Como señala su comisario y director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, López Cuenca se sitúa dentro de la tradición de la crítica institucional, “y conecta tanto con la pulsión vitalista y transgresora de las vanguardias históricas como con las derivas más heterodoxas del pop a través de un trabajo de creación e investigación artística en torno al lenguaje”.

Desde que comenzara su carrera en los años ochenta, el malagueño ha trabajado en el cruce de la poesía con las artes visuales y los medios de comunicación de masas. Desplazando la escritura fuera de la página ha practicado una poesía visual propia que se mueve dentro de la tradición de la crítica institucional y las derivas del pop, a través de múltiples medios como la pintura, la instalación, la intervención urbana y la edición.

En sus inicios investiga en torno a la música y el trabajo colaborativo, en particular junto con el grupo musical Peña Wagneriana y los colectivos Agustín Parejo School y UHP (Uníos, Hermanos Proletarios). En estas primeras incursiones se ponen de manifiesto ciertas preocupaciones que el artista aborda también de forma individual, como son el espacio de la ciudad, el lenguaje popular y el lenguaje de las vanguardias.

“Se nos ha secuestrado la posibilidad de entender que las imágenes son también un lenguaje y así somos más vulnerables frente a manifestaciones como la publicidad”, afirma el propio López Cuenca durante el paseo por su exposición, que se detiene de manera sosegada en otros de los asuntos esenciales de su obra, como la reflexión en torno a la ciudad.

Cuatro décadas

“Aquí todo parece una cosa y es otra”, señala el artista a lo largo de una muestra que repasa cuatro décadas de trabajo y que desemboca en la sala donde los héroes de las vanguardias de hace un siglo aparecen como protagonistas de revistas de moda. Un panteón de hombres ilustres a modo de giro irónico, porque “si la vanguardia pretendía diluir el arte en la sociedad, esta instalación firma casi la venganza irónica de la disolución de la vanguardia en el mercado del arte”.

López Cuenca toma imágenes y textos provenientes de diferentes medios de la alta y baja cultura, que en muchos casos coloca en dispositivos publicitarios o comerciales en el espacio público para denunciar situaciones de violencia y discriminación que funcionan tanto en términos históricos como actuales. Cabe destacar la capacidad de inscripción de su obra fuera del ámbito del museo, generando cortocircuitos en diferentes sistemas de circulación social de imágenes, con lo que pone en cuestión tanto la unicidad de la obra de arte como su espacio de contemplación convencional.

Como concluye Borja-Villel, en esta primera retrospectiva del artista se repasan sus principales preocupaciones, “con las que indaga en cómo se construyen los relatos hegemónicos tanto en el ámbito político-económico como en el socio-cultural, y explora las fisuras que se pueden abrir en ellos”.