Agustín Fernández Mallo. Foto: Aina Lorente Solivellas.

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“No es posible avanzar sin transgredir”

Agustín Fernández Mallo. Foto: Aina Lorente Solivellas.
Agustín Fernández Mallo. Foto: Aina Lorente Solivellas.
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Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) afirma en primera instancia que "la transgresión por la transgresión no funciona", para de inmediato añadir que "es imposible avanzar sin transgredir". Él lo hace, transgrede desde que inició en 1998 su andadura literaria y la exploración de nuevos lenguajes poéticos. Físico de formación y ejerciente como tal durante veinte años, en 2000 acuñó el término 'Poesía Postpoética' con el objetivo de ahondar en las conexiones entre el arte y las ciencias.

Desde entonces ha dejado para la poesía títulos como Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, Creta Lateral Travelling, Joan Fontaine Odisea (libro que considera “medular” en el conjunto de su obra) o Carne de píxel; obras de narrativa como Proyecto Nocilla, El hacedor (de Borges), Remake y Limbo; y tratados de ensayo como Postpoesía, hacia un nuevo paradigma.

Coincide la publicación de su último poemario, Ya nadie se llamará como yo, en un mismo y voluminoso volumen con la edición de su Poesía reunida 1998-2012 (Seix Barral). Fiel a su ideario confiesa: “Nunca escribo para agradar al lector, aunque tampoco lo hago con el objetivo de desagradarle”.

¿Qué ha cambiado en el escritor Agustín Fernández Mallo desde aquellos primeros poemas de hace más de quince años a su obra actual?

No sabría definir con exactitud lo que ha cambiado porque si supiera hacerlo seguramente estaríamos hablando de un sistema mecánico más que de poesía. Pero puedo intuir que en los primeros libros había un ansia de experimentar, de arrasar, de inventar un mundo hasta entonces desconocido y que todo ese camino se ha ido produciendo pues creo que he inventado mi propio mundo poético, he hecho mi propia investigación poética. En mi último poemario veo que está toda esa parte anterior, con todas mis obsesiones, mis aciertos y mis defectos, pero de una manera más imbricada, como parte de una red más tupida pero a la vez más cristalina, que se ve mejor. Es un libro menos hermético y, en ese sentido, más narrativo. Se ve todo lo que he ido construyendo y ahora lo observo como una especie de decantado.

Insiste usted en la idea de límites y fronteras en relación con su obra. ¿A qué se refiere?

Para mí lo más importante es estar siempre en donde yo siento que tengo mis límites. Mis límites son mis fronteras del lenguaje y mis fronteras estéticas porque ese es el único lugar en donde yo puedo investigar y donde me excita estar. Con el tiempo uno va ampliando sus fronteras con respecto al mundo. En el primer libro había una serie de límites estéticos, morales, etc., y en ese abismo yo investigaba y construía mi poética. He ido dando pasos en cada nuevo libro y ahora tengo claro que Ya nadie se llamará como yo está en un nuevo límite que para mí hasta ahora era desconocido. Continuamente quiero descubrir mis nuevas fronteras y romperlas.

Yo no escribo lo que quiero, sino lo que puedo. No concibo la escritura sin que parta de lo doméstico, de la cotidianeidad. De cómo cocinas, de cómo ves la televisión, de cómo duermes, de cómo te aburres, de cómo miras por la ventana… De todo ese ámbito doméstico es del que emerge, y digo emerge porque no lo busco, mi escritura. Soy todo lo que veo, todo lo que toco y todo lo que imagino.

“La emoción de un científico también es de orden estético”

Hablando de límites, ha escrito que la muerte también puede ser algo alegre. ¿En qué sentido?

Alguno de mis libros está recorrido por una reflexión acerca de la muerte. Pero de la muerte de alguien cercano. Cuando hablamos de la muerte de alguien cercano poetizas y no distingues entre el ensayo, la novela, la poesía o lo que sea. Para mí todo es la misma cosa. Hay reflexiones en torno a la muerte en general, como abstracción y a la muerte como un hecho particular de una persona querida. En mi cabeza no se articula como un canto excesivamente triste o decepcionante, sino más bien al contrario. Cuando me pongo a escribir me doy cuenta de que la muerte es un proceso muy misterioso, tan misterioso como que la persona que muere de algún modo resucita en ti. Porque te das cuenta que una vez muerta una persona querida empiezas a descubrir, a descubrirlas en ti, cosas que no habías visto. O recordar cosas que no recordabas, de tal modo que se conforma otra persona. Ese es para mí un proceso tremendamente misterioso, tremendamente excitante y celebratorio. Estás celebrando que nadie muere totalmente. Muere para, de algún modo, resucitar en ti de otra manera. Dentro de la tristeza que supone la muerte de alguien cercano, lo he vivido como una gran alegría. La muerte te regala eso. Un regalo que te ofrece la muerte para que te des cuenta de que no sólo es acabamiento.

