“Hay que perderle el miedo a la ciencia porque hay que acabar con la división entre letras y ciencias con la que muchos hemos crecido y nos hemos educado. Los que nos dedicamos a las letras hemos percibido las ciencias como el enemigo y como el mal. Es justo acabar con esa dicotomía y absurda diferencia, y comprender que el saber tiene muchas ramas, es polifacético y no se explican las ciencias sin las letras y al revés”. Puestos a buscar nombres capaces de tender puentes entre ambos lados del río, Amón menciona al autor de Yo, robot, Isaac Asimov, “uno de esos divulgadores que, sin renunciar al conocimiento, eran particularmente amenos y que nos propuso temas científicos que luego han tenido un discurso posterior más sofisticado pero de los que él fue precursor. Cuando confluye en un autor la capacidad de contar las cosas y el conocimiento científico se produce ese milagro de la divulgación que se hace de manera natural”.

En su caso el poder seductor de las ciencias llegó también de la mano de la televisión. “La serie Cosmos, de Carl Sagan, fue otro hito para nuestra generación. Representa hasta qué punto con un lenguaje adecuado se puede llegar a cualquier sensibilidad”. Un objetivo éste que Amón opina que no debe alcanzarse a cualquier precio. Cita, en ese sentido, al filósofo vasco Jesús Mosterín en cuyas reflexiones tanto peso tuvo la ciencia y que afirmó que las cosas hay que explicarlas con claridad pero no necesariamente con sencillez. “Hay un lenguaje científico sofisticado que requiere una iniciación. La ciencia no puede rebajarse tampoco hasta donde haga falta para contar una doctrina, un mensaje o un discurso que tiene su propia sofisticación y que demanda al lector un esfuerzo. Esa parte del esfuerzo no le corresponde siempre al científico. Le corresponde al lector”.

Entre los contemporáneos, Amón se declara seguidor de la obra de Bill Bryson que, aparte de divertidos libros de viajes, tiene en su haber ese clásico moderno de la divulgación que es Una breve historia de casi todo. “Es, sin duda, el que más nos convence a los que no teniendo un perfil científico, sí tenemos un ansia de conocimiento. Es un autor polifacético que trata muchos asuntos y que los sabe relacionar entre sí en esa visión polifacética e interdisciplinar de la propia ciencia”, afirma el periodista, cuya última obra en librerías es de hace unos pocos meses, Sangre, poesía y pasión, un repaso a dos siglos de historia del Teatro Real de Madrid.

Su gusto por la antropología ha encontrado un filón en los libros de Juan Luis Arsuaga y Steven Pinker. Del primero recomienda El sello indeleble, escrito en colaboración con Manuel Martín-Loeches. “Ensayos que se benefician de lo que él ha aprendido y hallado en los yacimientos de Atapuerca y con los que abre un camino de divulgación interesantísimo”. Del científico cognitivo canadiense le agrada especialmente su firme oposición a los apocalípticos, a ésos que propagan la idea de que la humanidad atraviesa el peor momento de su historia y frente a los cuales este profesor de la Universidad de Harvard escribió Los ángeles que llevamos dentro. “Participo mucho –confiesa- de este optimismo de Pinker que además no es en realidad optimismo, sino tener en cuenta todas las evidencias que nos permiten considerarnos una sociedad mucho más próspera de lo que pensamos. Explica muy bien de qué modo cuando hemos saciado nuestros apetitos fundamentales nos dedicamos a ver problemas donde no los hay y a exagerarlos donde no existen”.