Mitificada y denostada casi por igual, “La movida” constituye uno de los periodos más creativos y característicos de la historia de la música pop española. Pero, además de los grandes nombres, grupos y artistas que lograron llevar una carrera larga y de notable éxito, hubo otro buen montón de bandas a las que no se les hizo demasiado caso. Esta pequeña selección pretende rescatar canciones potentes y animosas que no fueron éxitos… pero podrían haberlo sido.

Nacha Pop. No necesitas más

Desde luego, Nacha Pop sí fue una de las bandas más sobresalientes y finalmente reconocidas de la nueva ola madrileña y, en general, del pop español de la época. Sin embargo, no siempre fue fácil para ellos y hasta la edición de su cuarto álbum, con la decidida apuesta promocional de su compañía discográfica, no lograron el reconocimiento que sin duda merecían desde sus comienzos.

Esta canción arrolladora abre su segundo disco, el mejor del grupo y una de las obras maestras de la música pop española. Firmada por Nacho García Vega, No necesitas más es un brindis al optimismo y, pinchada al volumen correspondiente –cuanto más alto, mejor- supone una generosa dosis de vitalidad.

Auténticos. La estrella

Comandados por los hermanos Villanueva, Los Auténticos destacaron modestamente en el panorama levantino –eran de Castellón– con un pop típicamente nuevaolero perfectamente asimilable al de grupos coetáneos madrileños, como Mamá, los Secretos o los propios Nacha Pop. Miguel Ángel Villanueva desarrolló posteriormente una carrera injustamente ignorada por los medios y por el gran público, aunque muy apreciada por un selecto grupo de seguidores que disfrutan de sus exquisitas grabaciones al frente de Los Plomos o Los Brujos.

Que Villanueva tiene un talento sobresaliente quedó demostrado, en cualquier caso, ya desde sus comienzos con esta pequeña joya de estribillo imbatible.

Los Bólidos. Ráfagas

Los Secretos hicieron una versión lánguida y triste que –como ocurría con el Nada más de Mamá, por ejemplo– no estaba, ni de lejos, a la altura del original. Y es que esta sencilla, vibrante y enérgica canción de amor adolescente de apenas un par de minutos fue suficiente para dar a sus responsables una posición destacada en la escena madrileña de los primerísimos años ochenta.

(Más recientemente, por cierto, fue objeto de una nueva versión a cargo de Cooper y, al César lo que es del César, los resultados fueron bastante más afortunados que los obtenidos por la banda de Enrique Urquijo).

Danza Invisible. El Club del Alcohol

Antes de convertirse en una de las bandas más populares de los ochenta, los malagueños Danza Invisible trataban de emular a los grupos más característicos del afterpunk británico con canciones intensas y algo oscuras. A medio camino entre sus dos etapas destaca esta estupenda celebración etílica con guitarras vibrantes y un estribillo particularmente afortunado. La anécdota de la grabación la pone Santiago Auserón (Radio Futura), que aporta su voz en los coros.

Elegantes. Dispararé

Los Elegantes lo intentaron por todos los medios, pero, desafortunadamente, apenas lograron traspasar la barrera que los retenía al calor de un reducido círculo de fidelísimos y entusiastas seguidores. Sus actuaciones eran verdaderamente arrolladoras y su repertorio, en el que incluían una generosa cuota de versiones de marcado acento mod, estaba cuajado de grandes canciones. Sin embargo, como les pasó a algunos otros grupos de su generación, ni su productor –en este caso uno de los más sobresalientes locutores radiofónicos de la época, el excelso Rafael Abitbol, responsable del impagable programa de Onda 2 “Dinamita”– ni su compañía discográfica acertaron con la fórmula adecuada, de manera que sus grabaciones acabaron quedando un poco en tierra de nadie: perdían buena parte de su energía pero tampoco resultaban lo suficientemente comerciales como para conquistar las listas de éxito.

Una verdadera lástima porque, una vez más, merecieron más de lo que obtuvieron. Esta es una significativa muestra de su querencia por el soul clásico materializada en una canción sencilla pero efectiva y contagiosa.

La Granja. Los chicos quieren diversión

Llegaron un poco más tarde –su primer álbum es del 86– , pero los mallorquines La Granja mantenían en sus canciones buena parte de los esquemas prototípicos de la nueva ola: canciones pop de formato clásico e influencias sesenteras con una dosis extra de energía guitarrera.

Su carrera, que felizmente se prolonga hasta nuestros días, está llena de estupendas canciones. De su segundo álbum, Soñando en tres colores –el mejor de su discografía– es esta preciosa pieza rebosante de ingenuidad y brillantez.

Esqueletos. Solo necesito un poco de diversión

En los primeros años ochenta Madrid era un auténtico hervidero de nuevas bandas que se formaban y, en muchas ocasiones, se separaban al poco tiempo. Uno de aquellos efímeros grupos fue R.P.M., un trío que al fichar por el sello Hispavox para grabar su primer –y único– single tuvo que cambiar de nombre por el de Los Esqueletos.

