A su debut con ¿Cuándo llega papá? (2000) y Cape Cod (2003) sigue El patio (2004), pieza de cámara premiada en BAFICI en la que consolida su particular universo creativo. En 2007, es seleccionada por un jurado encabezado por Laurent Cantet para integrarse en Cinéfondation, residencia artística del Festival de Cannes en la que dieron sus primeros pasos, entre otros muchos realizadores, Lucrecia Martel, Jaime Rosales o László Nemes. Ese mismo año su corto Amancay es seleccionado en el Festival de Locarno, un certamen que la consagró internacionalmente con su primer largometraje, Abrir puertas y ventanas (2011), una aguda reflexión sobre el duelo, que logró cinco premios entre ellos el correspondiente a la Mejor Película.

En 2017 entregó su segundo largometraje La idea del lago, que aborda la tragedia de los desaparecidos en Argentina durante los años de la dictadura. Ahora con Las corrientes ha logrado el Premio RTVE Otra Mirada del Festival de San Sebastián, el Premio a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Uruguay y, entre otros reconocimientos, el de Mejor Dirección en el FICCI de Cartagena de Indias.

¿Cómo nació Las corrientes?

El plano inicial es el de la protagonista en Ginebra, mirando desde un ventanal el río al que muy poco después se va arrojar. Ahí nació la idea. Ginebra es una ciudad que forma parte de mi vida, fue mi hogar cuando mi familia, durante la dictadura militar argentina, se exilió en Suiza. Y de regreso, más de una vez me pregunté qué pasaría si una mujer saltara al río que atraviesa la ciudad. Ese fue el punto de partida: pensar quién es esta mujer, por qué hace lo que hace, si es plenamente consciente de ese acto.

En ese momento yo estaba leyendo un libro de Siri Hustvedt, La mujer temblorosa, donde cuenta una experiencia muy particular que ella misma vivió cuando estaba dando una charla pública en un homenaje a su padre y su cuerpo empezó a temblar de forma bastante violenta. Pero ella seguía hablando como si nada sucediera, se daba cuenta que algo pasaba pero su cabeza podía seguir adelante mientras su cuerpo temblaba. Su mente hacía una cosa mientras su cuerpo hacía otra distinta. Es una idea en la que estuve pensando mucho tiempo, ahí fue apareciendo también mi personaje, Lina, para quien –siguiendo en la línea que trazaba Hustvedt en su libro- no hay respuestas definitivas sobre su conducta. ¿Por qué se tira al río? ¿Es o no es consciente de su acto?

En Las corrientes reaparece una cuestión que ya formaba parte de sus largometrajes anteriores: la representación de lo íntimo. ¿Cómo se representa lo íntimo? ¿Cómo se materializa en el cine eso que parece propio de la literatura?

Sí, claramente es algo difícil. Lo que me interesaba era navegar por los sentimientos de la protagonista, por aquello que le sucedía en su interior: sus pensamientos, sus deseos, sus anhelos. Pero una cosa era escribirlo en el guion y otra filmarlo. Eso me llevó a una búsqueda para encontrar soluciones. En esa etapa, me ayudó mucho volver a leer La señora Dalloway, de Virginia Woolf, porque a través del fluir de la conciencia de la protagonista la novela salta de un personaje a otro.

No queda claro a lo largo del film si la protagonista vive realmente lo que vemos o se lo imagina…

Me gusta trabajar con esa ambigüedad. A su vez, era fundamental que Lina se permitiera estar “apartada” de la norma, que no se sintiera obligada a internarse en una clínica y averiguar qué es lo que le sucede, sino que accediera a navegar esa ambigua situación, algo que me parece muy valioso y muy valiente de su parte. Le atrae incluso ese estado, la motiva. Y desde la puesta en escena, lo que a mí me interesaba era instalar cierto misterio. Tomé la decisión de iniciar la película con un misterio y sostenerlo durante el resto del relato. ¿Qué le está pasando? ¿Hacia dónde vamos?

Lina siempre parece estar huyendo: de sí misma, de su pasado, de su familia. ¿Por qué?

Es un personaje que no encuentra su lugar de pertenencia, porque huyó de allí, de sus orígenes. Y por lo tanto es muy difícil que luego pueda encajar en otros. Su ancla está suelta, está a la deriva hace mucho tiempo, y de pronto esa situación se pone de manifiesto a partir de este momento que está contando la película. La película encuentra a Lina en esa circunstancia y la acompaña en esa deriva. Es un personaje contradictorio, un poco como lo somos todos, porque tiene el coraje de no ir contra lo que le está pasando, simplemente va hacia adelante. Y en el camino se protege y se pone capas, y aparenta una cosa y por dentro le suceden otras.

Una escena clave transcurre en un edificio emblemático de Buenos Aires como es el Palacio Barolo y su legendario faro, que en determinado momento de la película parece provocar una iluminación en el camino de la protagonista…

Esa escena es la que más relación tiene con La señora Dalloway, de Virginia Woolf como motivo de inspiración, porque en ese momento estamos con Lina pero a la vez también, simultáneamente, con otros personajes, o lo que Lina proyecta de ella en esos personajes, todos iluminados por esa luz que va girando sobre la ciudad. Y todos los caminos de alguna manera llevan a ese pasado no resuelto que Lina deberá afrontar.

¿Cómo decidió darle el papel protagonista a una actriz como Isabel Aimé González Sola?

Siempre pensé en una mujer de unos 35 años, muy segura de sí misma al menos en apariencia, y no encontraba exactamente al personaje que yo imaginaba en las actrices que están trabajando en Argentina. No quería que fuera una actriz muy reconocible, que ya trajera al personaje su personalidad, sino que buscaba algo más enigmático, misterioso. Y empezamos a buscar actrices argentinas que vivieran fuera del país y apareció Isabel, que es mendocina, y se fue a los 18 años a Francia, donde trabajó como au pair y empezó a estudiar actuación en una muy buena escuela como es la Ecole Supérieure d’Art Dramatique du Théâtre National de Estrasburgo y desde hace años en Francia hace mucho teatro, además de cine y televisión. Casualmente estaba en Argentina cuando yo hacía el casting y me pareció que ella era lo que estaba buscando. Empezamos a ensayar y trabajamos mucho. A mí me gusta particularmente el trabajo con los actores, es algo que disfruto, ir buscando juntas el personaje, y con Isabel nos tomamos todo el tiempo necesario para eso. De hecho, ella es muy distinta a Lina en muchos aspectos, salvo que es dueña de un misterio absoluto, lo que la acerca a la protagonista. Fue un desafío enorme para ella, porque está prácticamente en todas las escenas. Su magnífica actuación logra que  la película encierre el tono enigmático que buscábamos.

La ambigüedad derivada de una premeditada falta de información forma parte de la mirada cinematográfica de Mumenthaler, una realizadora amante de los libros y el arte que, como confiesa a lo largo de la entrevista realizada a lo largo de la presentación de su nuevo film, confiesa sentirse mejor, también como espectadora, cuando lo que ve no es algo totalmente cerrado y le ofrece puertas abiertas a la imaginación.