas… Creo que el mix perfecto es el talento español, latino, con el rigor de trabajo centroeuropeo.

Aquí la gente se odia en las orquestas. Lo peor es que las nuevas generaciones están siguiendo el mismo camino.

¿Cómo sería la orquesta ideal?

Voy a intentar crear mi orquesta ideal en Extremadura, aunque sea de jóvenes y no sé hasta dónde voy a llegar. La ideal es una orquesta en la que se respete todo el mundo y en la que se dejen los malos rollos para después del ensayo. Una orquesta en la que haya silencio, en la que llegar a en punto es llegar tarde…

Esta es una profesión privilegiada. Conlleva mucho estrés, es verdad, muchos infartos y problemas, pero como decía José Antonio, una orquesta es un experimento sociológico brutal. Es un estudio antropológico absoluto de lo que es una sociedad. Si hay organización, respeto, tolerancia, disposición… el producto final es mucho más positivo. Concertar, eso es lo ideal de una orquesta. Algunas orquestas como la Filarmónica de Berlín lo consiguen. Es una experiencia única. Se trata de disciplina desde el amor a la profesión.

¿Cómo se describiría?

Cualquier persona que vive en este mundo y tiene que enfrentarse a retos tiene un grado de locura bastante presente. Quitando eso soy una persona muy normal que huye de los egos. Me gusta que me digan lo guapo que soy como a todos y quien diga lo contrario es mentira. Me gusta que la gente reconozca mi trabajo y huyo de los problemas que no son necesarios. Soy un músico de profesión, diría, no de vida. Soy consciente de que mi profesión es preciosa y la vivo muchísimo, pero cuando dejo de trabajar cierro la música. No es fácil, hay gente que no lo puede desvincular.

He elegido desvincularme de la sociedad musical con todos los problemas que eso me conlleva. Me gusta estar en mi casa, ver mis pelis por la noche, abrir mi botellita de vino yo solo… Siento que mi profesión me abruma aunque cada vez me siento más preparado para lidiar con este mundo tan complicado.

Creo que la forma perfecta de llegar a un público es esa: empatizar con él de una forma diferente. No es el qué presentas en un concierto, sino cómo lo presentas. Es importante que nos vean este martes como personas normales, cercanas… Que se sienta esa cercanía y esa revolución desde la juventud y así podamos darnos cuenta de que formamos parte de una profesión privilegiada que no es una profesión más. Nosotros sí somos una persona más. En nuestra profesión falta mucha normalidad.