El autor de El jinete polaco ha escrito que le gusta leer a los científicos y conversar con ellos porque no hablan en jerga, gastan poca arrogancia y nada de cinismo. “Habrá un cierto número de fatuos, como en todas partes, pero la obligación y la costumbre de permanecer atentos a la experiencia de lo real, de someter cada intuición, cada hipótesis, al escrutinio de sus colegas les impide perderse en las fantasmagorías narcisistas”.

En coherencia con ese discurso de respeto al que investiga, Muñoz Molina, cuyo último libro, publicado este año, es Un andar solitario entre la gente, se ha lamentado frecuentemente en artículos, foros y entrevistas de la escasa consideración de la ciencia en España, del desprecio injustificado hacia los científicos. Ha expresado su asombro ante el hecho de que no se viviera como un escándalo las oportunidades perdidas en los años de la crisis y nuestra incapacidad para frenar y revertir la diáspora de jóvenes investigadores iniciada la década pasada.

Con la misma contundencia con que critica lo que no le gusta, celebra lo que le apasiona y hay libros de ciencia que admira profundamente por la habilidad con que sacuden nuestra inteligencia. Textos accesibles que pueden ser el camino más corto para perderle el miedo a la ciencia y entender mejor la realidad que nos rodea. “Hay libros extraordinarios que tienen una capacidad de explicación y de facilitar la comprensión de cosas en apariencia muy difíciles. Obras que nos ayudan a cubrir una necesidad: la de comprender el mundo, la de enseñarnos a estar en él”.

¿Y por dónde empezar a leer? Por un gigante, por ejemplo. De la Literatura y de la Ciencia con mayúsculas. Muñoz Molina cree firmemente que la fuerza narrativa de Charles Darwin es comparable a la de las grandes novelas del siglo XIX aunque su nombre no aparezca nunca en los manuales literarios a la vera de su tocayo Dickens o de Honoré de Balzac. “Me impactó mucho el descubrimiento de El Viaje del Beagle. Un libro que nos permite ver muy claramente que la pasión del conocimiento es también la pasión de la aventura”. Acercarse al libro juvenil del hombre que años después cambiaría para siempre la comprensión de la vida sobre la tierra supone adentrarse en algo muy parecido a “una novela de aventuras que es al mismo tiempo el testimonio del funcionamiento de una mente científica de primer orden”.

Dos maravillas más que a Muñoz Molina, académico de la lengua y premiado hace cinco años con el Príncipe de Asturias de Las Letras, le gusta recomendar son La edad de los prodigios, de Richard Holmes (“sobre el desarrollo común de la poesía y de la ciencia en la época del Romanticismo”) y Destejiendo el arco iris, de Richard Dawkins. Del fabuloso polemista y divulgador británico, elogia su habilidad en ese libro para contarnos “por qué la ciencia en lugar de quitar el misterio al mundo, como consideran algunos, lo que hace es mostrarte con más claridad su misterio y su riqueza”.

#LaCienciaNoMuerde al que se arrime a ella con la mejor voluntad de saber más, aunque morder muerde otras cosas, aclara Muñoz Molina. “Muerde prejuicios y muerde privilegios. La ciencia no garantiza que uno vaya a ser racional, pero la actitud científica –o el método científico- es una manera de estar en el mundo con dignidad y con claridad. La mirada científica consiste en no creerse nada dogmáticamente, en probar las cosas, en saber que éstas tienen que ser examinadas racionalmente. Algo fundamental para estar en el mundo y ser un ciudadano”. No hay excusas.