En su libro, Pechmann quiere averiguar por qué el mar ha fascinado a tantos autores, qué vínculos unen unas obras con otras y de qué manera la experiencia real de navegantes, exploradores y náufragos terminó convertida en mito, aventura, terror o deseo. La literatura aparece así como una corriente ininterrumpida en la que los relatos se encuentran, se separan y vuelven a confluir.
El autor organiza el recorrido mediante siete círculos temáticos que llama mares. Cada uno responde a una dimensión distinta de ese vasto imaginario. Están el mar de los mitos, el de lo desconocido, el de las aventuras, el del trabajo, el de la calamidad, el del miedo y el de la pasión. La estructura le permite avanzar y retroceder en el tiempo sin quedar sometido a una cronología previsible. Las ondas se superponen y una historia antigua reaparece siglos después transformada por otra lengua, otra sensibilidad o una nueva experiencia histórica.
Al comienzo de todo está Odiseo. Guerrero, pirata, náufrago, artesano, esposo y vengador, el héroe homérico reúne ya buena parte de los personajes que poblarán la literatura del mar. Pechmann lo contempla sin el barniz idealizador que suele acompañarlo. Reconoce su inteligencia y su resistencia, pero también su vanidad, su violencia y su dudosa relación con la verdad. El viajero que se enfrenta a cíclopes y hechiceras es asimismo un hombre capaz de saquear ciudades y, por orgullo, provocar su propia desgracia.
Ese modo de leer constituye una de las principales virtudes del volumen. Pechmann se acerca a los clásicos con respeto, pero no con reverencia. Atiende a su dimensión mítica y, al mismo tiempo, observa detalles concretos sobre la construcción de una balsa, la navegación en la Antigüedad o el trabajo de una tripulación. La digresión nunca pierde por completo el rumbo porque detrás de cada dato persiste una pregunta sobre la forma en que la realidad se convierte en relato.
La frontera entre historia y ficción ocupa, de hecho, un lugar central. En alta mar resulta más fácil exagerar, ocultar o inventar. Basta un puñado de términos náuticos para otorgar apariencia de autenticidad a la aventura más improbable. Numerosos escritores navegaron y aprovecharon sus recuerdos, mientras otros contemplaron el océano desde tierra firme. Unos transformaron experiencias propias y otros hicieron suyas las historias escuchadas en los puertos o leídas en libros anteriores. Todos participaron de una tradición en la que cada travesía parece guardar la memoria de muchas otras.
Por estas páginas circulan Homero, Daniel Defoe, Herman Melville, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, Joseph Conrad, Emilio Salgari, Edgar Allan Poe, Jack London, H. P. Lovecraft y tantos nombres que el índice podría parecer el manifiesto de una extraordinaria cofradía literaria. Sin embargo, Pechmann evita convertir la acumulación de nombres tan ilustres en un mero inventario. Los autores comparecen unidos por parentescos, influencias y coincidencias inesperadas. Simbad se revela como un descendiente oriental de Odiseo, Robinson Crusoe inaugura una estirpe de náufragos y el albatros de Coleridge extiende su sombra hasta Baudelaire, Shelley o Melville.
Especialmente sugerentes son los momentos en que el ensayo se aparta de las rutas más transitadas. El lector descubre la saga de constructores de faros de la familia Stevenson, las antiguas narraciones que precedieron a los viajes de Colón, las robinsonadas hoy olvidadas o la influencia de los dos hermanos marinos de Jane Austen, que alcanzaron los grados de almirante y vicealmirante. También adquieren relieve escritores que el canon ha relegado, pese a que en su tiempo disfrutaron de una amplia popularidad.
Pechmann posee la rara capacidad de transmitir conocimiento sin rebajar el placer narrativo. Su prosa mantiene una conversación culta y hospitalaria con el lector, salpicada de humor discreto y anécdotas reveladoras. No necesita exhibir cada lectura para demostrar la amplitud de su biblioteca. Prefiere despertar curiosidad, tender puentes entre obras conocidas y títulos recónditos, y dejar que cada capítulo funcione como una invitación a nuevas búsquedas. La traducción de Alejandro Pantoja acompaña con naturalidad ese movimiento fluido.
Bajo las aventuras, los motines, las tormentas y los monstruos se abre una reflexión más profunda. El mar es un territorio físico, pero también un archivo de los temores y deseos humanos. Representa la libertad y la amenaza, la posibilidad del descubrimiento y el riesgo de no regresar. En él se proyectan el afán de conquista, la soledad, el trabajo agotador, la codicia, el amor y la nostalgia. El barco puede convertirse en refugio, cárcel, comunidad o campo de batalla. La travesía exterior termina siendo casi siempre un viaje moral.
El ensayo tampoco olvida la cara menos luminosa de aquel mundo. La idealización de los Mares del Sur se resquebraja ante los abusos coloniales denunciados por Stevenson y London. Los piratas románticos conviven con la brutalidad histórica del saqueo. Tras la épica de los descubridores aparecen la explotación y la arrogancia de quienes creyeron que viajar equivalía a poseer. Pechmann no fuerza estas lecturas, pero permite que emerjan allí donde las propias obras las contienen.
Su selección, como él mismo admite, es deliberadamente subjetiva y se concentra sobre todo en autores de lengua inglesa del siglo XIX y comienzos del XX. Esa libertad proporciona personalidad al libro, aunque también determina su principal limitación. Hemingway y Patrick O’Brian apenas encuentran espacio, mientras la literatura española vinculada al mar queda insuficientemente representada. Se echan de menos figuras como Pío Baroja o Álvaro Cunqueiro. Una presencia mayor del cine habría enriquecido igualmente el recorrido, pues las películas marineras solo asoman de manera ocasional.
Son ausencias perceptibles, pero no invalidan una obra que nunca promete totalidad. La biblioteca de los siete mares vale precisamente por el itinerario escogido, por la mirada de un lector que comparte las montañas de volúmenes reunidas por su familia y conduce la travesía sin convertirla en lección. Su erudición no pesa. Orienta.
Al concluir estas páginas queda una lista inevitable de libros pendientes y la sensación de que el océano literario continúa más allá de la singladura trazada.
La biblioteca de los siete mares. Alexander Pechmann. Traductor: Alejandro Pantoja. Acantilado. 320 páginas. 24 euros.
Sobre el autor: Alexander Pechmann (Viena, 1968), escritor, editor y traductor, estudió Sociología, Psicología y Literatura Inglesa y Estadounidense. Ha traducido la obra de Mary Shelley, W. B. Yeats y Nathaniel Hawthorne, entre otros, y es autor de cinco novelas y cinco ensayos, que incluyen las biografías Herman Melville (2003) y Mary Shelley (2006), así como el anecdotario literario La biblioteca de los libros perdidos (2007).















