A Strömholm se le considera como una indiscutible referencia de la fotografía contemporánea. En 1986, el Moderna Museet de Estocolmo le dedicó la exposición 9 sekunder av mitt liv [Nueve segundos de mi vida], que supuso su consagración definitiva para el público sueco. En aquel momento tenía 68 años. El hecho de que este reconocimiento se produjera de forma tan tardía se debió en gran medida a que la fotografía documental subjetiva y de corte existencial que él defendía no fue apreciada en las décadas precedentes. En 1993 fue nombrado catedrático de Fotografía y, en 1997, a los 79 años, recibió el Premio Hasselblad.

Con tan solo 16 años, Christer Strömholm vivió un suceso traumático que marcaría su vida: el suicidio de su padre. Esta tragedia, unida a su participación en la Guerra de España y en la Segunda Guerra Mundial, dejó una fuerte huella en su vida y en su obra, que estará siempre imbuida de humanismo y compromiso social, que combina con un cierto carácter documental. Como él mismo señaló al referirse a la guerra en su libro Poste restante [Lista de correos, 1967]: «Después de un periodo tan infernal tiendes a aislarte mucho, a no soltar prenda. Ni siquiera delante de tu círculo más cercano, de la gente con la que te relacionas íntimamente, son muchas las confidencias que salen de tus labios. Te conviertes en un charlatán, alguien que cuenta anécdotas entretenidas, que anima las veladas, pero nunca revelas realmente nada».

Tres claves

El mundo de Strömholm. Su trabajo, de carácter intuitivo, expresa un mundo de imágenes propio en el que vuelca todos sus sentidos y su experiencia y con el que desafía todo tipo de prejuicios y estereotipos. Strömholm encuentra mensajes valiosos en todo, incluso en los objetos más humildes, a los que otorga un significado, un recuerdo a través de sus fotografías, que no son sino una extensión de su propia vida.

Fox-Amphoux. En 1958 compró una casa destartalada en un remoto pueblo de la Provenza en el que vivían muy pocas personas, sin tendido eléctrico ni alcantarillado, bar o panadería. En esta casa, donde el artista podía dar rienda suelta a su creatividad, comenzó a coleccionar todo tipo de objetos rotos, desechados, que representaban para él una suerte de recuerdos, pues veía en ellos símbolos que reflejaban su propia vida e infancia y que le proporcionaban un material muy valioso para su trabajo.

Los niños. Su vida errante hizo que no estuviera muy presente durante la infancia de sus dos hijos, si bien luego tuvo una relación más cercana cuando eran adolescentes. Con la edad, el artista se dio cuenta de la falta que le hacía estar en contacto con niños y comenzó a fotografiarlos incansablemente a lo largo y ancho del planeta. Cuanto más mayor era, más anhelaba estar junto a ellos; al fotografiarlos compensaba esta añoranza cada vez más patente. Además, Strömholm siempre se identificó con los más pequeños; tal y como él mismo señaló, sus imágenes son autorretratos, representaciones de sí mismo a distintas edades.

 

Desde muy joven viajó por todo el mundo. Tras la guerra, en 1947, volvió a París, donde se dio cuenta de que la imagen fotográfica le permitía expresarse de una forma acorde a sus deseos, momento a partir del cual ya no dejaría de hacerlo; según sus propias palabras: «Yo no hago fotografías, hago imágenes. Eso es lo que he hecho toda mi vida».

La muestra, comisariada por Estelle af Malmborg, cuenta con más de ciento cincuenta imágenes y distinta documentación de archivo, entre la que se encuentra la película Blunda och se [Cierra los ojos y ve], realizada en 1996 por su hijo Joakim. El recorrido profundiza en su vida y obra: desde su participación en el grupo alemán Fotoform, a principios de los años cincuenta, pasando por sus múltiples viajes por el mundo, su fotografía urbana y sus retratos de artistas.

España

Strömholm llegó por primera vez a Epaña en 1938, con 20 años y en plena guerra civil, lo que supuso el despertar de su conciencia política. A finales de la década de 1950 regresó de nuevo, esta vez como guía turístico de viajes que partían en autobús desde Suecia. Visitó entonces lugares como Barcelona, Madrid, Valencia o Palma. Este trabajo le proporcionó la ocasión de fotografiar ambientes urbanos, prostitutas, guardias civiles, soldados, curas y niños.

Junto con el poeta y escritor Lasse Söderberg estuvo de nuevo en nuestro país en 1962 y 1963. Muchos años después, en 2013, se publicó el libro Resa i svartvitt [Viaje en blanco y negro], en el que relataron cómo experimentaron la realidad social del país bajo la dictadura. Las fotografías ofrecen una imagen de pobreza, capturan la atmósfera de zonas donde el progreso parece detenido. Algunos de los retratos más legendarios de niños proceden de estos recorridos por España. En ellos, los pequeños hacen gala de una fuerte integridad y, a pesar del entorno a menudo humilde, no se presentan en absoluto como víctimas.

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