La obra tuvo un proceso de creación bastante singular, pues es el resultado del ensamblaje, treinta años después de la realización del viaje, del diario llevado a cabo a lo largo del mismo, los recuerdos recreados en la memoria, el material epistolar procedente tanto de las cartas enviadas como de otras no enviadas, de algunos artículos escritos en su día para una revista alemana y de las nuevas reflexiones surgidas durante el proceso de redacción.

Pero el resultado final no pudo ser mejor, ya que despertó un interés extraordinario y se convirtió rápidamente en uno de los referentes imprescindibles para el viajero que quería emprender el “viaje italiano” con distintas finalidades: el afán de cultura, el cambio de aires o la “curación anímica”, tal y como había pronosticado su compatriota Johann Joachim Winckelmann y cuyo concepto de belleza tanto le había influido: “Aquí, en Roma, el espíritu recibe una vigorosa huella: se llega a la gravedad sin dureza, a la calma y a la alegría. Me felicito de las consecuencias beneficiosas que resultarán para toda mi vida”.

Para muchos críticos, el Viaje a Italia constituye el prototipo de libro de viaje, el texto donde ya se ha dado el paso cualitativo definitivo al “yo viajero” que mira, que siente, que goza y que también informa.

Amigo de Goethe fue otro de los escritores claves en el romanticismo alemán en su fase más temprana. Se trata de Novalis (Friedrich von Hardenberg), más partidario del viaje interior: “Soñamos viajes a través del Universo, pero ¿no está el Universo dentro de nosotros?”. El misterioso camino va hacia dentro.

En cuanto al danés Hans Christian Andersen, hay que decir que utilizó sus viajes no solo para sacar de ellos sus crónicas periodísticas, sino también los temas centrales de muchos de sus cuentos y novelas, siendo sus libros de viajes más destacados El bazar de un poeta, resultado de sus periplos por Reino Unido, Alemania, Italia, Malta, Grecia y Turquía, En Suecia y En España, “el país del sol”, por cuyas tierras viajó en el otoño de 1862 imbuido por una fuerte idealización romántica que había dejado entrever en algunos escritos previos.

La realidad que encontró fue distinta a la soñada y el resultado del viaje no fue todo lo idílico que esperaba, si bien disfrutó de momentos irrepetibles contemplando los más diversos paisajes y ciudades, visitando museos y asistiendo a espectáculos, disfrutando del modo de ser de la gente y de los ojos de las mujeres andaluzas que “más que mirar, parecen derretir”, encontrando en Málaga “todo cuanto para mí es vital e imprescindible” y expresando su deseo de ser enterrado en el cementerio inglés de la ciudad malagueña, “el más maravilloso de los jardines…, un trozo de paraíso”.

Para el autor de los cuentos infantiles más imperecederos, “viajar es vivir”, hasta el punto de que “la nostalgia del hogar es un sentimiento del que muchos saben y se quejan; yo, por el contrario, sufro de un dolor menos conocido, y su nombre es nostalgia del afuera. Cuando la nieve se derrite, las cigüeñas llegan y los primeros barcos de vapor zarpan, me asalta la punzante comezón de partir”.

Por último, el italiano Edmundo De Amicis, autor romántico algo más tardío que los anteriores, nos dejó los ricordi de su propio país, pero también de París, Londres, Constantinopla y, cómo no, de España.

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