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Se hace camino al leer (I)

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El Diccionario de la Real Academia Española dice que viajar es “trasladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción”. Por su parte, el María Moliner lo plantea como el hecho de “visitar diversos lugares”, y el Diccionario del Español Actual (Manuel Seco) como “recorrer un territorio”. Pero un viaje es mucho más de lo que dicen los diccionarios, mucho más que salir de un lugar para llegar a otro y, acaso, regresar.

El viaje ha conocido múltiples variantes a lo largo de la historia: nomadismo, peregrinación, héjira, éxodo, cruzada, descubrimiento, colonización, emigración, expedición científica, misión, utopía, exploración, grand tour o viaje educativo, viaje sentimental, embajada, salida al extranjero, encuentro con lo desconocido, turismo… Incluso el hombre ha llegado a inventar el viaje sin salir de la propia casa, sin necesidad de abandonar el asiento o la cama: el viaje imaginario a través de los libros.

Se ha hecho omnipresente en la vida cotidiana, en nuestra cultura, y el término viaje u otros de su campo semántico han adquirido un protagonismo creciente en muchos campos del diario vivir, al incorporar lo espacial y lo temporal, la idea de movimiento y de itinerario. Se viaja por la historia y la filosofía, por la música y la pintura, por el interior del cuerpo humano, por internet… Y, por supuesto, es uno de los temas recurrentes en la literatura universal. La historia del hombre es un continuo viajar, un permanente descubrimiento y, a la vez, un encuentro con el pasado. Incluso, en determinados momentos históricos en los que la Humanidad parecía “ir hacia donde no hay dónde”.

El viaje implica movimiento, pero también cambio: un hombre sale de viaje y es otro el que regresa o ya no vuelve, salvo que se haya llevado el “impermeable de turista” del que hablaba Julio Camba. Existen muchos tipos de viajes, pero todos tienen en común compartir la experiencia transformadora, el reto de enfrentarse a una experiencia vital que permite abrir la puerta a lo desconocido, salir del propio mundo e ir hasta los confines de la imaginación. Se puede viajar hacia uno mismo o hacia el otro. El viaje es apertura y observación, es relación y aprendizaje.

Además del deseo de cambio, el viaje expresa un afán de conocimiento y una necesidad de experiencias nuevas, implicando una compleja red de sensaciones en la que están implicados todos los sentidos. A diferencia del turista, el viajero no vuelve cargado de fotografías o suvenires que nadan significan, sino de vivencias, de experiencias que pasan a formar parte de nuestro relato, de nuestra biografía. En palabras de Ida Harn, el viaje supone “un cambio en la intensidad de vivir”. Se trata de colmar la vida, y también de relatarla.

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