La canción estrella del disco, Radio 222, había sonado en versión maqueta en las emisoras más atentas a novedades interesantes: un irresistible fogonazo de pop bailable al estilo de los Clash.

Más ramonianos y anfetamínicos se mostraban, en cambio, en esta poderosa, sencilla y deliciosa crónica de insatisfacción juvenil.

Mamá. El último bar

Felizmente, Mamá se reunieron en 2009, tres décadas después de su segundo álbum, habiendo sacado desde entonces otros seis discos de esplendorosa música pop. Pero en su primera encarnación fue el prototipo de grupo sin suerte, víctima de decisiones equivocadas materializadas, sobre todo, en  el trabajo de productores que nunca entendieron la verdadera esencia del grupo.

En 1982, Luis Cobos se cargó directamente su segundo disco, lo que acabó propiciando la separación de la banda. En el primero, grabado a las órdenes de Juan Luis Izaguirre, se echa en falta la energía que sí tenía el grupo en directo, pero al menos se lograba mantener cierta frescura. La solidez de las canciones y la interpretación, sobre todo, de su sobresaliente vocalista hacen de él, a pesar de todo, un disco más que digno.

Un notable ejemplo de ello es esta entusiasta proclama de inconformismo adolescente.

PVP. El coche de la plas

La banda española que con más talento e inspiración asimiló la influencia de los Clash fue sin duda PVP. Eran potentes, tocaban muy bien y podían presumir de una sólida personalidad. No llegaron nunca al gran público, aunque esta canción de ambiciosa producción es todo un clásico menor del pop madrileño de la época

Menta. Ya lo ves

Bajo una pulcra imagen confeccionada al más puro estilo Beatle de la primera época –trajes oscuros, camisas blancas y corbatas estrechas–   aparecían cuatro jovenzuelos procedentes de Ponferrada que fueron seleccionados por la multinacional EMI para tratar de engancharse al fenómeno Tequila.

Efectivamente, Ya lo ves es un rock and roll sencillo y contagioso que bien podría haber figurado en el primer álbum del quinteto hispanoargentino.

La canción tuvo cierta repercusión en la radio, pero finalmente no pasó gran cosa y el grupo terminó separándose.

Nikis. Pasión por los decibelios

Más adelante lograron un éxito enorme, sobre todo en Madrid, pero, aunque siempre se les dio bien conjugar música enérgica, estribillos sencillos y sentido del humor, los mejores Nikis fueron los de los primerísimos tiempos, aquellos en los que más se parecían a sus ídolos de entonces: Ramones, Undertones o, precisamente, los Dickies, en quienes se inspiraron para elegir su nombre.

Y de entre el notable material que registraron de forma independiente en aquella primera época destaca especialmente esta canción fantástica que narra una desmedida afición por la música a todo volumen.

Parálisis Permanente. Autosuficiencia

La influencia del afterpunk británico (de los Cure a Joy Division, pasando por Bauhaus o Siouxie and The Banshees, entre otros muchos) dio como fruto más valioso en nuestro país a Parálisis Permanente, la banda del malogrado Pegamoide Eduardo Benavente.

Aunque su único álbum, El Acto, no estaba nada mal, su mejor canción era este enérgico canto al individualismo –y, mira por dónde, al confinamiento voluntario– que se encontraba en un sencillo compartido con quienes entonces encabezaban también la “onda siniestra” madrileña, Gabinete Caligari.

Pistones. Lo que quieras oír

Injustamente considerados como una banda de segunda fila (por detrás de Secretos o Nacha Pop), los Pistones hicieron un montón de grandes canciones entre 1980 y 1987. Melancólica y emocionante, seguramente es esta la mejor de todas ellas. Estaba incluida en su primer álbum, Persecución, en el que también figuraba lo más parecido que tuvieron a un éxito, El pistolero.

Sindicato Malone. Solo por robar

En los tiempos de la nueva ola madrileña, las “hornadas irritantes” fue un movimiento que oponía sentido del humor y cierto sarcasmo frente a la supuesta blandenguería de grupos más consolidados y mejor tratados por las emisoras de radio como los Secretos o Mamá. Además de Glutamato Ye-yé, por allí andaba Sindicato Malone, fabuloso combo de pop bailable y, sobre todo, juerguista que contaba en esta infecciosa canción las delirantes vicisitudes de un tipo al que le persigue la CIA, el KGB y hasta la Guardia Vaticana “solo por robar una bomba de neutrones, veinticinco portaviones y un reactor nuclear”.

Telegrama. Chica del metro

Grupo de efímera existencia, los barceloneses Telegrama tienen el honor, sin embargo, de ser los responsables de uno de los más reconocibles himnos mod de la escena española de la época.  A imagen y semejanza de lo que hacían en el Reino Unido bandas como los Lambrettas, Merton Parkas, Chords y, por supuesto, The Jam, Telegrama se convirtieron en auténticos héroes de aquella parroquia con esta pieza potente y animosa.