La edición que ha preparado Nórdica de Mi libro de horas, publicado originariamente en 1919, lleva un prólogo de Thomas Mann, la más entusiasta recomendación de una obra que se pueda escribir: “¡Oscureced la habitación! Sentaos aquí, a la lámpara de lectura, con este libro, y dejad que proyecte su foco de luz sobre las imágenes mientras vais pasando hoja por hoja: no demasiado despacio; no pasa nada si no le encontráis el sentido a cada imagen inmediatamente, tampoco es importante en ese otro lugar; dejad que vayan pasando sus figuras en intenso blanco y negro, y oscilantes luces y sombras, desde la primera en la que un vagón de tren ladeado rugiendo entre humo lleva al héroe a la vida hasta el paseo por las estrellas de un esqueleto al final: ¿Dónde estáis? […] ¡Mirad y disfrutad, y dejad que vuestra afición al espectáculo os sumerja a través de la confianza más fraternal!”.

Un poco después, Mann subraya el misterioso magnetismo que destila una de las historias que, sin palabras, contiene el libro: “¡Seguid la preciosa historia en once imágenes de cómo nuestro héroe acoge a la pequeña niña maltratada y es feliz con ella hasta que tiene que ver cómo su amada languidece y muere, y en el desenlace del último y más amargo dolor yace postrado en su lecho de muerte! ¡Sollozad con él tras el humilde féretro y dirigíos luego, porque así ha de ser, a una nueva vida, a un nuevo quehacer del corazón! ¡Imbuíos mientras hojeáis de todo el carácter enigmático de este sueño de la existencia del hombre aquí en la tierra, que es insignificante porque termina y se desvanece, y en cuya insignificancia, sin embargo, está presente lo eterno por todas partes haciéndolo realidad! ¡Mirad y disfrutad, y dejad que vuestra afición al espectáculo os sumerja a través de la confianza más fraternal!”.

Novela gráfica

Nórdica, que el año pasado editó La ciudad de Frans Masereel, recupera ahora Mi libro de horas del mismo autor, que ha ejercido una influencia sobresaliente en el cómic y la novela gráfica.

En efecto, Frans Masereel (Blankenberge, Bélgica, 1889 – Avignon, Francia, 1972) fue uno uno de los más importantes creadores en el campo de la xilografía. Destacado pacifista, trató con frecuencia temas de interés social.  Nació en el seno de una familia burguesa de Gante y estudió en la Academia de Bellas Artes de esa ciudad. Hacia 1910 viajó a París donde descubrió el arte del grabado sobre madera.

A comienzos de la Primera Guerra Mundial, para evitar ser movilizado, se instaló en Ginebra. Allí entabló relación con intelectuales pacifistas como Stefan Zweig y Romain Rolland, cuyas obras ilustró, y colaboró en periódicos como La Feuille. Durante los años 20 y 30 se posicionó con claridad a favor de la Unión Soviética y participó en numerosas actividades de signo pacifista y antifascista. Tras la Segunda Guerra Mundial fijó su residencia en París y, en 1949, en Niza.

Publicó varias novelas sin palabras, utilizando solo grabados: Mon Livre d’heures (1919), Un fait divers (1920), Souvenirs de mon pays (1921) y La cité (1925). Esta última obra fue considerada por artistas como Will Eisner una obra maestra absoluta. En ella, Masereel representa escenas de la vida cotidiana de una ciudad enmohecida por el hollín de las fábricas y la oscuridad de la pobreza. Este ambiente contrasta con el brillo y la majestuosidad de las zonas ricas de la misma urbe. Hombres de capa y sombrero, obreros de rostros enjutos, prostitutas y damas de la alta sociedad son parte de los habitantes de este libro.