Puestos a pedir, a los libros Arsuaga les exige lo mismo que a las personas: que sean interesantes. “No se me ocurre una cualidad superior. Es el mejor adjetivo posible para un libro de ciencia. No soy yo de los que opinan que la ciencia tenga que ser divertida. La buena ciencia es, antes que nada, interesante”. Aparte de catedrático de Paleontología de la Universidad Complutense de Madrid y director del Centro UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos, Arsuaga es uno los rostros más populares de la investigación con fósiles gracias a sus trabajos como codirector de la excavaciones de la sierra de Atapuerca (Burgos) y al éxito de sus libros, entre ellos La especie elegida o El collar de neandertal.

La ciencia forma parte de la cultura en cualquier sitio pero en España parece que cuesta más entenderlo así y las posibles causas no son, según Arsuaga, precisamente recientes. “Para empezar, arrastramos un atraso enorme en el modo en que percibimos la no ficción y ahí incluyo desde la geografía a la geología, pasando por la biología, la medicina, el clima o los transgénicos. Por nuestra tradición cultural, cuando escuchamos la palabra libro, en lo primero que pensamos es en una novela. De hecho, la mayoría de premios literarios parecen estar concebidos para galardonar solo a los novelistas. La novela como sinónimo de literatura dejando de lado la poesía, el ensayo, el pensamiento, la filosofía, la ciencia…”.

El diagnóstico es preocupante: no somos una sociedad científica ni filosófica. “No hemos tenido”, continúa el científico, “grandes filósofos porque no estamos acostumbrados al pensamiento crítico. Es posible que estemos pagando las consecuencias de una especie de distancia con respecto al pensamiento. Los españoles hemos atravesado periodos históricos en los que simplemente pensar podía resultar peligroso. Así como la evasión o el entretenimiento no estaban tan mal vistos, todo aquello que contuviera reflexión, pensamiento o crítica parecía subversivo. Siglos en los que no era fácil atreverse a decir algo que no fuera el dogma o el pensamiento oficial”.

El primer libro de ciencia que recuerda con agrado Arsuaga es también uno de los que más le han acompañado a lo largo de los años. “Fue La guía de aves de España y Europa. Diría que casi ha formado parte de mi propio cuerpo; con él he aprendido mucho y viajado por toda España”. De esos deslumbramientos iniciales, también menciona El anillo del rey Salomón, la obra sobre el comportamiento animal que Konrad Lorenz escribió en 1949, dos décadas antes de que fuera distinguido con el premio Nobel de Medicina o Fisiología.

Si se trata de recomendar sobre seguro a quienes quieran tirarse a la piscina de la divulgación científica, Arsuaga tiene claro que pocas opciones más seguras hay que hacerlo de la mano de Charles Darwin, ya sea con su Viaje de un naturalista alrededor del mundo o su breve Autobiografía. Más reciente, cita un libro de extraordinaria influencia en el pensamiento contemporáneo: El gen egoísta de Richard Dawkins. “Dividió a la comunidad con unos a favor y otros en contra y por ello me parece imprescindible aparte de absorbente. Es un libro del que mucha gente habla seguramente sin haberlo leído. Un magnífico ensayo con grandes ventas y que merece realmente la pena”. Similares elogios dedica a esa visión diferente de la historia de la humanidad que es Armas, gérmenes y acero, del geógrafo estadounidense Jared Diamond.

Siempre Cajal

Es transparente que nuestro científico más universal es una debilidad de Arsuaga. Entre los libros de Santiago Ramón y Cajal destaca uno escrito con el tono y la libertad de quien está ya de vuelta de todo: El mundo visto a los 80 años. Memorias de un arteriosclerótico. “No llegó a verlo publicado porque murió unos meses antes de que entrara en imprenta. Es una obra espectacular como todo lo de Cajal aunque también contenga muchos disparates”.