¿Sigue sosteniendo que la poesía es un hecho anómalo?

Me ha preocupado el cómo se pueden poetizar los residuos de la sociedad contemporánea. Eso está en toda mi producción. Ver cómo los residuos de la sociedad contemporánea están también en un mundo rural, un mundo natural de montañas o de mares. Llevar ese mundo urbano de la sociedad de consumo, descontextualizarlo y llevarlo al ámbito natural, el de la naturaleza. Ver qué pasa cuando te encuentras una tarjeta de crédito en mitad de un monte en el que supuestamente hace años que no pasa nadie. Eso es una anomalía y la poesía para mí siempre surge de un hecho anómalo. Que te excita porque te pone en la frontera, en los bordes. A menudo he escrito intentando descubrir los flujos que hay entre la sociedad de consumo y la naturaleza sin que por ello esté haciendo un canto a la naturaleza. Ni mucho menos. No hay en mis poemarios nada que tenga que ver con un discurso ecologista. Más bien lo contrario. Quiero poner en cuestión todo, también a la propia naturaleza, la crueldad de la naturaleza. Pero también quiero significar que la naturaleza es una herramienta a la que, fuera de sentimentalismos y romanticismos, le debemos la vida. Estamos aquí gracias a ella.

¿Escribir es investigar?

Como profesional he ejercido como físico durante veinte años y acaso de ahí derive mi convicción de que el acto de investigar es también un hecho poético. Para investigar hay que tener mucha imaginación, tanta como un poeta.

En su calidad de científico y hombre de letras, ¿ve una dicotomía entre la ciencia y las humanidades?

Eso es una barbaridad. Hablar de humanidades y de ciencias como cosas antagónicas es como pensar que los científicos no son humanos. Evidentemente las ciencias son humanidades. Es la expresión del espíritu. La ciencia es una construcción colectiva tan real como lo es la literatura. La emoción de un científico ante un hallazgo es también una emoción de orden estético, no puede ser de otra manera. No contemplo esa separación, aunque es evidente que hay mucho fundamentalismo todavía por ambas partes.

“Un texto que no está en el debate crítico no existe”

¿Se siente un transgresor?

Evidentemente es imposible avanzar en nada sin transgredir. Ni en poesía, ni en ciencia, ni en narrativa, ni en tu propia vida, ni en nada. Ahora bien, conviene matizar y no quedarse sólo con eso pues no creo que funcione el transgredir por transgredir. Hacerlo así no deja de ser una pataleta de adolescente. Para transgredir tienes que conocer muy bien lo que está asentado, lo que es ortodoxo para ver cuáles son los puntos flacos y a partir de ahí transgredirlos. No tiene sentido el levantarse un día y pensar “hoy voy a transgredir porque me apetece”. Eso nunca funciona. Las transgresiones aparecen por una combinación compleja e incognoscible que es una mezcla de tu cultura, tu sensibilidad y conocimientos, el entorno, el azar… Todo eso conforma que un día haciendo algo llegues a la transgresión.

Cuando estaba realizando el Proyecto Nocilla no tenía ni idea de que eso iba a transgredir nada. Escribía sin saber que eso podía ser un revulsivo. No me gusta ir en contra de nadie, pero tampoco a favor de nadie. Cuando escribo pienso en mí porque pienso en mi investigación poética. Nunca pienso en agradar al lector, como tampoco pienso en desagradarle. Quiero que me dejen investigar en mi mundo y si eso luego gusta pues fenomenal, pero si no gusta no puedo hacer nada. Sé que tengo detractores, pero considero que un texto que no está en el debate crítico es un texto que no existe.

Dice un verso suyo que las cosas sólo tienen verdadero valor cuando son falsificadas. ¿Así lo cree?

El asunto de la falsificación me parece fascinante porque siempre lo veo como un homenaje. Uno copia aquello que valora. Copiamos lo que apreciamos. A eso me refiero.

Como lector, ¿qué poetas o qué poesía le interesa más?

Me interesa mucho Antonio Gamoneda, que ha tenido la amabilidad de escribir el frontispicio de mis Poesías reunidas. Me interesa desde siempre porque me interesa la poesía abstracta o hermética. Pero la poesía que más me interesa es la que viene de San Juan de la Cruz, la poesía del yo, de la mística. Escritores como Gamoneda o José Ángel Valente… Toda esta rama de lo que podíamos denominar la poesía del yo me interesa mucho. Acaso la que más.

Más sobre: Agustín Fernández Mallo, Antonio Gamoneda, José Ángel Valente, Poesía Postpoética, Poesía reunida 1998-2012, Proyecto Nocilla, San Juan de la Cruz, Seix Barral, Ya nadie se llamará como yo, transgresión