Un grande de la interpretación, ya sea en teatro, cine o televisión, en la piel de otro grande. Pero esto no va de meterse más o menos en el papel, pues es manifiesta la relación de mutua admiración que ambos, compañeros de reparto no pocas veces, llegaron a construir en vida. El resultado se presupone sin fisuras. Estamos ante una obra potente, cálida y evocadora y los espectadores allí presentes somos unos privilegiados.
El hijo de la cómica es un homenaje al amigo y al maestro que recorre los primeros años de vida de Fernán-Gómez, pero también lo es hacia todas esas madres y abuelas que, cumpliendo o no lo que se espera de ellas en su época, construyen nuestra infancia y hacen de nosotros lo que un día acabaremos siendo. Madres y abuelas de las que, ley de vida, tendremos que despedirnos, y ahí, justo ahí, tocamos aún más fibra. Y, por supuesto, un homenaje al teatro, que dignifica a aquellos que un buen día deciden arriesgarse dedicándose a una profesión en la que no pocos pasan hambre. Era así ayer; sigue siéndolo hoy.
La obra se estrenó en el Teatro Palacio Valdés de Avilés en octubre de 2025. Desde entonces ha visitado ya ciudades como Granada, Bilbao, Salamanca y ahora Madrid, donde puede verse hasta el final de la temporada en el Teatro Bellas Artes. Anticipamos: está todo vendido.
La historia parte de la autobiografía de Fernán-Gómez, El tiempo amarillo. Y fue Sacristán quien eligió ceñirse a sus años de infancia y juventud por ser estos los más desconocidos por el público general. Una oportunidad para adentrarse en los detalles y anécdotas de la vida del protagonista, del Madrid de la época, del contexto histórico en el que creció y del impacto que determinados hechos, como la Guerra Civil o la dictadura, tuvieron en la vida de personas que, como él, de salida no lo tenían nada fácil.
Sacristán interpreta magistralmente todos los personajes. Tan pronto niño, tan pronto madre, tan pronto abuela… Su capacidad de transformación sobre el escenario valiéndose únicamente de sus dotes de interpretación es admirable, máxime teniendo en cuenta la vitalidad y la proyección de su voz a una edad, 88 años, que en nada aparenta. Imposible no poner al público en pie hasta casi tener que echarlo del teatro, que hasta de aplausos hay que descansar.
Lástima que entre los espectadores abunden no pocos días los que previendo un ataque de tos elijan caramelos envueltos en papel de celofán. Quizás no estaría de más acompañar la entrada del obsequio de otros menos ruidosos para evitar lo que, sin mala intención, acaba siendo “casi” una falta de respeto.

José Sacristán en «El hijo de la cómica».















