La exposición Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra despliega ante el visitante esa biografía partida en dos direcciones. El itinerario comienza en Dalecarlia, la provincia sueca donde el joven Zorn, criado por sus abuelos en una humilde granja, mostró desde niño una destreza manual poco común. En la Academia de Estocolmo destacó por su dominio de la acuarela y, con apenas veinte años, obtuvo un éxito decisivo con De luto (1880), que le abrió las puertas de los encargos de retrato.
Pronto abandonó la enseñanza académica y emprendió una serie de viajes formativos. España fue uno de sus destinos predilectos. Entre 1881 y 1914 realizó nueve viajes a nuestro país. En los primeros, seducido por la imagen romántica que circulaba por Europa, pintó escenas y tipos españoles donde aún asoman los ecos del estereotipo; más adelante regresó para cumplir encargos o reencontrarse con amigos. Su relación con Joaquín Sorolla y Ramón Casas, así como su admiración por Velázquez, dejó huella en su mirada.
La acuarela fue su primer territorio de excelencia. Paisajes ingleses, vistas de Suecia y escenas fluviales revelan una fascinación persistente por el agua y sus reflejos. Esa obsesión técnica encontraría un nuevo cauce cuando, en 1887, comenzó a trabajar con el óleo en la localidad inglesa de St. Ives. El cambio de medio no supuso una ruptura, sino una ampliación: la pincelada suelta, vibrante, se convirtió en su seña de identidad. Algunos contemporáneos la juzgaron apresurada; hoy se lee como un signo de audacia.
París consolidó su fama. Instalado allí entre 1888 y 1896, recibió la medalla de oro en la Exposición Universal de 1889 y fue nombrado caballero de la Legión de Honor. Sus retratos se alejaron del hieratismo tradicional: situaba a los modelos en entornos que hablaban de ellos, los mostraba en acción, captaba un gesto fugaz.
Actores, cantantes, financieros, presidentes. Cruzó el Atlántico en siete ocasiones y retrató, entre otros, a tres mandatarios estadounidenses. Su clientela incluía grandes fortunas y sagas familiares como los Vanderbilt. En paralelo, exploró la vida urbana moderna. Obras como Ómnibus I testimonian su interés por los nuevos ritmos de la ciudad y por un naturalismo internacional que triunfaba en las exposiciones de fin de siglo. Su éxito comercial fue rotundo.
Pero el relato no se agota en los salones. Cada verano regresaba a Suecia hasta que, en 1896, decidió instalarse definitivamente en Mora. Coincidía con una corriente de nacionalismo romántico que reivindicaba la cultura rural como núcleo de la identidad sueca. Zorn convirtió Dalecarlia en emblema pictórico: fiestas populares, trajes tradicionales, labores agrícolas. No se trataba de folclore decorativo, sino de una afirmación cultural frente al avance de la industrialización.
Sus célebres bañistas al aire libre trasladaron el desnudo femenino desde el estudio académico al paisaje natural. En esas escenas, cuerpo, agua y luz dialogan con una espontaneidad inédita. Admiradas y también censuradas en su momento, hoy suscitan lecturas más complejas: modernidad formal y, al mismo tiempo, evidencia de una mirada masculina que construye el cuerpo femenino.
La versatilidad técnica completa el retrato. Además de pintor y acuarelista, Zorn fue un grabador extraordinario. Realizó 291 aguafuertes a lo largo de 37 años, dialogando de manera constante con Rembrandt, cuyo claroscuro reinterpretó con libertad. Sus estampas alcanzaron tal popularidad que en ocasiones superaron en precio a sus lienzos.
Al salir de la exposición, Zorn se nos define como un creador que supo integrar mundos distintos sin traicionarse. Pintó la modernidad sin renegar de la tradición. Retrató a presidentes y celebró danzas campesinas. Recorrió el mundo, sí, pero nunca dejó de recordar la tierra que le vio nacer.
La muestra, coorganizada junto a la Kunsthalle de Hamburgo, cuenta con la colaboración del Zornmuseet y del Nationalmuseum de Estocolmo, así como con la participación de más de cuarenta prestadores, entre los que destacan, además de las instituciones mencionadas, la Casa Real de Suecia, el Göteborgs Konstmuseum, las Gallerie degli Uffizi, la National Portrait Gallery de Washington, el Museum of Fine Arts de Boston, la Alte Nationalgalerie de Berlín, el Museo Sorolla o el Museo Nacional del Prado.
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Reconsideración
Como señala la comisaria de la exposición y conservadora de Artes Plásticas de Fundación Mapfre, Casilda Ybarra, «a pesar del papel decisivo que desempeñó tanto en la escena internacional como en la sueca, la fortuna crítica de Zorn se vio eclipsada por la construcción del relato historiográfico posterior, que privilegió las narrativas estéticas asociadas a las vanguardias. Esta muestra busca reivindicar su obra y su legado y contribuir al conocimiento de uno de los creadores más fascinantes del arte moderno».































































































