Ydáñez confiesa su admiración por los maestros del pasado, siendo la propia historia una de sus fuentes habituales. En ocasiones se inspira en imágenes a las que da una nueva lectura y homenajea a pintores como Henri Fantin-Latour, de quien versiona un jarrón con flores, que a la vez es un elemento familiar en su historia personal. De Ribera toma prestada la composición para una Piedad inacabada, recurso que le aporta una gran carga dramática, enfrentando al espectador con el cuerpo de Cristo en primer plano.

Santiago Ydáñez. 'La riña a garrotazos', 2020. Acrílico sobre lienzo. 410,5 x 536 x 3 cm.

Santiago Ydáñez. ‘La riña a garrotazos’, 2020. Acrílico sobre lienzo. 410,5 x 536 x 3 cm.

Otro de los maestros reinterpretados es Goya, del que realiza su propia adaptación de La riña a garrotazos, un duelo protagonizado en este caso por vecinos de su pueblo natal, una lucha fratricida que habla del enfrentamiento entre posturas irreconciliables, germen de los conflictos que marcaron el siglo XX, y de la violencia actual, y que le interesa desde el punto de vista sociocultural más que historicopolítico.

El coloso al que hace referencia el título de la exposición alude igualmente a otra célebre pintura de Goya, por la monumentalidad de la escena, un cuadro de más de cinco metros, mientras que los garrotazos han dado paso a las caricias con las que quiere invertir esa imagen. Con estas obras que se encuentran en el Museo del Prado ha querido hacer un guiño a Madrid, ciudad a la que regresa tras la muestra que le dedicó el Museo Lázaro Galdiano en 2016.

Condición humana

Santiago Ydáñez. Sin título, 2020. Acrílico sobre lienzo. 260,5 x 285,5 x 3 cm.

Santiago Ydáñez. Sin título, 2020. Acrílico sobre lienzo. 260,5 x 285,5 x 3 cm.

El trabajo de Ydáñez se centra en la condición humana, en las pasiones y pulsiones que nos mueven, sobre todo en los instintos de Eros y Thánatos, para lo que se sirve de referentes que van del autorretrato a la imaginería barroca pasando por el retrato antropológico y la utilización de fotografías tomadas por él o encontradas de manera casual. Se apropia de motivos que le atraen para hacer una relectura de nuestra cultura visual y sigue diferentes líneas de investigación que se complementan, con una idea subyacente: nuestra contingencia, la conciencia de finitud. Con el acto de pintar trata de detener el paso del tiempo, sus obras son como instantes capturados que hablan de conceptos como memoria y nostalgia, la pérdida de la inocencia y la derrota de la civilización que a veces se asocia a la noción de paraíso perdido.

Santiago Ydáñez. 'Madre', 2019. Acrílico sobre lienzo. 200 x 248 x 3 cm.

Santiago Ydáñez. ‘Madre’, 2019. Acrílico sobre lienzo. 200 x 248 x 3 cm.

En Las caricias del coloso destaca la presencia del retrato, que resulta monumental no sólo por el gran formato de muchas de las obras, sino también por la dignidad que les confiere a sus protagonistas, generalmente en pose frontal, a menudo en primerísimo primer plano, y por la profundidad de sus miradas e intensidad de sus expresiones. Sus modelos acostumbran a ser personas de su entorno más inmediato, vecinos de Puente de Génave que aparecen de forma recurrente, como José el Gitano, Tito, Gregorio, Julio, incluso su madre. También retrata en grandes lienzos a animales con los que ha convivido desde niño y a los que humaniza en su tratamiento.

Parajes conocidos

Si bien Ydáñez entiende el rostro como un paisaje de emociones, el paisaje también puede transmitir sentimientos, remitiendo en este sentido al Romanticismo y a lo sublime. En su caso son parajes conocidos, cercanos, vistas de la Sierra de Segura o de Sierra Nevada, que al mostrarse nevados evocan otras latitudes, poniendo en relación lo mediterráneo con lo centroeuropeo. Un vínculo que pone de relieve un espíritu que recorre Europa de norte a sur, con sus particularidades locales, pero con ecos en lugares y épocas distantes.

El pintor se mueve continuamente entre extremos, de la misma manera que declara su preferencia por las telas muy grandes se plantea como un reto la realización de pinturas muy pequeñas, algunas de ellas para incorporarlas a objetos encontrados. Al intervenirlos, estos adquieren un aura artística que les hace poseedores a partir de ese momento de una nueva historia, se establece un diálogo entre el material preexistente y la imagen que lo acompaña totalmente fuera de contexto.

Lo cotidiano se vuelve inquietantemente extraño, hasta insoportable, juega con lo siniestro y lo grotesco por su forma cruda de exponer los temas y por el expresionismo de su pincelada, que combina con una paleta de reducida de colores.